martes, 11 de septiembre de 2018

YO SOY UNA ESTRELLA, Y TÚ, UN LADRÓN

"Hasta los más grandes necesitan controlar sus emociones"


La final femenina del Open de los Estados Unidos, uno de los cuatro grandes torneos que conforman el Grand Slam, fue la puesta de largo de una prometedora jugadora japonesa de 20 años, Naomi Osaka, quien, partiendo de la posición 20 en el ranking mundial, culminó un torneo fantástico derrotando a la legendaria Serena Williams. Una estupenda noticia que, sin embargo, lamentablemente, quedó eclipsada por el escandaloso espectáculo que ofreció Serena enfrentándose al árbitro del partido.

En el primer set, la superioridad de Osaka fue incuestionable (6-2), algo que, más por la sensación que por el propio resultado, dejó entrever que la esperada victoria de Serena estaba más lejos que cerca. En ese clima de adversidad, al inicio del segundo set, el árbitro (juez de silla) penalizó a Serena con un warning (una “advertencia”, similar a la tarjeta amarilla en fútbol) cuando detectó que su entrenador, desde la grada, le estaba dando instrucciones (“coaching”), algo que, en los torneos del Grand Slam, está completamente prohibido. Esta norma puede parecer obsoleta, pero el caso es que, si bien muchos entrenadores se comunican de forma discreta y algunos árbitros se hacen los locos, el “coaching” no está permitido durante los partidos, y la sanción aplicada, de acuerdo con el reglamento, es correcta.

El warning provocó que la archicampeona, visiblemente enfadada, se dirigiera al árbitro con muy malos modos, diciéndole que lo del coaching “era mentira” y que ella “no hacía trampas”; algo que, más tarde, desmentiría su entrenador, reconociendo que, efectivamente, existió ese “coaching”; si bien lo justificó “porque lo hace todo el mundo”. Avanzó el set, y, tras perder un juego que podría ser determinante, la frustración de Serena provocó que se ensañara con su raqueta, golpeándola contra el suelo hasta dejarla hecha unos zorros, y eso mereció otro warning que, siendo el segundo, tal y como indica el reglamento, supuso la pérdida de un punto. Cuando Serena se dio cuenta, volvió a increpar al árbitro, ahora con más fuerza, diciéndole que “era un ladrón que la había robado y que nunca volvería a arbitrarla”. Esta vez, por abuso verbal, volvió a ser sancionada, lo que, al ser la tercera advertencia, le supuso la pérdida de un juego. 3-5 para Osaka y el partido prácticamente decidido. En la rueda de prensa, la tenista justificó su comportamiento acudiendo a un tópico de moda: que el comportamiento del árbitro, sancionándola por llamarle ladrón, había sido sexista, ya que, según ella, a ningún hombre se le había sancionado así por insultar a los árbitros. (Sin comentarios).

Esto último ha desviado la atención de algunos del hecho fundamental. Serena ofreció un lamentable espectáculo indigno de una gran campeona, con el mal ejemplo que eso supone para tantas deportistas jóvenes que la admiran y querrían imitarla, y la decepción de miles de seguidores que la tenían en un pedestal. Los grandes campeones tienen que ser humildes, y no aprovechar su fama para ensañarse con un árbitro. Además, fue una falta de respeto a una compañera/adversaria que, deportiva y merecidamente, la venció en la cancha y merecía el protagonismo del día.

El caso es que lo que se intuía que sería un magnífico día para engrandecer la leyenda de Serena, se convirtió en lo contrario. ¿La causa? Es evidente que no supo controlar sus emociones; que, pese a ser una gran campeona que se ha enfrentado a innumerables retos del más alto nivel, es muy probable que, en esta ocasión, sin la superioridad de antaño, le haya podido la presión de tener que responder a lo que se esperaba de ella; que la frustración al verse superada por la jovencita que tenía delante le haya jugado esta mala pasada. Con esto se demuestra que también los más grandes son humanos y no maquinas de un videojuego, y que, por tanto, el ajuste de sus expectativas previas y el control de sus emociones son dos factores determinantes de su rendimiento. Quizá no sea casualidad que, dos meses antes, cuando también se esperaba que ganara la final de Wimbledon, Serena fuera inapelablemente derrotada en dos sets tras haber hecho un estupendo torneo. Entonces, no montó el número de ahora, pero es bastante probable que la exigente obligación de ganar y la falta de control de sus emociones hayan podido explicar, al menos en parte, ese resultado adverso. ¿Se ha repetido la historia?

