lunes, 22 de abril de 2013

SI EL DESAFÍO ME ATRAE, ESCALARÉ ESA MONTAÑA


La maratón es un gran reto personal de disciplina y superación




En la última semana, la maratón ha sido noticia por el desgraciado suceso de Boston. Un acto repugnante contra deportistas y espectadores indefensos que lógicamente ha causado gran indignación y rechazo. La maratón es un espacio de libertad que se ha visto invadido por el terrorismo más cobarde, y ha ocurrido, precisamente, en la de Boston, celebrada por primera vez en 1897, la más antigua de una tradición consolidada en otras ciudades del mundo. En la actualidad, son muchas las que organizan esta prueba de 42,195 kilómetros. En ella participan atletas profesionales y, mayoritariamente, miles de corredores populares de edades, experiencia y registros muy variados. Ayer mismo, que yo sepa (quizá haya habido alguna más), se celebraron maratones en Londres, Hamburgo, La Coruña y Belén (primera edición de la maratón de Cisjordania), y el próximo domingo (28 de abril) tendrá lugar la 36 edición de la de Madrid.

La maratón es un gran reto personal de disciplina y superación.  Es prácticamente imposible afrontarla sin una preparación prolongada que exige un alto compromiso, múltiples sobreesfuerzos y sobreponerse a la pereza, el cansancio, el desánimo y otras adversidades. La motivación de logro es fundamental, así como organizarse bien para poder dedicar mucho tiempo a entrenar, seguir un buen plan, cuidar la alimentación, respetar los descansos, evitar los excesos y luchar con uno mismo para vencer la tentación de no entrenar o abandonar. ¿Reto de locos? Hay quien lo piensa; y es cierto que, como le sucede a algunos, no es sano obsesionarse convirtiéndolo en la máxima prioridad; pero para la mayoría es una gran oportunidad de ponerse las pilas de los hábitos saludables, mejorar la forma física y plantearse un desafío estimulante respecto a uno mismo. ¿Reto de héroes? Tampoco. Sólo gente normal que disfruta haciendo deporte en su más pura esencia.

Existen retos análogos en otros ámbitos que, como la maratón, nos muestran la importancia de los objetivos ambiciosos para estimular los grandes esfuerzos. Comprometerse con un objetivo ambicioso que realmente se desea y se considera alcanzable, favorece que se activen recursos que, de otra forma, permanecerían latentes o infrautilizados. Esa es una de las grandezas de la maratón: durante varios meses se trabaja duro para ensanchar los propios límites y poder dar lo mejor de uno mismo en ese gran día. Aún así, llegado el momento, el corredor no las tiene todas consigo, pero se centra en sus fortalezas para superar la adversidad (cansancio, dolor, sufrimiento) y alcanzar el deseado objetivo. Sin éste, todo ese sobreesfuerzo no se produciría. La fuerza del objetivo como reto atractivo y alcanzable, no como amenaza, es el elemento clave que mueve a la acción. Muchas veces, directores y entrenadores no son capaces de conseguir  que sus liderados se esfuercen lo necesario para rendir a un nivel elevado. ¿Qué sucede? En bastantes casos, el problema parte de la ausencia de un reto suficientemente ambicioso que impulse la implicación deseada. 

Un buen objetivo señala la meta a alcanzar y, por tanto, determina el rumbo que para conseguirla debe seguir el comportamiento. Si no lo hubiera en la maratón, los corredores avanzarían sin saber a dónde ir, y pronto se detendrían. Sucede en las largas sesiones de entrenamiento. Tener claro el objetivo de cada sesión contribuye a completarla; correr sin más, desgasta y disminuye el esfuerzo. ¿Ejemplos en otros ámbitos? Muchos: en el trabajo, las relaciones interpersonales... ¿Qué tengo que conseguir? (el objetivo). ¿Qué camino sigo? (el plan). ¿Cómo avanzo? (la estrategia). ¿Qué dificultades me puedo encontrar? (prevención de la adversidad). ¿Qué haré si surgen tales dificultades? (estar siempre preparado).

