lunes, 25 de agosto de 2014

ÁRBITRO ESPAÑOL: ¡HIJO DE LA GRAN PUTA, MADRE QUE TE PARIÓ!

                                               Lo fácil es buscar en el árbitro un culpable externo



El título de este escrito fue portada de un periódico colombiano tras la derrota de Colombia frente a Brasil que suponía su eliminación en el pasado mundial de fútbol. Así consta en un interesante artículo publicado en elpaís.com sobre los árbitros: lo que padecen, cómo se sienten, lo que afectan las críticas a sus familias, etc. (http://elpais.com/elpais/2014/08/22/eps/1408720472_155065.html). Podía haber sucedido en otro país y respecto a otro árbitro: eso es lo de menos. Lo grave es la falta de profesionalidad y responsabilidad que conlleva. El profesional del deporte no debe dejarse dominar por sus emociones, y menos aún si es un periodista, supuesto garante de la información objetiva en lugar de azuzador de las fibras más sensibles de las masas. Y lo peor es la irresponsabilidad de un titular que puede tener una influencia enorme en el comportamiento de los aficionados y los niños. Por desgracia, no tardaremos en saber de agresiones a árbitros cuya semilla, una de ellas, habrán sido titulares y comentarios de este tipo en los medios de comunicación. Además, por si fuera poco, se fomenta así el hábito de culpar a otros de los fracasos propios. Muy instructivo. Perdemos, pero el culpable es otro: lo más fácil, el árbitro.

Este mismo fin de semana, el titular de un periódico español fue: “Mateu (el árbitro) la lía al anular un gol de Iraizoz”. ¡La lía! Se habrá podido equivocar, y su decisión habrá influido en el resultado, pero es evidente que algo habrán hecho mal los jugadores cuando en noventa minutos no han marcado un solo gol. ¿O no? ¿Culpable el árbitro? Por suerte esta vez, Iraizoz, portero del Athletic, reaccionó con aplastante sensatez, poco habitual, señalando que “somos humanos y comprendo lo que significan los fallos”. Es decir, al igual que un jugador puede equivocarse, también el árbitro, y así hay que aceptarlo como parte del juego. Son errores que a veces favorecen y otras perjudican. Veremos si los que ahora salen beneficiados por este supuesto fallo, también callan cuando en el futuro salgan perjudicados. Iraizoz ha dado un buen ejemplo. ¡Bravo!

Simeone, entrenador del Atlético de Madrid, también se ha equivocado; y el mismo ha tenido la honestidad de reconocerlo y pedir disculpas. Aunque no hay que descartar que lo haya hecho para atenuar la sanción, no deja de ser un detalle que le honra. Sin embargo, darle unas collejas al cuarto árbitro es bastante grave, y pasarse por el forro la normativa situándose en la grada tras ser expulsado, también. Faltas de respeto al árbitro y el reglamento que, viniendo de alguien tan considerado, suponen un mal ejemplo a imitar con estas u otras acciones de similar calaña. Es tremendo que la noticia sean los partidos de sanción que le pueden caer, y no la envergadura de los hechos (sobre todo, los cachetes). Los medios de comunicación pasan por encima la falta grave de un entrenador carismático para no perder el favor de sus seguidores fanáticos; sin embargo, al árbitro no le respaldan las masas, y por eso se le puede crucificar sin que nadie se rebele. También tienen bula las grandes estrellas, a las que solo atacan los medios afines a sus adversarios para dar carnaza a quienes por ser rivales los detestan. Es lamentable que se minimicen el mordisco de Luis Suárez, los golpes de Cristiano a Godín u otros. Da igual el equipo. Son grandes ídolos cuyos fallos futbolísticos, aún siendo más graves que los de cualquier árbitro, se obvian; y su comportamiento descontrolado se justifica o se tapa rápido. ¡Hay que seguir vendiendo! ¿A cualquier precio?

