sábado, 20 de julio de 2019

SOBREPROTECCIÓN

                                            Sobreprotegiéndoles los hacemos más débiles



Hace unos días me encontré con Diego López, en la actualidad portero del Español, con el que coincidí en el Castilla (entonces Real Madrid B) cuando él jugaba en ese equipo y yo trabajaba como psicólogo en ese club. En muchas charlas y algunos escritos le he puesto como ejemplo de perseverancia y profesionalidad. Diego estuvo una temporada completa sin jugar un solo partido ¡ni uno! hasta que el entrenador le puso en el último de la liga, ya en mayo, que era intrascendente. ¿Intrascendente? Para el equipo, sí; pero para él, no. Aprovechó la oportunidad y fue el portero que jugó los partidos del play-off de ascenso. Después, su carrera ha sido muy buena, ocupando las porterías de equipos profesionales de primer nivel como Real Madrid, Villarreal, Sevilla y, ahora, Español. 

¿Cómo lo hizo? Estando preparado cuando esa ocasión le llegó. He conocido a otros que en la suplencia se han quejado de lo “injusta” que era su situación y, ocupados en lamentarse por una decisión que no dependía de ellos, han tirado la toalla o han descuidado su preparación; y cuando pasó el tren de la oportunidad, no estaban listos para cogerlo. Durante ese año, Diego fue un ejemplo de no quejarse, entrenar como si fuera a jugar cada domingo y cuidarse al máximo para estar listo cuando el entrenador lo creyera oportuno, y esa perseverancia tuvo su recompensa. No es fácil esforzarte día tras día viendo que no obtienes el resultado inmediato que te gustaría, pero en eso consiste la perseverancia. Cuando el viento sopla a favor es fácil estar motivado y seguir avanzando; pero cuando ruge en contra, la fortaleza mental es la clave para no rendirte y continuar luchando.

Me comentaba Diego que, en general (lógicamente hay excepciones), ese espíritu de lucha en la adversidad ya no se observa en los deportistas jóvenes. Y el comentario coincide con lo que me han dicho las jugadoras más veteranas de la selección de Gran Bretaña de baloncesto, lo que se habló en la última tertulia “Al Límite” de radio Marca con Tati Rascón, ex jugador de tenis y actual presidente de la federación madrileña, y otros muchos testimonios que destacan la escasa tolerancia a la frustración de los jóvenes cuando no reciben una gratificación inmediata y necesitan perseverar en la adversidad. Esta circunstancia no es exclusiva del deporte, sino algo más general que, como sucede en este, se manifiesta en otras muchas áreas: la educación, lo laboral, las relaciones interpersonales, etc. La gran mayoría de los jóvenes domina las nuevas tecnologías, y abundan los que tienen estudios superiores, másteres, formación específica en asuntos concretos y experiencias diversas, pero muchos carecen de la suficiente fortaleza mental para afrontar satisfactoriamente las situaciones adversas.

El deporte proporciona una gran oportunidad para que los jóvenes se fortalezcan, pero esa oportunidad hay que aprovecharla y no, como sucede a menudo, desperdiciarla. Para poder llegar a la élite, como Diego López, las jugadoras británicas o los mejores tenistas, el fortalecimiento mental es fundamental. Pero también lo es para los miles de jóvenes que pasan por el deporte y jamás llegan. Y aquí surge una pregunta importante para los padres, entrenadores, directivos y otros responsables del deporte en la infancia y la adolescencia: ¿Queremos que el deporte sirva para desarrollar el fortalecimiento mental de los jóvenes, contribuyendo, así, a prepararlos mejor para enfrentarse a las adversidades que les planteará su vida? Lo más probable es que la respuesta sea afirmativa en un porcentaje altísimo, casi unánime, pero ¿cuántos actúan de manera coherente con dicha respuesta?

En mi libro “Mi hijo es el mejor, y además es mi hijo”, cuya información puede encontrarse en el enlace adjunto, explico los pasos que se pueden dar para desarrollar el fortalecimiento mental de los deportistas jóvenes. Entre otras medidas, es importante enfrentarlos progresivamente a situaciones adversas que les obliguen a salir de la “zona de confort” y que, con el debido esfuerzo, puedan manejar con cierto éxito, acostumbrándose a tolerar lo que no les gusta y a perseverar para conseguir sus objetivos centrándose en lo que depende de ellos. 

Para eso, sobre todo a partir de cierta edad, se pueden programar situaciones adversas de distinto tipo, pero la mejor estrategia es aprovechar las adversidades que de forma natural se vayan presentando en la propia actividad, y es aquí donde los adultos juegan un papel fundamental. 

Centrándome en los padres, el mayor problema que dificulta el aprovechamiento de la adversidad para el fortalecimiento mental es la “sobreprotección” de sus hijos. Asistimos hoy en día a una sobreprotección de los jóvenes en numerosas facetas: se trata de facilitarles la vida sin exigirles demasiado esfuerzo, de solucionarles cualquier dificultad por la vía rápida, de darles todo (o casi todo) lo que desean con la mayor inmediatez y sin valorar si se lo han ganado, de evitar cualquier tipo de contrariedad o sufrimiento. También, a veces, se trata de no enfrentarse a los hijos, bien por pereza, bien porque les resulta desagradable o porque prefieren dedicar el tiempo a otra cosa. Es mucho más cómodo dejarles hacer lo que les apetece. ¿Das la lata? Pues aquí tienes un Ipad para que me dejes en paz. ¿No quieres ir a entrenar? Pues no vayas. 