¿Cualquier objetivo es válido? Evidentemente, no. En primer lugar, debe ser un objetivo suficientemente atractivo para el interesado. Un error de directores y entrenadores es plantear objetivos que resultan atractivos para ellos o la institución que representan, sin valorar si también lo son para los “soldados de a pie”, que deben alcanzarlos. Precisamente, entre los cometidos de un buen líder está el de hallar objetivos que atraigan a sus liderados; o bien partiendo de los objetivos deseados por la organización, encontrar el vínculo entre éstos y el interés individual de cada persona implicada. A nivel personal es igual. Conviene plantearse objetivos que en verdad le cautiven a uno, no los que se marcan otros o son políticamente correctos; y si no hay más remedio que asumir objetivos impuestos, encontrar intereses individuales relacionados. En la maratón es clave que el corredor establezca un objetivo que le motive mucho (acabar la carrera, hacerlo en un determinado tiempo…) sin ocuparse del objetivo de los restantes participantes. En otras facetas, lo mismo. Si no se acierta en este primer paso (que el objetivo ambicioso sea suficientemente atractivo), lo demás sobra.

El siguiente paso incluye no caer en el grave error, frecuente entre vendedores de humo y motivadores de feria, de plantear retos aparentemente ambiciosos sin más, pensando que cuánto más ambiciosos, mejor. (¡Piensa en grande! ¡Cumple tus sueños! ¡Tú puedes! bla, bla, bla…). Esta mala práctica suele ser poco eficaz para consolidar los comportamientos de esfuerzo continuado que exige el afrontamiento de retos ambiciosos. Además, se trata de una estrategia ¿motivadora? irresponsable que puede causar un gran daño psicológico. En un principio, las personas se entusiasman con la aparente grandeza del objetivo y la ilusión de alcanzarlo, pero en muchos casos, tarde o temprano (más bien temprano), se dan cuenta de lo elevado del coste y la imposibilidad o falta de interés real por asumirlo.  Es decir, la motivación inicial por el beneficio decae cuando se presenta el enorme coste que exige o se percibe la propia incapacidad para afrontar el reto asumido. Llegado este punto, alcanzar el objetivo deja de ser un reto desafiante que motiva, para convertirse en una pesada carga amenazante que estresa; y lo habitual es que se abandone el proyecto (¿Cuántos proyectos ilusionantes no pasan de un inicio?). En muchos casos, el protagonista se siente frustrado, fracasado y culpable por no haber respondido a las expectativas que se había creado y haber tirado la toalla. La confianza en uno mismo se debilita; también, la autoestima; pudiendo dar lugar a estados depresivos y una vulnerabilidad psicológica que podrá determinar el funcionamiento futuro. ¿Quién se hace responsable?

Por tanto, es clave que los objetivos ambiciosos, además de resultar suficientemente atractivos, sean realistas; sobre todo, que los interesados los perciban como tales. Puede haber objetivos objetivamente realistas que, sin embargo, no sean considerados así por quienes tienen que afrontarlos; en cuyo caso, lo prioritario será trabajar para que esa percepción errónea cambie (señalando hechos que muestren la viabilidad de los objetivos, estableciendo plazos razonables, previniendo dificultades…). Si el interesado no percibe el objetivo como realista, su confianza en alcanzarlo será mínima, el objetivo será amenazante en vez de desafiante y la motivación inicial disminuirá muy pronto.

Por este mismo motivo, es fundamental analizar los costes. Es decir, concretar y valorar el esfuerzo que se debe realizar para poder alcanzar el objetivo. Un error habitual es hablar del objetivo (el beneficio) pero no de los costes que conducen a lograrlo. Se destaca lo bueno y se evitan las malas noticias pensando que la motivación será mayor. Pero en general, no es así. La clave de la motivación, una vez alta, es su estabilidad; y ésta no se consigue sin anticipar los costes y disponer de un plan razonable para afrontarlos con éxito, minimizar su impacto y, en definitiva, decidir asumirlos con conocimiento de causa. Si el corredor no analiza bien lo que le supondrá su extensa preparación de la maratón, lo más probable es que abandone en cuánto los costes aparezcan y le superen. Y lo mismo ocurre en otros proyectos ambiciosos: por ejemplo, cuando un emprendedor se embarca en su negocio muy motivado por el beneficio, pero sin contemplar en profundidad los costes ni diseñar un plan para controlarlos. ¿Cuántos proyectos fracasan muy pronto por este motivo?