Cuando sucede algo grave, se critica a los energúmenos que cometen las tropelías en los estadios o sus alrededores. Sin ir más lejos, el pasado sábado, en Argelia, un jugador ha muerto por la pedrada de un espectador. Un salvaje, cierto; pero no deberían tirarle la primera piedra quienes con su mal ejemplo en los campos, las ruedas de prensa, las tertulias o los diarios, siembran estos comportamientos en quienes con escasa formación y criterio los siguen al pie de la letra. Por desgracia, asistiremos a otros muchos casos de violencia: la mayoría en campos pequeños, de los que, salvo un gran tragedia, no nos enteraremos. También se critica a los padres de los deportistas jóvenes por su mal comportamiento, pero la principal responsabilidad es de quienes somos profesionales. ¿Qué ejemplo les ofrecemos? ¿Qué podemos esperar de los padres si lo que observan en el deporte son entrenadores que menosprecian a los árbitros, presidentes que los culpan de las derrotas y medios de comunicación que justifican o minimizan la violencia? Padres que asisten al espectáculo de jugadores violentos a los que incluso se alaba por su contundencia, se les ríe la gracia o se les perdona como a inocentes niños traviesos con tal de que vuelvan a la arena; que escuchan ruedas de prensa en las que el entrenador derrotado dice: “no me gusta hablar de los árbitros, pero siempre se equivocan contra nosotros y ya nos han hecho perder muchos puntos”. ¿Sorprende que algunos de esos padres insulten, intimiden y agredan a los que arbitran a sus hijos? Pero aquí no pasa nada. Nadie defiende al árbitro. Lo fácil es atacarlo e ignorar todo lo que, aparentemente, pueda perjudicar este gran negocio; después, cuando ocurre una desgracia, las manos a la cabeza y la culpa al descerebrado de turno.

Los árbitros se equivocan. Obvio. Como bien dice Iraizoz, son humanos. Pero me consta que se preparan a conciencia para hacer buenos arbitrajes. Aunque sus errores se destacan mucho, como sucede con los del portero, fallan mucho menos que los jugadores y los entrenadores, y su trabajo suele ser bastante bueno. Lógicamente, unos árbitros son mejores que otros, como sucede con los jugadores. El año pasado, en un partido femenino de categoría regional una jugadora insultó y pegó un puñetazo al árbitro aduciendo que era muy malo. Seguramente, ella era una gran jugadora, por eso estaba en regional, y pretendía que un árbitro de regional estuviera a su misma altura (!!!). Casi siempre se ataca a los árbitros cuando las emociones no se controlan: sobre todo los nervios pidiendo desahogarse, y la rabia, la frustración y la pesadumbre para descargarse tras las derrotas que tanto queman. Simeone, achacó su mal comportamiento a los nervios, como si fueran algo externo a él: una fuerza ajena que dominara su voluntad de respetar al árbitro. Eso, y la pasión con la que vive el partido, se aceptan como justificantes de las collejas (!!!). Sin embargo, no deberían serlo. Entrenadores como él, directivos, jugadores y periodistas, tienen la responsabilidad de aprender a dominar sus nervios y hacer compatibles la pasión y el deseo de ganar con el comportamiento respetuoso.

Los árbitros de élite están preparados para recibir insultos y quejas, pero eso no justifica que se produzcan, y la escalada de violencia que vemos en los estadios y campos menores exige actuar para erradicar estos comportamientos. Esto supone un ejercicio de responsabilidad de los profesionales del deporte, pero también una actuación decidida por parte de las instituciones que tienen poder. Es curioso que se haga un esfuerzo para eliminar el racismo (que por supuesto, apoyo) y, sin embargo, se pasen por alto las declaraciones y los titulares que son caldo de cultivo de la animadversión a los árbitros y la violencia. ¿Doble moral? Por un lado, se ataca la violencia con la boca pequeña o cuando pasa algo; por otro, quizá no interesa privar al espectáculo de este sabroso condimento.