No es extraño que así salgan niños "emocionalmente blanditos” que, en su vida adulta, a pesar de ser unos genios de los ordenadores, se encontrarán incapaces de salir adelante cuando deban enfrentarse a situaciones adversas sin la protección de sus progenitores.

Ejemplos de sobreprotección en el deporte hay muchos. Y es una lástima, porque hay múltiples oportunidades de fortalecimiento mental que, por este motivo, se desaprovechan. Javier tiene 15 años y juega al fútbol en el equipo de su barrio. Lleva dos partidos saliendo desde el banquillo cuando solo quedan diez/doce minutos y está muy disgustado porque cree que “no es justo”, que “él entrena mejor que otros compañeros que juegan más”. Ese es el tema de conversación en casa, y el padre, también enfadado, va a hablar con el entrenador para pedirle explicaciones y tratar de solucionar esta situación adversa. Este padre acaba de perder una gran oportunidad. Cuando finalice la temporada, quizá sea el momento de hablar con el entrenador y valorar si el chico tiene que cambiar de equipo, pero ahora, el muchacho debe aprender a aguantarse y centrarse en lo que depende de él para mejorar su situación, y es él, en todo caso, quien debe hablar con el entrenador, no su padre.

Por su parte, Cecilia, de 12 años, jugadora de baloncesto, falta a los entrenamientos de su equipo cuando no le apetece entrenar. Sus padres la sobreprotegen permitiendo que se quede en casa, en lugar de obligarla a cumplir con el compromiso que ella ha adquirido de entrenar dos veces a la semana. Permitir que los chicos no cumplan con el compromiso que ellos mismos han acordado (no impuesto) es una forma de sobreprotección. 

La sobreprotección también se produce cuando se inventan reglas absurdas como jugar partidos sin resultados, cerrar el partido cuando hay una diferencia muy grande u otras por el estilo. Si se compite, se compite; y es responsabilidad de los adultos inscribir a los chicos en las competiciones que son de su nivel para que la mayoría de las veces  puedan competir frente a rivales similares y se produzcan todo tipo de resultados, así como manejar las victorias y las derrotas con la sensatez que procede, sin destacarlas más que el esfuerzo y los progresos, enseñando a los jóvenes a aceptar que ganar y perder son parte del juego. 

Eso sí, soy partidario de evitar que en el deporte infantil de equipo haya listados de máximos goleadores, anotadores, reboteadores y otras clasificaciones individuales, ya que eso perjudica el desarrollo de valores vinculados a saber estar y trabajar en equipo.  

Basta de reglas sobreprotectoras. La última que he conocido, que no sé si se llegará a implantar, es que, para evitar diferencias grandes en baloncesto, el ganador de cada cuarto sumará un punto, con lo cual el marcador más abultado solo podrá ser de 4-0. ¿A qué mente brillante se le puede ocurrir tan aberrante idea? Si seguimos por ahí, llegaremos al ridículo de inventar absurdos como el fútbol sin porterías, el baloncesto sin canastas o la natación sin agua.