Tras la decepción de Wimbledon, pronto enterrada, seguramente nadie pensó que en el US Open podría suceder lo mismo, y la buena trayectoria en los partidos que antecedieron a la final hizo presagiar que había llegado el esperado momento en que Serena Williams, tras haber regresado a las canchas después de ser madre, conseguiría su 24 Grand Slam, igualando el histórico record de la legendaria Margaret Court. Era lo que casi todos ansiaban: patrocinadores, espectadores locales, muchos medios de comunicación e, incluso, seguramente, los organizadores del torneo y las instituciones del tenis en general, además de los aduladores que nunca faltan. También, los aficionados que, al igual que sucede con Federer, aprecian una carrera excepcional y desean que, para seguir disfrutando de sus gestas, El Cid nunca muera.

Con una trayectoria profesional impecable, Serena Williams es una de las/los grandes de este deporte de todos los tiempos, y muchos querían contar, y más de uno aprovechar, la emocionante historia de una gran campeona que interrumpe su carrera para ser madre y, con 36 años, regresa para recuperar el trono. Todo estaba servido para venerar a la gran campeona y vender su ejemplo de superación, conciliación familiar, excelencia, mentalidad ganadora, etc., pero la realidad parece haber sido que, siendo todavía una de las mejores del circuito, ya no reina sobre ese elevado pedestal, reservado a los casi dioses, desde el que veía muy pequeñas a sus resignadas adversarias; y, desde luego, Naomi Osaka no estaba allí para postrarse de rodillas y agachar la cabeza. Serena ha vuelto, y es una gran noticia, pero ese afán por estirar su leyenda conduce a ignorar la realidad y fomentar una fantasía en la que, probablemente, ella misma ha querido creer.

La desafortunada reacción emocional de Serena (enfado, rabia, comportamiento agresivo...) parece una consecuencia clara de su falta de confianza, su impotencia y su frustración en la situación adversa de verse superada en un partido que, en base a las expectativas que se habían creado, “tenía la obligación de ganar”. Si a eso se une la falta de habilidades psicológicas (o incapacidad para usarlas) para controlar esa reacción emocional, lo sucedido encuentra una explicación. Seguramente, estas habilidades no le hayan hecho mucha falta en su pasado de “ser superior”, pero ahora que es “mortal” como las demás, sería recomendable que las añadiera a sus portentosos golpes. El reto puede estar en ser capaz de mantener su ambición por seguir estando en lo más alto, pero sin obsesionarse con ganar el 24 Grand Slam, aceptando sus limitaciones, centrándose en lo que dependa de ella y desarrollando recursos para controlar sus emociones cuando estas se presenten. Así, tendrá más opción de ganar y, sobre todo, no volverá a ofrecer un bochornoso espectáculo del que, seguramente, ya estará arrepentida.

Posdata:  Si se confirma lo que leí el otro día, es lamentable que la organización del US Open no le haya dado al árbitro del partido el trofeo conmemorativo que habitualmente se entrega a quien arbitra la final. ¿Se le penaliza por haber aplicado el reglamento? ¿Por no haber tolerado la mala educación y el mal ejemplo de una gran estrella? ¿Se cumplirá la amenaza de Serena, según la cual ese árbitro no la volverá a arbitrar? La organización ha impuesto a la tenista una multa de 17.000 dólares que, al lado del premio de más de un millón por ser finalista, es menos que el chocolate del loro. Y al mismo tiempo, en cierto modo, le habría dado la razón penalizando al árbitro. Otra bajada de pantalones la ha protagonizado la WTA (federación de tenis femenino) apoyando a la gran estrella por su absurda denuncia del “sexismo”, pero ignorando su intolerable comportamiento, como si este no hubiera existido o fuera algo anecdótico.