En los próximos días se celebrará el mundial de baloncesto en España. Desde 2007, he tenido el privilegio de trabajar con los árbitros en los Eurobaskets, y ahora lo tengo colaborando en la preparación previa. Son árbitros de muy alto nivel, y puedo dar fe de su excelente actitud de deportistas profesionales que estarán en las mejores condiciones de rendir al máximo. ¿Cometerán errores? Seguro que sí: pero lo más probable es que sean muy pocos. Y cuando se equivoquen, será porque son humanos, sin la más mínima sospecha de falta de honestidad. El baloncesto no es el fútbol, pero también provoca pasiones que pueden tener consecuencias graves; y son muchos los niños y padres que observan a los profesionales y pueden tender a imitarlos. Ojalá que en este campeonato que tanta expectación genera, se respete a los árbitros y se de un buen ejemplo del fair play que debemos transmitir las instituciones y los profesionales del deporte. Será el mejor legado: por encima de cualquier resultado.

Chema Buceta
25-8-2014

@chemabuceta


www.psicologiadelcoaching.es

lunes, 11 de agosto de 2014

¡PROHIBIDO FALLAR!

                               El miedo al error perjudica el desarrollo de los deportistas jóvenes



Un sábado por la mañana, me detuve en una instalación municipal donde niños de nueve y diez años disputaban un partido de fútbol 7. El exterior de los laterales del campo, sobre la misma línea pues apenas había espacio, estaba plagado de padres que rodeaban a los entrenadores y los jugadores suplentes, quienes al no haber banquillos, también seguían el partido de pie. En la cancha, los que jugaban se esforzaban con encomiable entrega, alternando aciertos y errores: más estos que aquellos. Lógico. Lo sorprendente habría sido lo contrario. Sucedía lo que cabía esperar con la corta edad y experiencia mínima de los jugadores. ¿Solo por esos dos motivos? Por la tarde, asistí a otro partido de fútbol: esta vez, con equipos de categoría juvenil federada (16-18 años) que iban bien clasificados. Los chavales no cometían tantos errores como los niños de la mañana, pero también fallaban bastantes veces, y eso que eran mayores y llevaban jugando entre siete y diez años. ¿Todavía muy jóvenes? ¿Aún faltos de experiencia? Por la noche, estuve en el estadio Bernabeu viendo al Real Madrid contra otro equipo de primera división. ¡Oh! ¡También fallaban!

Viendo el último partido, recordé a uno de los entrenadores de la mañana. No paraba de gritar para guiar a los niños: ¡corre! ¡pasa! ¡tira!, y a cada error que cometían, respondía con gestos de desesperación y comentarios recriminatorios: “pero hombre, Elías, ¿Cómo puedes hacer eso? ¿Es que no ves que Eduardo está solo?” “Matías, hombre, pégala bien, que ya has fallado cinco pases; parece que vas con los otros”. Conté los pases que erraba uno de los principales jugadores del Madrid, ¡y superaron los de Matías! Curiosamente, según las crónicas del día siguiente, ese mismo jugador fue uno de los más destacados (!!!). Sin embargo, es probable que el pobre Matías se marchara a casa bastante frustrado.

La sensación que suelo tener cuando veo competir a niños de cualquier deporte, es que si fueran capaces de hacer todo lo que se les pide, sin cometer errores, serían avatares de un dios perfecto. En bastantes ocasiones, se les exigen decisiones y acciones que no son realistas para deportistas de tan temprana edad y limitada trayectoria; algunas de ellas, ni siquiera lo son para un deportista experimentado. ¿Jugar sin fallar un pase? ¿Quién lo consigue? Solo el que no tiene el balón, el que no participa, el que se inhibe y se esconde para no cometer errores. ¡Prohibido fallar!

En algunos deportes, el error se penaliza gravemente. Por ejemplo, en la gimnasia artística si el deportista se cae del aparato, lo normal es que el fallo tenga un coste muy alto y determine el desenlace final.  En los cien metros, una mala salida se paga cara. En esquí, no pasar por una puerta supone la descalificación. Sin embargo, en otros deportes existe un cupo de errores que forma parte del juego. El tenista que vence ha cometido errores. En fútbol, baloncesto, balonmano, etc., el equipo que gana ha cometido errores. El jugador que ha metido muchos puntos, es muy probable que haya fallado más tiros que los encestados. Por ejemplo: se considera un buen rendimiento convertir ocho tiros libres de diez lanzados a pesar de haber fallado dos tiros. El error está presente en la dinámica de muchos deportes. Incluso en el mejor día, se cometen errores.