Chema Buceta
20-7-2019





domingo, 26 de mayo de 2019

CUMPLIR UN TRÁMITE O AMBICIONAR UN TÍTULO

 
Motivación y Autoconfianza: combinación ganadora

Mentalmente, la temporada del Barcelona terminó tras esa estrepitosa derrota inesperada frente al Liverpool en la Champions. La herida fue tan profunda que no se ha podido curar en las semanas siguientes a la debacle. Según parece, además del palo recibido, la autoconfianza y la autoestima como equipo quedaron muy dañadas, y eso ha dificultado estimular la motivación por desafíos “menores”: la liga estaba prácticamente decidida y bastaba un mínimo esfuerzo, pero la copa exigía jugar una final frente a un rival que la ambicionaba y tenía el potencial para disputarla.
En la tertulia Al Límite de radio Marca del día de la final, se comentaron unas declaraciones recientes de Piqué sobre lo ocurrido en Liverpool, y Messi, en rueda de prensa del día anterior, pidió disculpas a la afición por no haber cumplido con la expectativa de la Champions. Sin duda, es de esa derrota, que además recordaba el trágico precedente del año anterior en Roma, de lo que más se ha hablado desde que ocurrió, y, seguramente, lo que más ha estado en la cabeza de los protagonistas. Por su trascendencia, parece lógico que así sea durante un tiempo razonable, pero dos días antes de una final lo que reflejaba es que la enorme llaga no había cicatrizado, dificultando que floreciera el suficiente interés por ganar un título, la copa, que había sido habitual en los últimos años.
Si les hubiéramos preguntado a todos los jugadores si querían ganar la copa, es evidente que habrían respondido afirmativamente, y sin duda sería una respuesta sincera, pero ¿hasta qué punto? ¿Tanto como para contrarrestar las secuelas anímicas de esa dolorosa derrota en la competición que se consideraba el objetivo principal de la temporada? Nadie puede dudar de la motivación del equipo por ganar la copa, pero ¿era suficiente? ¿Bastaba con las pilas a medio cargar, o era necesario un nuevo sobreesfuerzo para recargar toda la energía?
Al contrario, parece que, para el Valencia, el impacto psicológico de haber sido eliminado sin paliativos por el Arsenal en la semifinal de la segunda competición europea ha sido mucho más leve y, así, no ha interferido en la motivación ambiciosa por los objetivos siguientes: lograr el cuarto puesto en la liga y ganar la copa. 
Por tanto, en la final de la Copa del Rey se enfrentaron dos equipos con estados psicológicos muy diferentes. Uno, muy tocado en su autoconfianza y sin la ambición suficiente, como afrontando un trámite antes de cerrar la temporada y desconectar. Otro, con mucha ambición por ganar y la autoconfianza fuerte tras alcanzar el objetivo del cuarto puesto. En términos generales, el Barcelona es superior al Valencia, pero en sus partidos previos no había habido tanta distancia y, sobre todo, esa diferencia psicológica podía equilibrar la balanza e incluso decantarla, como así sucedió, a favor del equipo que, en teoría, no partía como favorito.
Es evidente, que las circunstancias del Barcelona y el Valencia no son las mismas. Para el primero, aun habiendo ganado la liga, quedar eliminado de la Champions, y más de la manera que sucedió, es un enorme fracaso, y ganar la copa, un título que, si bien no menosprecia, considera de carácter menor y en ningún caso compensa la pérdida europea. Para el segundo, la eliminación de la UEFA league se puede asumir con facilidad si se alcanza el objetivo principal de, gracias al cuarto puesto, conseguir plaza en la siguiente Champions. Y ganar la copa, el gran éxito de un equipo que, aun siendo de los mejores, no suele ganar títulos. Por tanto, lo que para el Barcelona es un gran fracaso, para el Valencia es una decepción asumible, y lo que para este es un éxito (cuarto puesto en la liga) para aquel sería otro fracaso monumental. Y ganar la copa, si bien para ambos sería un éxito, lo es mucho más para el Valencia. Tras esta final, el entrenador del Valencia ha calificado la temporada de su equipo con una (¿exagerada?) “matrícula de honor” por quedar eliminado en semifinales de UEFA league, cuarto en liga y campeón de copa. Si el bagaje del Barcelona hubiera sido este, la calificación habría sido de suspenso rotundo, provocando una crisis con consecuencias mayores. Una gran diferencia ¿verdad?  
Lo expuesto explica, en principio, el estado psicológico en el que ambos equipos han afrontado este partido. Pero, además, hay otro factor. ¿Cómo ha manejado cada equipo ese estado psicológico? Para el Valencia era más fácil, porque tenía objetivos ambiciosos por los que luchar, y además, venía de haber superado momentos difíciles a lo largo de la temporada que seguramente habrán fortalecido su autoconfianza colectiva. Para el Barcelona era más difícil, pero ¿se ha hecho algo para, al menos, aliviar esa situación adversa y afrontar el partido en condiciones más favorables? Está claro que el día anterior a una final no es el momento para que el mejor jugador del equipo pida disculpas a la afición por algo sucedido unas semanas antes, sino de centrarse sólo en ese partido para tener más opciones de ganarlo. No es el momento de mirar atrás y lamentarse o disculparse por lo que no se puede cambiar, sino de intentar sacarse la espina con un nuevo título, aunque se considere de menor importancia. Pero...
De nuevo aquí, se echa en falta al psicólogo del deporte que piense en medidas que, aun siendo difícil, puedan ayudar a cambiar el chip mental. Es una de las principales funciones de un psicólogo en el deporte de élite: saber cuando es el momento de analizar en profundidad y cuando, sin embargo, ese análisis se debe aplazar en beneficio de centrarse en los objetivos inmediatos; saber cómo estimular la motivación y potenciar la autoconfianza cuando se recibe un palo y hay que reaccionar en poco tiempo; saber cómo asesorar a los entrenadores y los jugadores para poder llegar al siguiente desafío en las mejores condiciones psicológicas.
Obviamente, lo psicológico no es el único factor que influye en el desarrollo y desenlace de un partido, y por supuesto, habrá otras razones de peso que puedan explicar lo sucedido en esta final de copa, pero es muy posible que la diferencia en el aparente estado mental de ambos equipos haya contribuido significativamente a lo que hemos visto.
Chema Buceta
26-5-2019
@chemabuceta

miércoles, 8 de mayo de 2019

¿MALA ACTITUD, O BLOQUEO MENTAL?

                                            Un año después, ha vuelto a pasar



La inesperada derrota abultadísima del Barcelona frente al Liverpool (4-0) le ha dejado fuera de la Champions a pesar de la amplia ventaja que traía del partido de ida (3-0), y eso ha desatado multitud de comentarios críticos y explicaciones contundentes de quienes opinan con facilidad de todo y enseguida encuentran la clave y los culpables. Entre las diversas críticas, algunos han apelado a la “falta de actitud” de los jugadores. ¿Falta de actitud en una semifinal de la Champions, un equipo que aspira a ganarla y ha demostrado ese deseo durante toda la temporada? No parece muy probable. Entonces, ¿cómo se explican esos errores de (supuestas) "falta de concentración" y "ausencia de echarle... energía"?

Con frecuencia se identifica una aparente pasividad y falta de concentración (colocarse a destiempo, reaccionar tarde, no llegar a los balones divididos antes que los contarios, perder el balón por no darse cuenta del peligro, etc.) con la falta de motivación o de actitud. Es un error grave. Es cierto que estas carencias conllevan un nivel de activación más bajo del que sería óptimo para rendir al máximo, y que esta activación baja se manifiesta con cierta pasividad y despistes, pero estos también pueden ser la consecuencia de un exceso de ansiedad. 