La disciplina, la perseverancia, el sobreesfuerzo, la resistencia al cansancio, la pereza y la frustración, y la energía positiva que acompañan al intento de cualquier reto ambicioso, dependen de una motivación superior que se alimenta de objetivos muy atractivos, la confianza en lograrlos (objetivos considerados realistas) y las satisfacciones de controlar/superar el coste necesario e ir consiguiendo objetivos menores que se acerquen al objetivo final (lo que a su vez, fortalece la confianza). Por tanto, además de plantear objetivos atractivos y realistas y considerar sus costes, es necesario establecer objetivos cercanos que se aproximen progresivamente al objetivo más ambicioso. Y aquí, básicamente, existen dos caminos. Uno, para aquellos que parten de experiencias exitosas, con un mayor énfasis en el objetivo ambicioso final (sin olvidar los objetivos intermedios). Otro, para aquellos que necesitan fortalecer la confianza, con el acento en los objetivos más cercanos (sin olvidar el objetivo final, aunque en muchos casos, obviándolo durante un tiempo). Por ambos caminos se puede llegar a Roma, pero hay que acertar en el más apropiado para cada caso concreto.

El dominio del establecimiento de objetivos es una habilidad fundamental para aquellos que dirigen a personas, tanto individualmente como en grupo, y por supuesto, para cualquier persona que desee plantearse y conseguir retos. El entusiasmo y los buenos propósitos de cualquier comienzo, pronto se esfuman en ausencia de los objetivos, planes y estrategias apropiados; algo a tener muy en cuenta para correr la maratón, adquirir hábitos saludables, dirigir equipos exitosos o emprender cualquier proyecto que exija un coste elevado.

(Suerte a todos los participantes en la maratón de Madrid del próximo domingo día 28).

Chema Buceta
22-4-2013
twitter: @chemabuceta


sábado, 30 de marzo de 2013

AUTOCONFIANZA: ¿BUENA O MALA?

                        Los indiscutible éxitos de España han fortalecido su autoconfianza 


En el primer artículo de este blog (julio, 2012) me referí a la selección española de fútbol como los “campeones en autoconfianza”.  Señalé entonces, que los excelentes resultados de los últimos años y el dominio de las acciones concretas (el estilo de juego) que habían conducido a ellos, habían fortalecido la cualidad psicológica que más trascendencia tiene en los grandes partidos: la autoconfianza colectiva; y que ésta parecía haber contribuido notablemente al éxito en la Eurocopa. Apunté también, que asimismo, el éxito conlleva el riesgo de un exceso de confianza que puede perjudicar el rendimiento, y de ahí la importancia de no infravalorar a ningún rival por modesto que sea. Los dos últimos partidos de la selección española frente a Finlandia y Francia, constituyen dos buenos ejemplos sobre la autoconfianza: ¿buena o mala?
      Contra Francia, una vez más, la autoconfianza fue el valor psicológico de la selección española

Desde la perspectiva psicológica, el máximo rendimiento de un equipo se produce cuando éste, en su conjunto, se encuentra en lo que se denomina “nivel de activación óptimo”. En ese nivel óptimo, el equipo juega con fluidez y desarrolla lo mejor de sí mismo. Sin embargo, si la activación colectiva se encuentra por debajo o por encima de dicho nivel, el rendimiento empeora. En los grandes partidos, la motivación y/o el estrés propician estados de activación que suelen estar por encima del nivel óptimo deseado; y es entonces cuando una autoconfianza fuerte contribuye a contrarrestar este problema, situando la activación en el nivel apropiado. Es lo que parece haberle ocurrido a la selección española en tantos partidos trascendentes de los últimos años, incluyendo el último contra Francia. ¿Autoconfianza buena?
 Nadie esperaba que los campeones del mundo no pudieran ganar a Finlandia. ¿Exceso de confianza?