Sea cual sea el coste (más en unos deportes que en otros), los errores ocupan su lugar en el proceso formativo de los deportistas jóvenes, y lo inteligente es aprovecharlos para que los chicos crezcan. A partir del error se puede mejorar si se acepta y se usa constructivamente. Sin embargo, si se utiliza para recriminar a los chicos y estos lo evitan, se malgasta una gran oportunidad.  Entender cómo es el deporte que los muchachos practican y aceptar el cupo de errores que forman parte del mismo, facilita que entrenadores y padres sean más realistas valorando el rendimiento de los jóvenes; y estos su propio rendimiento. En bastantes casos, los mismos chicos son sus principales críticos. Sus errores les impactan mucho: se sienten frustrados, en ocasiones avergonzados, su ansiedad e inseguridad aumentan, y bien se inhiben para no cometer más fallos o, al contrario, intentan arreglarlos con acciones impulsivas que suponen nuevos errores. El miedo al error es uno de los principales enemigos del progreso de los deportistas. Sin embargo, su gestión apropiada, además de ayudar a minimizar los fallos, contribuye a su fortalecimiento mental.

Entre otras cuestiones, es importante distinguir los errores de precisión de los que se producen por falta de esfuerzo. Los segundos deben atajarse cuanto antes, siempre que el esfuerzo exigido sea razonable en función de la edad y las características de los deportistas. Los primeros deben aceptarse. Después, se tendrá que trabajar en los entrenamientos para reducirlos, pero sabiendo que siempre se producirán algunos. Comprenderlo constituye un avance de gran importancia para los chicos, y para lograrlo, la actuación de entrenadores y padres es fundamental. Si al igual que el entrenador de Elías y Matías, penalizan los fallos con gestos y comentarios de desaprobación, por mucho que les digan que no importa fallar, los chavales asumirán que cometer errores es algo terrible. Por desgracia, eso es lo que sucede en bastantes casos. ¿Prohibido fallar?

 (Breve estrato del libro que estoy escribiendo para padres y entrenadores de deportistas jóvenes).


Chema Buceta
11-8-2014

@chemabuceta

www.psicologiadelcoaching.es

domingo, 20 de julio de 2014

¿FAVORITOS? NO, GRACIAS!

                                                Ser favoritos puede volverse en contra


Se conoce popularmente como “Maracanazo” a la victoria de Uruguay sobre Brasil en el partido final del Mundial de fútbol de 1950 celebrado en el estadio de Maracaná en Río de Janeiro. Brasil era el gran favorito, y contaba con el apoyo enfervorizado de sus apasionados seguidores; además, al jugarse por sistema de liguilla entre los cuatro mejores e ir por delante, le bastaba el empate para ser campeón. Sin embargo, lo que todos esperaban, no ocurrió. Antes y después de ese partido, en este y otros deportes han acontecido numerosas situaciones similares. En España, en la final de la Copa del Rey de 2002, en el mismo estadio Bernabeu y coincidiendo con el centenario del club, uno de los mejores Real Madrid de este siglo cayó derrotado frente al Deportivo de La Coruña (se le llamó "Centenariazo”). Más cercanos, este y el año pasado lo hemos visto en la final four de la Euroliga de baloncesto, donde el que menos contaba acabó batiendo a los favoritos en semifinal y final; y esta misma semana, en el europeo de hockey sobre patines, en el que tras siete títulos consecutivos sin perder un solo partido, la selección española, gran favorita y jugando en casa, necesitaba ganar a Portugal que no se jugaba nada, y solo pudo empatar. Seguro que todos conocemos casos en los que ha ocurrido algo parecido.