Proteger así a los grandes deportistas, ignorando sus meteduras de pata y haciéndoles la pelota, no los beneficia en nada y perjudica a la honestidad del deporte. Si queremos que este siga siendo una fuente de valores y ejemplo para los jóvenes, se deben reconocer los errores y aprender de ellos. Sería estupendo que Serena, en lugar de buscar excusas para justificar lo injustificable, dijera que se ha equivocado, pidiera perdón y pusiera los medios para que no volviera a suceder. La haría más humana y mucho más grande, más digna de admiración, más trascendente que si volviera a ganar un Grand Slam.

Chema Buceta
11-9-2018

@chemabuceta

miércoles, 29 de agosto de 2018

SI PIERDO, LA ARMO Y ME DISPARO DESPUÉS

"la competición es una herramienta que hay que saber manejar"


La semana pasada, en Jacksonville (Florida, Estados Unidos), durante la celebración de una competición de ámbito nacional de “e-Games de fútbol americano”, es decir, de un videojuego, uno de los participantes, tras perder, sacó un arma y se lio a disparar: mató a dos de sus contrincantes, hirió a otros 11 y, después, se suicidó. Por desgracia, esto no fue un videojuego, sino algo real. Tenía 24 años, y había sido el ganador el año anterior; probablemente, la enorme frustración, sensación de fracaso y rabia incontrolada que sintió por haber perdido, algo con lo que no contaba, provocaron el horrible desenlace. Se trataba de un juego, pero este muchacho no se lo tomó así. Había que ganar sí o sí, a vida o muerte, y no fue una metáfora.

El evento reunió a jugadores de diferentes estados en una conocida sala de juegos electrónicos que comparte entrada con una famosa pizzería. Era la semifinal de un torneo cuya final está programada en Las Vegas con un premio de 25.000 dólares y una gran cobertura mediática. El ganador de esta semifinal, además del acceso a esa gran final, se aseguraba un premio de 5.000 dólares y la fama inherente a la preciada gesta. Los participantes en estas competiciones, la mayoría muy jóvenes, son los nuevos héroes de millones de seguidores, adolescentes y veinteañeros, que han hecho de este pseudodeporte su pasión: niños prodigio que lo saben todo sobre el mundo online y dominan el mando como Messi el balón. A su alrededor crece un fabuloso negocio que ya mueve millones de dólares; y según se prevé, sólo está empezando. ¿Más frustración? ¿Más disparos? No necesariamente, pero...

Para explotar bien este negocio es fundamental que los medios de comunicación lo promocionen a lo grande, y eso es lo que sucede en esta competición electrónica. La televisión, los videos y las redes sociales juegan un papel decisivo. Allí se habla de estos competidores virtuales y se difunde su imagen como si fueran grandes estrellas equiparables a músicos o deportistas famosos, y se loan sus hazañas como si se tratara de campeones olímpicos. En aras a ese negocio tan provechoso, se ha sacado del tiesto lo que empezó siendo un pasatiempo y se ha convertido en una competición a muerte, y lo más probable es que la mayoría de estos virtuosos del mando no estén preparados para manejar un protagonismo tan mediático; de ahí que, de esos polvos que fomenta el interés del negocio, puedan venir estos lodos.¿Alguien asume la responsabilidad?

El asesino y suicida de esta terrible noticia fue objeto de notorias entrevistas y reconocimientos públicos cuando ganó el año pasado, algo que, probablemente, nutrió su autoestima con la gasolina del éxito y la hizo dependiente de ese mismo carburante; sobre todo (lo desconozco, pero no sería extraño), si se trataba de un chico sin fuentes de abastecimiento ajenas a su habilidad con los botones, algo bastante probable en quienes hacen del ordenador a su mejor y quizá único amigo. Esta vez, antes de empezar, mientras la cámara enfocaba su cara dispuesta a la batalla, el comentario del locutor fue demoledor: (más o menos) “X no ha venido aquí a hacer amigos, sólo a ganar”.