Por el contrario, en los partidos aparentemente fáciles (los partidos “trampa”) la motivación y el estrés tienen menos presencia, y entonces una autoconfianza fuerte puede contribuir, todavía más, a un nivel de activación por debajo del que se considera óptimo. Es decir, puede potenciar un estado de relajación que podría perjudicar el rendimiento. No es que los jugadores salgan relajados en su sentido más estricto; pero sí menos activados de lo que deberían para estar alerta, anticiparse, reaccionar a tiempo, medir bien los riesgos, movilizar la energía necesaria, mostrarse ambiciosos, tomar las decisiones correctas… Esto es lo que, probablemente, aún habiendo ganado por ser muy superior, ha sucedido en algunos partidos de la selección frente a rivales inferiores. También ante Finlandia; aunque esta vez  sin la victoria ¿Autoconfianza mala?

Tras el partido contra Finlandia, el propio Del Bosque reconoció que no se esperaban lo sucedido. En realidad, nadie lo esperaba. Se hablaba del trascendente partido contra Francia, y el de Finlandia se consideraba un mero trámite en el que lo más destacado eran los cien partidos de Sergio Ramos y el regreso de Villa a Asturias. El seleccionador advirtió en sus declaraciones, y estoy seguro de que también en las reuniones con los jugadores, que se trataba de un partido trampa que había que ganar, pero por otro lado su mensaje fue claro: reservó a los jugadores tocados para el partido contra Francia. ¿Hizo mal? No soy quien para juzgarlo, pero desde un punto de vista global (lo psicológico no lo es todo) creo que la decisión fue acertada: objetivamente, el partido contra Francia era mucho más difícil y más trascendente, esos jugadores clave tenían algunos días más de recuperación, y los que los sustituían no eran precisamente cojos, sino grandes futbolistas, y desde luego mucho mejores que los de Finlandia, último en la clasificación del grupo. Después, con 1-0, el equipo se encuentra cómodo. Es lógico.  ¿Cuántos partidos ha ganado la selección con ese resultado? Muchos. Y encima, ahora, frente a un rival bastante inferior que apenas pasa del centro del campo. Los jugadores intentan marcar otro gol, claro; ¿pero lo hacen con la ambición e intensidad que predominarían si de verdad pensaran que lo necesitan? Es algo inconsciente, pero que está ahí, influyendo en la actitud general y el comportamiento en cada jugada. ¿Autoconfianza mala? Y en una jugada ¿desgraciada? Finlandia empata. ¿Mala suerte?


                             Del Bosque mantuvo la calma tras el traspié contra Finlandia

Acaba el partido y aparecen las críticas. Muchos se dan cuenta de que la cosa se ha puesto fea, que ya no sirve empatar contra Francia (antes quizá tampoco, pero ahora menos). ¿Cómo lo gestiona Del Bosque? Comenté en twitter antes del partido en París que, pasara lo que pasara, consideraba que el seleccionador, en su línea de gran maestro, había manejado muy bien el traspié contra Finlandia. Quedaban tres días para un trascendental y muy difícil partido, y lo único importante en ese crítico momento era llegar al mismo en las mejores condiciones. Del Bosque no critica a nadie por lo de Finlandia, no busca culpables, no se pone nervioso, mantiene la calma y encaja el golpe con naturalidad. Y a pesar de que se dice que el estilo de España está agotado (?), el seleccionador fortalece la autoconfianza colectiva manteniendo lo que tantos éxitos ha dado en el pasado. Sabía decisión. En los partidos grandes se debe apostar por lo que se ha hecho y se hace bien; no es momento de grandes cambios. Del Bosque lo sabe y lo aplica. Y así jugó España en Francia: mostrando una sólida autoconfianza; sin precipitarse a pesar de no marcar en toda la primera parte. Con esa convicción y ese autocontrol que proporciona el nivel de activación óptimo, tarde o temprano llegaría el gol; ¡y llegó! Podría no haber llegado, porque así es el fútbol, o podría haber marcado Francia (estuvo a punto), pero el estado psicológico que mostró la selección española fue el adecuado para conseguir la hazaña. ¿Autoconfianza buena?