Al contrario que la falta de motivación o actitud, la ansiedad provoca un aumento del nivel de activación, pudiendo situarlo por encima (no por debajo) del nivel óptimo que favorece el mejor rendimiento. Cuando esto ocurre, se poduce un estrechamiento de la atención (el jugador está como dentro de un túnel) que dificulta detectar los riesgos, reaccionar a tiempo y tomar decisiones acertadas. Aunque pueda parecerlo, no es por falta de concentración, sino por una capacidad atencional menor como consecuencia del exceso de activación. 

Además, el exceso de activación provoca un agarrotamiento muscular que perjudica la precisión;  y, asimismo, propicia bien un exceso de movilización de energía que se refleja en acciones impulsivas inapropiadas (faltas que no vienen al caso, querer solucionarlo todo de cualquier manera, exceso de individualismo…), bien una cierta parálisis que puede confundirse con pasividad, pero que en realidad no lo es. Es difícil acertar al cien por cien estando fuera del equipo, pero considerando la trascendencia del partido, lo que vimos allí parece relacionarse más con el exceso de ansiedad que con la falta de actitud. Más con el agobio, el bloqueo mental, el agarrotamiento y la parálisis que provocan el miedo a perder que con la falta de suficiente interés y concentración.

Se ha recordado también un fracaso similar del año anterior, cuando tras ganar a la Roma en casa (4-1), el Barcelona perdió en la vuelta (3-0) y también quedó eliminado. Casi todos los protagonistas fueron los mismos y, con pequeños matices diferentes, la situación fue muy parecida y el desenlace, idéntico. Este antecedente debería haber servido al Barcelona para que esta vez, aprendida la lección, no le sucediera lo mismo, y probablemente, es algo que habrán tenido presente en la preparación del partido, pero... ¿Cómo? ¿Con qué efecto?

En estos casos, cuando el recuerdo se limita a destacar el batacazo sufrido, si en el partido presente las cosas se complican, como sucedió en Liverpool, lo más probable es que se active el miedo a que suceda lo mismo (es decir, que aumenten la ansiedad y los síntomas de parálisis). Sin embargo, el fracaso anterior puede resultar positivo si de verdad se analiza con rigor lo sucedido y se sacan conclusiones constructivas que, en lugar del miedo, activen su “antídoto”: la autoconfianza. La cuestión es si, en su momento (la temporada pasada tras el fracaso de Roma), se llevó a cabo dicho análisis dedicándole el tiempo y la profundidad que merecía una situación tan relevante (¿Qué hemos hecho bien y deberíamos volver a hacer si se presenta esta situación en el futuro? ¿Qué hemos hecho mal y deberíamos cambiar?). 

No me refiero a un análisis de los directivos para evaluar posibles fichajes, también necesario, sino al que deben realizar los técnicos y los jugadores, sobre lo sucedido en el terreno de juego. Es bastante probable, ya que suele suceder, que una vez aliviado el grave disgusto, en lugar de hacer ese análisis, técnicos y jugadores cambiaran con rapidez el “chip” para centrarse en los siguientes partidos, desaprovechando ese fracaso para poner las bases de un futuro éxito cuando las condiciones, como sucedió ahora, fuesen similares. Tal vez, aquello se tomó como una desgracia que no volvería a suceder, y se pasó página demasiado pronto. Suele ocurrir: un mal día, un mal partido, fútbol es fútbol… Ahí acaba todo.

Evidentemente, el análisis constructivo de lo sucedido la temporada anterior habría facilitado mucho la preparación mental para el partido de este año. ¿Cómo se ha preparado este partido? Es bastante probable que se haya recordado lo que sucedió en Roma para alertar a los jugadores y que no se confiaran. Eso está bien. También lo está, por ejemplo, que Valverde (el entrenador) diera descanso a la gran mayoría de los jugadores titulares en el partido de liga anterior al de Liverpool, dando así una señal inequívoca de que no había que confiarse y era necesaria la mejor artillería. Si el partido hubiera ido razonablemente bien, tal y como se esperaba, quizá habría bastado, pero al no ser así porque el rival también juega, lo más probable es que ese estado de alerta, en principio positivo, se convirtiera en miedo con las consecuencias señaladas.

La preparación psicológica de un partido como este requiere no sólo alertar, sino, además, anticipar los problemas que pueden plantear el adversario y el devenir del partido, así como concretar acciones para evitar o contrarrestar tales problemas. ¿Qué puede pasar si nos meten un gol muy pronto? ¿Cómo nos puede afectar? ¿Qué tenemos que hacer si eso ocurre? ¿Qué puede pasar si nos marcan un segundo gol y nos meten el miedo en el cuerpo? ¿Qué hicimos (o no hicimos) en Roma que ahora, si eso ocurriera, deberíamos cambiar? ¿Qué estrategia utilizaremos si eso sucede? Sin duda es más cómodo no pensar en los posibles problemas y refugiarse en querer creer que todo irá bien si uno no se confía, pero es más conveniente pasar por la incomodidad de anticipar lo malo que podría ocurrir y su posible remedio, que agobiarse, agarrotarse, bloquearse y cometer errores graves cuando las dificultades no previstas se presentan.