En la mayoría de estos casos, el favorito es mejor que el contrario y las circunstancias le favorecen. Por tanto, tiene la obligación de ganar, y tanto él como su entorno es lo que esperan; y la obligación es mayor cuando son muchos los aficionados, medios de comunicación, etc. que así lo demandan. Por eso, en ocasiones, jugar en casa puede ser un factor añadido en contra. Para contrarrestar este clima de euforia, los protagonistas suelen decir que no hay rival fácil, que el partido hay que jugarlo, etc. Lo expresan así porque es lo políticamente correcto o porque de verdad lo piensan, pero la creencia de superioridad, consciente o inconsciente, suele ser más fuerte y predomina sobre lo demás. Lo racional aconseja que no hay que confiarse, pero lo emocional  destaca que el viento sopla a favor, y propicia acomodarse a un clima de optimismo que sin duda es mucho más agradable que estar preocupado.

En bastantes casos, este clima de optimismo dificulta que se anticipen las contrariedades que podrían surgir en el partido y se preparen los correspondientes planes por si así fuera; por lo que no es extraño que si las cosas no salen como se esperaba, el equipo no esté convenientemente preparado para reaccionar. Física, técnica y tácticamente, quizá lo esté, pero psicológicamente, no. A esto hay que añadir la enorme discrepancia que se plantea cuando teniendo tan claro lo que debería suceder, ocurre otra cosa; y más aún, cuando eso implica la amenaza de no cumplir con una obligación que todos daban por hecha. Cuánto más favorito se es, y mayor es la euforia colectiva esperando lo que parece lógico, más acuciante es la presión. Puede que no se note antes del partido, en parte debido a ese optimismo que lo tapa todo (de hecho, es un mecanismo que ayuda a ignorar esa presión), pero la presión está ahí, dispuesta a activarse en cuanto las cosas se tuerzan. ¿Favoritos? No, gracias! (aunque es algo que no se puede evitar; si lo eres, lo eres aunque no quieras!).

¿Qué efectos tiene todo esto? En ocasiones, la expectativa elevada de ser favoritos, junto a la euforia de la afición y los medios de comunicación que también lo piensan, provocan una activación muy alta que se traduce en un exceso de impulsividad. La impresión que da es que se quiere resolver cuanto antes; y que, además, consciente o inconsciente, existe la creencia de que así será. En muchos casos, esto provoca errores que se vuelven en contra. Si encima, el adversario no es un paquete, lo más probable es que jugando sin tanta o ninguna presión, su rendimiento sea mejor. Resultado: lo que se esperaba, no sucede: lo que parecía cantado, no lo es; la ventaja teórica se traduce en desventaja real. Y es ahora, en la adversidad no esperada, cuando la presión acecha más. Esa obligación de ganar provoca nerviosismo e inseguridad, y según los casos, inhibición o precipitación. Aquí, es frecuente que los jugadores vayan por libre más de la cuenta, se olviden algunos esfuerzos que habría que hacer, se tomen malas decisiones, se actúe con un exceso de agresividad incontrolada… El equipo no encuentra su sitio, va a bandazos, sin paciencia, sin seguir la estrategia colectiva que le haría superior a su rival, y conforme el tiempo pasa, peor: más prisa y peor rendimiento. A veces, en lugar de esa impulsividad, lo que se observa inicialmente es la pasividad de un exceso de confianza a la que subyace la creencia de que tarde o temprano se mostrará la esperada superioridad, pero si ese momento no llega, la presión actúa atenazando a los jugadores o provocando precipitación; y en ambos casos, propiciando errores y un rendimiento ineficaz.

Solucionar este problema no es fácil, sobre todo si se trata de forma superficial cuando en realidad su trascendencia es enorme. Anticiparlo y prevenirlo es clave. Para eso, lo primero es detectarlo. Después, preparar al equipo para esa adversidad. Y en algunos casos, profundizar en las creencias que dificultan este proceso. Una vez más, la presencia del psicólogo del deporte puede ser importante. ¿Es lógico que plantillas millonarias con varios ayudantes en el staff, no tengan otro ayudante (el psicólogo del deporte) que contribuya a la preparación psicológica? Se cuidan todos los detalles, y se descuida este. Cierto que cada vez son más lo que se dan cuenta, pero todavía quedan muchos ignorantes o escépticos que confían todo su trabajo a que la próxima vez, ¡ojalá!, la suerte les vendrá de cara.