Del Bosque ha sido ensalzado en estos días como corresponde al emotivo triunfo de la selección y a sus indiscutibles méritos. El mayor, en mi opinión, es haber sabido estar a gran altura en esos días difíciles entre ambos partidos. Cuando las cosas van bien, son muchos los que pueden liderar, pero es en esos momentos críticos, con tan poco tiempo de reacción, cuando se observa a los verdaderos maestros. Trasladémoslo a cualquier otro campo: la empresa, las relaciones personales… ¿Cuántos se habrían puesto nerviosos, hecho críticas inoportunas y planteado cambios significativos, en lugar de mantener la calma y atenerse a los planes previos?  (Del Bosque cambió a algunos jugadores, pero no por el mal resultado contra Finlandia, sino porque lo tenía previsto). ¿Autoconfianza buena?








                                    No hay enemigo pequeño. ¿Aprenderemos la lección?

Tras el éxito contra Francia, se alaba a la selección española y del partido contra Finlandia ya nadie parece acordarse: un accidente intrascendente; fútbol es fútbol. Incluso se habla ya de clasificación asegurada, cuando aún quedan tres partidos. Claro, son frente a rivales muy inferiores… uno de ellos, ¡Finlandia! ¿Habremos aprendido la lección?  ¿O nos arriesgaremos a tropezar en la misma piedra del exceso de confianza, la autoconfianza mala?


La humildad y la capacidad de aprender de los errores propios, son virtudes que ningún gran campeón, si pretende seguir siéndolo, debería despreciar. La selección debe seguir apoyándose en una sólida autoconfianza cuando lleguen los partidos grandes, pero a corto plazo, al afrontar los más fáciles, conviene asumir que nadie regala nada, y que lo de Finlandia puede repetirse si no se respeta al contrario por modesto que sea.


Chema Buceta
30-3-2013

twitter: @chemabuceta

domingo, 24 de marzo de 2013

LES SUELTO EL ROLLO Y YA HE CUMPLIDO

No por gritar más y mostrar más gráficos, se transmite mejor



En el ámbito laboral, hablar con otra persona es una ocasión para conocerse, compartir, transmitir y recibir mensajes que tengan un impacto favorable. Una gran oportunidad que a menudo se desaprovecha por falta de habilidad. Pensemos en el director que se reúne con uno de sus subordinados para comentar un nuevo proyecto o pedirle un mayor esfuerzo; el entrenador que habla con uno de sus jugadores para transmitirle que confía en él; o el que va a una entrevista de trabajo y, en pocos minutos, debe lograr el mejor impacto en su interlocutor. En casos como estos, no basta con ir allí y decir cosas; se trata de actuar de la manera más eficaz para conseguir el objetivo que perseguía la conversación.  

Cuando se habla en público, sucede lo mismo. Presentaciones, conferencias, ponencias, reuniones de equipo, lanzamiento de productos, discursos, exámenes, charlas y otra situaciones similares, exigen un rendimiento notable para impactar a quienes escuchan. Bastante a menudo, el orador asume que tal rendimiento consiste en “soltar el rollo”, decir muchas cosas y no dejarse nada en el tintero. "Les suelto el rollo y ya he cumplido". Grave error; pues por muy interesante que sea, eso no garantiza, incluso aleja, el impacto perseguido.  

Los buenos oradores no son los que siguen fielmente un guión rígido de principio a fin, caiga quien caiga; ni los que se empeñan en exponer todo lo que les gustaría, abusando de la intervención; o los que leen para no perder detalle, sin importarles si cansan o aburren; sino aquellos que se preparan y actúan de forma que sus mensajes tengan el mayor calado posible en la audiencia. Asumir que el protagonista no es el orador, sino el público que le escucha, es el punto de partida de una presentación eficaz. Después, consecuentemente, el orador debe exponer con habilidad para que el impacto deseado se produzca.