De nuevo aquí, se echa en falta la presencia de un psicólogo deportivo que colabore estrechamente con el entrenador (que yo sepa, el Barcelona no lo tiene; y si estoy equivocado, pido disculpas). Uno de los cometidos del psicólogo es detectar y estudiar las circunstancias de cada situación que, reduciendo o aumentando su nivel de activación, pueden afectar al funcionamiento mental de los jugadores; y, en base a esto, su función es asesorar al entrenador para que ponga en marcha las medidas apropiadas (mensajes, videos, decisiones…) que puedan influir favorablemente en el estado psicológico del equipo. La presencia del psicólogo no garantiza el resultado final, como tampoco lo garantizan el entrenador, los restantes miembros del staff o los propios jugadores (entre otras cosas, porque el adversario también juega), pero aumenta la probabilidad de controlar factores que, a veces con mucho peso, pueden influir en ese resultado final.

En el Liverpool parece que predominó la motivación excepcional del que, tras el primer partido, tenía mucho que ganar y poco que perder y, alentado por la pasión de su público, se lo jugó todo a una carta valiente. En estos casos, el peligro suele ser que esa motivación elevada provoca una activación muy alta, y esta favorece un estado de aceleración e impulsividad que finalmente conduce a cometer muchos errores. Sin embargo, en esta ocasión, el equipo supo arriesgar sin suicidarse, predominando siempre una motivación alta pero controlada, seguramente gracias a una preparación que alimentó esa motivación no sólo desde el deseo, sino también anticipando problemas y potenciando la autoconfianza. Por el contrario, lo que parece que predominó en el Barcelona fue el temor a perder, a repetir el fracaso del año anterior. El contraste fue brutal; y el marcador final, consecuente. ¡Otra vez lo mismo! ¿Se puede aprender?


Chema Buceta
8-5-2019

@chemabuceta

  
  

miércoles, 3 de abril de 2019

PSICÓLOGOS EN EL DEPORTE: ¿LUJO, O NECESIDAD?

                                         ¿De verdad importa la salud de los deportistas?


En la gala de la Federación Española de Remo que tuvo lugar hace unos días, la deportista de 26 años, Anna Boada, medalla de bronce en el campeonato del mundo celebrado el pasado mes de septiembre, sexta en los Juegos Olímpicos de Rio de Janeiro y, por tanto, aspirante a medalla olímpica en la próxima cita de Tokio 2020, anunció su retirada como consecuencia de una depresión que no ha podido superar.

En ese acto, Anna, licenciada en Medicina, tuvo la valentía de leer un escrito que no tiene desperdicio. Habló de la enorme presión a la que están expuestos los deportistas, la incomprensión de la enfermedad mental, la falta de fuerzas para seguir luchando y la ausencia de apoyo adecuado; y exhortó a que los deportistas reciban ayuda para gestionar las emociones, tengan apoyo durante las crisis y también como prevención. En otras declaraciones que he podido leer, la exitosa remera ha dicho que desde mayo de 2018 sufría ataques de ansiedad, pero que encontró la forma de seguir tirando hasta los mundiales gracias a la ayuda psicológica que recibió por parte de sus entrenadores. Sin embargo, tras el éxito en el mundial, ya no pudo más y dejó de asistir a las concentraciones. Se esperaba que tras un periodo de alejamiento se reincorporaría a los entrenamientos, pero esta vez no pudo ser.

La depresión es una enfermedad muy seria que no hay que confundir con estar deprimido como estado de ánimo. Podemos deprimirnos (desanimarnos) por algo que nos sale mal, recibir una noticia adversa o tener un día aciago, pero ese es un estado de ánimo pasajero que, normalmente, con el tiempo se supera. En el deporte, los malos resultados, las lesiones o que las cosas no vayan como nos gustaría, sobre todo cuando percibimos que no está en nuestra mano cambiarlas, pueden provocar estados de ánimo depresivos, pero la enfermedad de la depresión es otra cosa.

La enfermedad de la depresión incluye un estado depresivo, de tristeza, casi todo el tiempo, pero además suelen estar presentes una pérdida de interés, disfrute o placer respecto a las actividades habituales o posibles proyectos, fatiga constante, pérdida de energía, abatimiento, sentimientos de indefensión y culpabilidad, dificultad para pensar y concentrarse, baja autoestima, cambios significativos de peso sin una explicación dietética, agitación o retraso psicomotor, insomnio,  y, en los casos más graves, pérdida de interés por la vida e ideas suicidas. El suicidio suele ser el desenlace de algunas depresiones graves. Asimismo, la depresión puede ir acompañada, o no, de estados de ansiedad más o menos frecuentes e intensos. Para diagnosticar una depresión como enfermedad no es necesario que coincidan todos estos síntomas, pero sí varios de ellos, y además es relevante que no se deban a las drogas o a otras enfermedades y, sobre todo, que provoquen un deterioro significativo del funcionamiento habitual.

Las causas de la depresión pueden ser varias. La que mejor explica las depresiones sin una base biológica o genética, como son las que suelen sufrir los deportistas, es la falta de control sobre las cosas que nos importan mucho, la enorme frustración que nos provoca percibir que no podemos hacer nada, sentirnos impotentes ante las demandas de los demás y las propias, concluir que somos incapaces de pilotar nuestra vida en la dirección que nos gustaría. La presencia de estos elementos no deriva necesariamente en una depresión, pero las papeletas son muchas. Un factor de riesgo es el intenso estrés psicosocial que conlleva la exigencia casi permanente de competir y rendir a un nivel muy elevado y responder a expectativas muy altas de los demás y de uno mismo; muy presente en el deporte de élite y otros ámbitos de alto rendimiento.