¿Favoritos? ¡No, gracias! Pero si lo somos, en lugar de ignorarlo, preparémonos para gestionarlo de la manera más eficaz.

Chema Buceta
20-7-2014

twitter: @chemabuceta


domingo, 22 de junio de 2014

¿HAMBRE?

                                            ¿Motivación alta, pero insuficiente en la adversidad?



El respeto, admiración y apoyo  a los jugadores y técnicos de la selección española de fútbol que tantas alegrías nos ha dado, algo que comparto, no es incompatible con la crítica constructiva, y por eso en estos días, son muchos los que buscan explicaciones a lo sucedido en el Mundial. Xabi Alonso declaró que había faltado “hambre”, y al parecer, eso disgustó a sus compañeros, por lo que se vio obligado a matizar que no se refería a una ausencia de motivación, que es lo que se había interpretado, sino a falta de intensidad (¿Debida a qué?). El propio seleccionador que antes del campeonato intuyó, y apuntó, que “faltaba hambre”, intenta ahora, y hace bien, que el fuego no se extienda. Seguimos en el torneo, y con o sin hambre, no está el horno para bollos. Nos suele sentar mal que nos digan que no estamos motivados cuando se supone que deberíamos estarlo; y más aún, cuando encima percibimos que sí lo estamos. La cuestión es cuánto. No creo que ni Alonso ni Del Bosque hayan querido decir que el equipo no estaba motivado, pero sí, quizá, que no lo estaba lo suficiente; que faltaba algo. En el deporte de alta competición las pequeñas diferencias pueden ser muy trascendentes. No se le niega al equipo una motivación alta, pero quizá sí la ausencia de ese plus de motivación, pequeño pero decisivo, que en ocasiones marca la diferencia;  y sobre todo, en la adversidad. Acudimos a un excelente restaurante y tenemos hambre, incluso muchas hambre, pero quizá no tanta como  para comer los platos que no nos gustan. Mientras el menú nos satisface o es llevadero, perfecto; pero si no es así…

Seguramente, las declaraciones de Xabi Alonso han sido inoportunas por haberse producido cuando aún queda un partido y, al referirse a un tema delicado, pueden afectar a la cohesión del grupo, pero eso no quiere decir que su percepción sea necesariamente errónea. Indicios razonables sugieren que en el restaurante de Sudáfrica se tenía más hambre. Y no hay que tomárselo a mal, ni sentirse atacado por ello. Muchas veces, no es cuestión de voluntad, sino de habilidad; y esta no se suele trabajar con la especificidad necesaria. Por tanto, uno puede empeñarse en tener hambre y, a pesar de eso, no tener tanta como el guión indica. Más aún en un equipo, donde siendo cierto que las circunstancias de cada jugador son diferentes (veteranos que se retiran, jóvenes que debutan, campeones de todo, aspirantes a serlo…), existe una tendencia colectiva que, en mayor o menor medida, suele contagiar a todos. En Sudáfrica íbamos a comernos lo que fuera; hasta los platos que provocaban arcadas; y eso nos dio la energía para sufrir, sobreesforzarnos y superar las situaciones adversas. A Brasil también hemos ido con ganas, ¡cómo no, siendo el Mundial un restaurante tan exclusivo! Y mientras el menú fue de nuestro agrado (primer tiempo contra Holanda) las cosas funcionaron. Pero la situación cambió cuando llegó a la mesa el plato que no nos gustaba: de un posible 2-0 a un 1-1 y enseguida un 1-2 que obligaba a un costoso sobreesfuerzo.  Fatídica adversidad que como explicó el seleccionador, marcó nuestro fracaso. Hasta aquí, el equipo jugó a un buen nivel y superó a Holanda (que es el subcampeón del mundo). A partir de entonces, quedó tocado y llegó la debacle del 1-5. Después, jugamos contra Chile sin habernos recuperado del palo.