                               Lo importante no es soltar el rollo, sino impactar a la audiencia


Algunos errores habituales de las presentaciones en público, entre otros, son: la mala ubicación del orador, el abuso y mal uso de los medios técnicos (power point, video…), leer, no establecer un buen contacto visual con la audiencia, utilizar un volumen, un ritmo y un tono monótonos o inadecuados, no hacer pausas o no aprovechar sus ventajas, emplear muletillas que entorpecen la fluidez, usar deficientemente el lenguaje no verbal, transmitir sin emoción, perder el tiempo con introducciones superfluas, extenderse demasiado, repetir lo mismo, no entender lo que necesita la audiencia, errar en los contenidos y la forma de exponerlos, distraer con asuntos secundarios que eclipsan a los centrales…  En definitiva, errores que minimizan el impacto de la intervención porque interfieren negativamente con el aspecto más determinante: lograr la sintonía apropiada con el público para captar y mantener su atención, su interés y su esfuerzo mental; involucrarlo en la elaboración de los contenidos; hacer que se sienta partícipe, protagonista; provocar que perciba emociones que lo enganchen; favorecer que abra su mente para asimilar los mensajes… y aunque parezca paradójico, respetar su libertad de implicación. En general, la persona que se siente libre, abre su mente; la que se ve intimidada, la cierra. 




                                       Leer es uno de los principales errores de un orador


En el ámbito de la empresa, por ejemplo, es frecuente que se preparen presentaciones en power point que, posteriormente, pueden exponer personas diferentes. Se confunde lo que podría ser un documento homogéneo con información relevante (información general sobre la empresa, listados de productos y precios, etc.) de lo que consiste presentar en público. Es lógico que los folletos, videos y otros documentos corporativos sean homogéneos, pero una presentación oral no es eso. Lo escrito, lo audiovisual y lo oral son complementarios, pero el gran valor añadido del orador está en el qué y el cómo transmite sus mensajes para lograr el impacto que no tienen esas otras herramientas. Ese valor de la oratoria, único y tan especial, se pierde si lo importante de una presentación es preparar y seguir (a veces, leer) unas transparencias o un video, en lugar de aprovechar la oportunidad de impactar mediante la palabra. 

Hay personas que presumen de haber preparado una buena presentación aludiendo a los colores de los gráficos, las imágenes que los acompañan o la forma en que situaron el logo de la empresa… pero ¿qué importancia tiene todo eso si los que escuchan se aburren con la lectura monótona y soporífera de quien tiene la palabra?  ¿Para qué sirve que haya un orador, si se limita a leer o a comentar unas imágenes, algo que en muchos casos podría hacer el propio público por su cuenta? ¿Dónde está el valor añadido de la presentación? 

En la misma línea, ¿qué decir de un entrenador cuando se reúne con sus deportistas antes de un partido? Si domina las habilidades pertinentes, lo que puede transmitir con la oratoria tendrá mucha más fuerza que cualquier otro recurso alternativo (más que los videos que están tan de moda): sus mensajes impactarán más a sus jugadores y, por tanto, serán más eficaces. En otros ámbitos sucede lo mismo: el abogado en un juicio, el profesor en clase, el consultor en un curso, el directivo en una reunión de equipo o en un discurso… Sus intervenciones orales serán mucho más productivas si aceptan que el protagonista es la audiencia, personas a las que debe llegar, involucrar y cautivar. 



                                           Hay que procurar que el público no se duerma


Obvio, que esta poderosa herramienta que es hablar bien, en público y en privado, hay que desarrollarla. En principio, algunas personas tienen más cualidades que otras; pero todos podemos mejorar mucho. Es cuestión de entrenamiento: a veces más amplio e intenso, y otras para modificar pequeños pero relevantes detalles. Básicamente, el entrenamiento incluye el desarrollo de habilidades para controlar el miedo escénico y otras emociones, y conseguir el nivel de activación óptimo; habilidades no verbales (ubicación, posturas, contacto visual, gestos…); habilidades paralingüísticas (volumen, tono, fluidez, pausas…); habilidades organizativas (condiciones de la sala…); habilidades relacionadas con la preparación de la exposición (estructura de la presentación, prioridades, adaptación al tiempo…) y el uso de los medios técnicos (si procede utilizarlos); y habilidades verbales (contenidos apropiados, uso de ejemplos, anécdotas y metáforas, preguntas retóricas…). Todas estas habilidades deben estar al servicio de los objetivos del orador, quien debe aprender a incorporar las diferentes técnicas con la mayor naturalidad y autenticidad (es decir: no fingir), valiéndose de ellas para conectar emocionalmente con el público, ya sean muchos o uno solo, y conseguir el mayor impacto.


Chema Buceta
24-3-2013