La mayoría de los deportistas no sufre una depresión como enfermedad, pero se trata de una población muy vulnerable, y, de hecho, siendo una minoría quienes la padecen, son más de los que públicamente se conocen. Se observa en bastantes casos de deportistas jóvenes de éxito temprano cuando llega el momento en que los resultados son peores que antaño y se ven incapaces de responder a las expectativas que ellos y sus allegados tenían. Se sienten fracasados, minimizados y culpables, y siendo más que muy probable que en su trayectoria hayan relacionado el éxito deportivo al valor que se dan como personas, ese sentimiento es horrible. Algunos sufren una ansiedad intensa hasta que deciden retirarse, se dan un tiempo de recuperación y encuentran refugio en una actividad más cómoda; pero no son pocos los que, retirándose o no, sufren una depresión que los aparta no sólo del alto rendimiento, sino, también, de una vida mínimamente normal y feliz, lo que les exige someterse al tratamiento adecuado.

En el caso de deportistas de élite adultos, si bien la depresión puede estar asociada al fracaso deportivo y la indefensión, culpabilidad y baja autoestima que este puede conllevar, no es una patología infrecuente en los que tiene mucho éxito. He conocido a campeones y medallistas olímpicos y otros deportistas exitosos que tras sus grandes hazañas han desarrollado esta enfermedad. Por desgracia, más de uno ha llegado a suicidarse o ha intentado hacerlo. Puede parecer paradójico, pero tiene su explicación.  

A veces, es la consecuencia del vacío que se produce tras alcanzar un gran éxito, lo que se ha denominado como “depresión del éxito”. Su vida ha tenido un gran propósito al que han dedicado grandes dosis de atención, tiempo, esfuerzo, sacrificio, etc. y ahora, se han quedado sin ese gigantesco desafío. Se sienten vacíos, sin objetivos interesantes, y perciben que su vida carece de sentido.  Le puede suceder a deportistas en activo que perciben haber logrado todo a lo que podían aspirar, y a deportistas de éxito cuando se retiran; para estos últimos, el vacío que la ausencia del deporte ha dejado en sus vidas puede derivar en una depresión que, hemos conocido casos, puede acabar en una tragedia.

Otras veces, lo más habitual cuando se sigue en activo, la depresión aparece cuando los deportistas exitosos sienten la obligación ineludible de tener éxito en las competiciones futuras porque así se lo exigen las expectativas de su entorno y las que ellos mismos se plantean. Esta altísima exigencia requiere nuevos sobreesfuerzos físicos y psicológicos que habrá que añadir al posible agotamiento por los prolongados sobreesfuerzos previos. Es decir, los deportistas llevan mucho tiempo soportando el elevado estrés de los entrenamientos, las competiciones y un estilo de vida que prioriza el sacrificio y la disciplina, y en muchos casos, están agotados: les quedan pocas fuerzas. Ya no pueden soportar más presión, pero el éxito alcanzado les obliga a sobreesforzarse todavía más.  En esas condiciones, consciente o inconscientemente, no se ven capaces de responder a esa obligación con todo lo que conlleva, y esa es una amenaza muy estresante que provoca una presión enorme y los hunde psicológicamente. La depresión está ahí. Y el ambiente optimista que habitualmente los rodea, en lugar de ayudar, los perjudica. A mayor optimismo y muestras de confianza en su futuro éxito, más se estresan y más probable es que se depriman. A eso se añade la incomprensión de la enfermedad. ¿Cómo puede estar deprimido alguien que tiene tanto éxito, qué es de los mejores del mundo, qué ha llegado dónde otros muchos sueñan, pero jamás estarán? Lo que la mayoría no sabe es que, precisamente, ese éxito puede ser el desencadenante de una depresión que, como en este caso, acabe con una carrera deportiva en su mejor momento.

No conozco los detalles del sufrimiento y las circunstancias de Anna Boada y, por tanto, puedo estar equivocado, pero no me extrañaría que en un deporte que, a diferencia de su “primo hermano”, el piragüismo, lleva mucho tiempo sin obtener triunfos internacionales relevantes, sus grandes éxitos hayan propiciado una expectativa altísima respecto a éxitos sucesivos, avivando una presión devastadora que ha derivado en depresión y acabado con ella como deportista de élite. Tras los Juegos, aguantó hasta el mundial, y el resultado deportivo fue muy bueno, pero a costa de un sobreesfuerzo psicológico que la ha desgastado aún más. Además, seguramente, ese excelente resultado habrá acentuado la “obligación” de conseguir la medalla en los Juegos de Tokio, tal y como se desprende de los comentarios de estos días considerándola favorita, y eso también habrá contribuido mucho al estrés que no ha podido soportar.

Los deportistas de élite están expuestos a una presión muy alta, y precisamente por eso, tal y como señala Anna, es fundamental que dispongan de la ayuda psicológica adecuada. Ella lamenta no haber tenido a su alcance este recurso, y si bien señala que recibió ayuda psicológica de sus entrenadores, es evidente que esta no ha sido suficiente. Lógico. Los entrenadores pueden aplicar la Psicología para enriquecer su trabajo y optimizar, así, el rendimiento de sus deportistas, pero por muchos conocimientos que tengan y mucha buena voluntad que pongan, no están preparados para manejar una enfermedad mental, ni es su función. Ocurre con la Medicina. El buen hacer de los entrenadores puede prevenir lesiones, pero en ningún caso pueden operar a un deportista de su menisco roto. El entrenador tiene su papel, también en lo psicológico, y el psicólogo el suyo, y ambos son complementarios. El triste caso de esta deportista, al igual que otros muchos, es una muestra más de que el psicólogo debe tener su lugar. ¿Lujo, o necesidad?