¿Faltó un plus de motivación en ese momento tan crítico? ¿Un poco más de hambre para remangarnos y comernos ese marrón? Quizá pensábamos, de manera inconsciente, que en este excepcional restaurante, siendo quienes somos, los campeones del mundo, sólo nos darían manjares exquisitos, y no estábamos preparados para comer la basura de los goles en contra. Había hambre, pero no tanta; y encima, ese menú que nos revolvió las tripas no se esperaba. En los dos artículos anteriores, señalé la importancia de anticipar las posibles dificultades y prepararse para afrontarlas. La sensación que se dio es que no estábamos preparados para ese contratiempo, y el hundimiento tan desproporcionado demostró una gran fragilidad que sólo se explica si en parte venía de antes. Faltaba algo. Quizá, ese extra de motivación que, haciéndote insaciable, te da una energía especial para comerte el mundo aunque estés muerto. Quizá, fortaleza física y mental para responder y sobreponernos. Muy probable: las dos cosas. No se puede descartar que las lesiones y el cansancio físico y psicológico acumulados a lo largo de una dura temporada, con muy poco tiempo de recuperación, hayan tenido su peso; aunque viendo la energía de Benzemá, Neymar, Alexis o Godín con sus respectivas selecciones, la duda es razonable. ¿En qué clubs juegan estos? Parece evidente que, además del cansancio, algo ha habido en nuestra selección que ha influido en esa falta de frescura, chispa, intensidad, alegría… que hemos mostrado en el campo. Además de insuficiente hambre, ¿falta de autoconfianza? Es lógico que esta se debilitara al sentirse los jugadores sin fuerzas para remar contra corriente. Pasó tras el 1-2 con Holanda; y por supuesto, frente a Chile. Seguro que ese segundo día las ganas de sacarse la espina no faltaban, pero el equipo no pudo recuperarse de la paliza, y desde el primer momento se mostró espeso e inseguro, con esa ansiedad que te paraliza y te hace impreciso. Los goles en contra fueron la puntilla. ¡Hundidos!

¿Seguirá Del Bosque? Es un gran entrenador, no descubro nada; y en Brasil está dando una lección de liderazgo en la adversidad, cuando el barco está hundido y el capitán debe aguantar el tipo con la mayor dignidad. La procesión va por dentro, y él, aunque dolido, se muestra tranquilo, sin señalar a nadie, dando la cara. No se queja de nada, apoya a los suyos y asume su responsabilidad con la honestidad y caballerosidad que le caracterizan. Su papel fue muy difícil tras el partido contra Holanda. Actuó con moderación y sensatez, confiando en sus jugadores. Algunos piensan que un entrenador es todopoderoso, pero en muchos casos su capacidad de influencia es muy limitada. Un varapalo como este deja muy tocado a un equipo que no está acostumbrado a perder, y por muy bueno que sea el médico, la gravedad de la enfermedad puede más que él. ¿Podía haber hecho algo más, estar más acertado en sus decisiones previas y durante el campeonato? No lo sé. Siempre se puede mejorar lo que uno hace, y estoy seguro de que él será el primero en analizarlo. ¿Seguirá? Nadie mejor que Del Bosque para liderar una nueva etapa con prudencia y acierto, pero supongo que su decisión de continuar va a depender del "hambre" que tenga. ¡Otra vez el hambre! Si encuentra retos que le estimulen de verdad, que le motiven lo suficiente, y se ve con fuerzas para acometerlos, seguirá. Si no es así, renunciará. Lo ha ganado todo, y es una persona honesta. No se embarcará de nuevo si no está seguro de poder llevar el barco al mejor puerto. Sabe mejor que nadie que para continuar necesita, en primer lugar, recuperarse del palo de Brasil; y después, tener ese plus de motivación y autoconfianza que marca la diferencia entre simplemente cumplir y rendir con la excelencia que exige la alta responsabilidad de dirigir a la selección española. Hambre y convicción. ¡Ojalá las tenga, y siga!

Chema Buceta
21-6-2014

twitter: @chemabuceta