En su larga trayectoria hasta la élite mundial, ¿cuánto tiempo, esfuerzo y sacrificio habrán invertido Anna Boada, su compañera Aina Cid, sus entrenadores y todos los que hayan colaborado en un proyecto tan ambicioso? Y ¿cuánto dinero habrá costado todo ese esfuerzo? Es incalculable la generosidad en dedicación y esfuerzo de todos los implicados, y el montante económico, sin duda, ha sido muy alto.  Sin embargo, parece que no había lugar para un psicólogo que podría haber evitado que toda esa inversión se haya ido al garete. ¿Es un lujo que no se han podido permitir, o demuestra la ignorancia o irresponsabilidad de unos directivos que no han puesto los medios para atender esta necesidad?

Hoy en día, el psicólogo es una figura ampliamente aceptada en el deporte, y como demuestran numerosos ejemplos, muchos de ellos de deportistas muy exitosos, su contribución aporta mucho y así se valora. Por tanto, someter a deportistas de élite a la altísima exigencia que les corresponde sin el apoyo de un psicólogo que vele por su salud mental ya no es cuestión de ignorancia, sino de una gran irresponsabilidad. Ahora, tras lo sucedido a Anna, y quizá en parte porque ha trascendido a la opinión pública, ha habido directivos de las instituciones deportivas (federación, Comité Olímpico, ¿Consejo Superior de deportes?) que le han brindado todo su apoyo. ¿Por qué no lo han hecho antes? ¿Por qué no han valorado previamente la importancia de su salud mental? ¿Por qué no han respetado su dedicación y esfuerzo, su entrega como persona y como deportista, dotándola del apoyo psicológico que tanta falta le ha hecho? ¿Un lujo?

El psicólogo del deporte no es un terapeuta y, por tanto, no está preparado para tratar una depresión, pero sí lo está para prevenirla y, si fuera el caso, derivar al deportista a un psicólogo especialista antes de que el problema sea grave (al igual que el médico deportivo deriva a un colega especialista en función de las necesidades del deportista enfermo o lesionado). La función del psicólogo del deporte, además de contribuir a optimizar el rendimiento deportivo, es velar por la salud de los deportistas. Con este propósito, puede detectar situaciones de riesgo y asesorar sobre la mejor forma de aliviarlas o compensarlas, puede ayudar a los deportistas, como apunta Anna, a gestionar sus emociones extremas, y puede intervenir en los momentos más críticos. Su contribución debe servir para que los deportistas estén sanos mentalmente y, así, puedan afrontar mejor los desafíos deportivos. ¿Un lujo?

En definitiva, el psicólogo es un especialista que se ocupa de la salud y el rendimiento de los deportistas. Por tanto, considerando el elevado riesgo para la salud mental que, por su alto nivel de exigencia, conlleva el deporte de élite, la presencia de un psicólogo es fundamental. También en el deporte de base, pues ahí también existe un riesgo y la colaboración del psicólogo puede ser muy provechosa, pero en la élite es algo incuestionable. 

En su impactante discurso, Anna transmitió su deseo de que en el futuro (esperemos que inmediato) otros deportistas puedan disponer de esa ayuda especializada que ella no ha tenido. ¿Servirá lo sucedido para tomar medidas antes de que ocurran otros casos? ¿Es un lujo velar por la salud de los deportistas, o una obligación que las instituciones deportivas deben asumir? ¿El psicólogo es un lujo, o una necesidad? 


Postdata: Le deseo lo mejor a Anna Boada. Se ha quitado de encima la pesada losa que llevaba a cuestas, pero ahora se enfrenta a una recuperación que llevará su tiempo. La retirada, por un lado, puede producirle alivio; pero por otro, puede acentuar la sensación de fracaso y debilitar su autoestima. El tratamiento psicológico apropiado debe ayudarla a superar esta enfermedad. Probablemente, no volverá a competir al alto nivel que estaba acostumbrada (seguramente, no lo pretenda), pero la vida le planteará otros retos para los que deberá estar preparada; el más importante: estar bien consigo misma. 

Chema Buceta
3-4-2019

@chemabuceta


miércoles, 6 de marzo de 2019

VENDER LA PIEL DEL OSO...

                                           ¿Eliminatoria decidida en el partido de ida?



 En menos de una semana, el Real Madrid ha sido eliminado de la Copa del Rey, (prácticamente) se ha despedido de la liga y ha caído en la Champions, sufriendo la humillación de tres derrotas consecutivas en su propio estadio, con un gol a favor y ocho en contra. No voy a analizar los motivos futbolísticos de estos malos resultados, pues para eso están los especialistas, aunque es interesante observar cómo los elogios de hace sólo tres semanas, tras empatar en Barcelona y ganar a domicilio al Atleti y al Ajax, se han convertido ahora en disparos a diestro y siniestro. 

Sin duda, las derrotas contra el Barcelona han sido muy dolorosas por su inapelable contundencia y la constatación de los tumbos que el Madrid ha ido dando, ya desde la “planificación” de la temporada, tanto en el campo como en los despachos. Pero quedaba la Champions, y se quería creer que lo sucedido el año pasado se podría repetir (muy mala temporada en España, pero se gana la Champions), salvándose así los muebles. Por eso, ese 1-4 contra el Ajax ha sido especialmente sangrante.

Centrándome sólo en lo psicológico, hay varios factores que, en cierta medida, han podido contribuir a que el Madrid haya quedado eliminado tras haber ganado allí por 1-2. El primero es este resultado tan favorable, pues hacía presagiar que el partido de vuelta sería “fácil”. En esa misma dirección apuntó la autoexclusión de Sergio Ramos con esa tarjeta amarilla provocada. Todo el mundo sabe que esto se suele hacer en el partido anterior a otro de trascendencia menor en el que la participación del sancionado no se considera necesaria, por lo que el mensaje del capitán estaba claro. 

El mayor impacto del liderazgo no está en las arengas a los compañeros o las declaraciones públicas que apelan a la tradición, el orgullo, echarle huevos o cualquier otro tópico de “ganador” que los aficionados quieren oír, sino en las acciones de quienes lideran, ya que son estas las que infuyen decisivamente en las actitudes y comportamientos de los liderados. En este caso, el capitán vende el oso antes de cazarlo, y por eso se permite ausentarse del partido de vuelta como si fuera simplemente un trámite.

Paralelamente, parece muy probable que la autoconfianza colectiva se hubiera debilitado tras los malos resultados frente al Barcelona. Ya en el segundo partido (el de liga), sin entrar en lo futbolístico, el ímpetu del equipo no fue el mismo. La sensación que dio fue de cierta aceptación de la situación, de saberse impotente a pesar de tener que superar un solo gol. En parte es lógico tras el varapalo y la eliminación de la copa en un partido en el que, jugando mejor, fue incapaz de hacer valer la ventaja que traía del partido de ida. La autoconfianza colectiva es un elemento psicológico de gran trascendencia para contrarrestar el estrés (la ansiedad) que conlleva un partido importante y favorecer el máximo rendimiento. En su ausencia, se cometen más errores, se cree menos en que el desafío es posible, predominan más la impulsividad y el esfuerzo individual por encima de lo colectivo y hasta es más probable que se produzcan lesiones (¿casualidad las dos lesiones en la primera parte frente al Ajax?).

Otro factor a tener en cuenta es la ausencia de jugadores carismáticos en los papeles principales del equipo. No entro en si futbolísticamente es lo apropiado, pero para la cohesión de equipo no suele ser una buena medida. Evidentemente, esto no quiere decir que haya que poner a las vacas sagradas, hagan lo que hagan, en detrimento de compañeros que están mejor, pero es importante que los jugadores que más pueden sumar o restar se sientan muy involucrados, de forma que tiren del equipo y no al contrario; y si en un mes con tantos partidos trascendentes hay varios pesos pesados que apenas cuentan, mal asunto.   

En estas circunstancias, los partidos “trampa” (es decir, aparentemente más “fáciles”), como este contra el Ajax, son más peligroso aún, ya que, de manera más o menos consciente, se perciben como un pequeño respiro y, al mismo tiempo, una buena oportunidad para, casi con seguridad, sin necesidad de hacer un buen partido, borrar derrotas dolorosas y continuar vivos. El problema llega cuando las cosas no salen como preveía un guion que auguraba un partido de guante blanco. Evidentemente, había que jugar, pero no se esperaba que un equipo que ni siquiera lidera una liga menor, al que se había ganado en su casa y que necesitaba por lo menos dos goles, pudiera darle la vuelta a la eliminatoria. De hecho, el capitán se había autoexcluido pensando ya en el siguiente rival. 

Los dos goles del Ajax en los primeros 20 minutos, estropearon ese partido que se intuía cómodo. Entonces, la amenaza de un nuevo fracaso, la fragilidad de una autoconfianza colectiva débil y la falta de jugadores con peso que tirasen con eficacia del carro favorecieron que la ansiedad tomase las riendas, reflejándose en la precipitación, el desorden, la ausencia de criterio, la falta de puntería y, probablemente también, en cierta medida, las lesiones de dos jugadores que abandonaron el campo en la primera parte.  

Jorge Valdano denunció algunos de estos síntomas desde su posición de comentarista. Tras los goles del Ajax, subrayó repetidamente que el Madrid tenía que poner pausa en su juego, en vez de querer resolver el partido impetuosamente. Con acierto señaló que el equipo perseguía el gol en lugar de centrarse en jugar bien para, a partir de ahí, sumar en el marcador. Puede parecer paradójico, pero tiene mucho sentido. Sobre todo en momentos de mayor estrés y dificultad, para conseguir un determinado objetivo (en este caso, marcar goles), el camino no es obsesionarse con el objetivo en sí, sino centrar la atención en lo que hay que hacer para que ese objetivo sea más probable. Como es lógico, cuando queda poco tiempo, la estrategia será diferente a la que más conviene en la primera parte, pero en cualquier caso, se trata de controlar la situación mediante un esfuerzo colectivo inteligente, en lugar de actuar impulsivamente o yendo por libre.  

Se está destacando que, en este partido, se echó en falta a Sergio Ramos, tanto en lo futbolístico como en su capacidad de liderazgo. Seguramente, fue así. Pero el partido se juega desde mucho antes de los 90 minutos, y lo que parece que sí caló en las semanas y los días previos fue su inconfundible mensaje: No hace falta que yo juegue; podemos vender, ya, la piel del oso.


Chema Buceta
6-3-2019

@chemabuceta