En la tertulia Al Límite de radio Marca que tuvo lugar a mediados de agosto, se comentó la noticia de una comunidad autónoma en España que, al parecer, quiere promocionar las competiciones de juegos electrónicos. Con todos mis respetos a quienes piensen de manera diferente, considero que asumir que estas contiendas virtuales pueden sustituir o equipararse a las competiciones deportivas por el hecho de que se compita y sus contenidos sean partidos de fútbol u otros deportes, es una aberración. Con la excepción del ajedrez, por su tradición milenaria y sus grandes beneficios psicológicos, el deporte no es estar sentado tras una pantalla moviendo botones, sino realizar una actividad física y mental que beneficie el desarrollo corporal, la salud, la fortaleza psicológica y la socialización, algo que, salvo la fortaleza psicológica (si se ponen los medios, y sólo en cierta medida), no fomentan los juegos electrónicos. Por eso, me parece grave que una comunidad autónoma quiera potenciar una actividad que tiende a potenciar el sedentarismo, la obesidad, el riesgo psicológico (según comento después) y la falta de habilidades sociales.

La competición es una herramienta muy valiosa para estimular la motivación, el esfuerzo y la fortaleza mental, pero siempre que se maneje con acierto, pues, de lo contrario, sus efectos pueden ser perjudiciales y hasta devastadores. Lo de Jacksonville es un caso extremo: un hecho aislado difícil de repetir en países como España donde los competidores no llevan armas, pero no debe minimizarse, pues responde a haber sobredimensionado un juego y a unos protagonistas jóvenes sin la preparación para asimilarlo, y aunque en otros casos las consecuencias no sean tan trágicas, sí pueden conllevar efectos psicológicos graves que deriven en patologías.

En el deporte tenemos muy claro (o deberíamos tenerlo) que, si se encauza correctamente, la competición es un escenario que permite desarrollar valores muy importantes, pero si no es así, puede afectar negativamente a los jóvenes que compiten, sobre todo si estos identifican ganar con su valor como personas y, por tanto, la victoria es la fuente que principalmente alimenta su autoestima. Por este motivo, como ya he comentado en otros artículos, una población de alto riesgo son los deportistas que destacan muy pronto. Para ellos, la posibilidad de no ganar, o el hecho de no hacerlo, se convierten en algo terrible que acaba con muchas carreras prometedoras y, en bastantes casos, ocasiona serios trastornos psicológicos que tardan en curarse y pueden dejar secuelas. Por eso es importante preparar convenientemente a estos deportistas para que relativicen el hecho de ganar, acepten que perder forma parte del juego y desarrollen otras fuentes de sentirse bien con uno mismo que alivien el peso desproporcionado de los éxitos deportivos.

Por tanto, la clave para que la competición deportiva sea una herramienta educativa que beneficie y no perjudique es el comportamiento de los adultos que educan y rodean a los deportistas: entrenadores, directivos, padres, psicólogos, etc. Y esa es una gran diferencia con los juegos electrónicos, donde, que yo sepa, no suelen existir estas figuras para educar y guiar a los jóvenes que destacan.  Aunque en el deporte no siempre es así, ya que hay muchos adultos incompetentes que actúan irresponsablemente, el joven deportista suele disponer de personas preparadas que le van guiando; personas que le enseñan a respetar al rival, a ganar y a perder, a entender que, aunque el objetivo de una competición es ganar, lo importante es esforzarse para conseguirlo, asumiendo que la derrota es un elemento más que se debe aceptar con deportividad y como estímulo para superarse, que el éxito no es sólo ganar, sino también esforzarse y ser capaz de mejorar.

Otra diferencia relevante es que el deportista, inevitablemente, socializa con otros deportistas de su edad; ya que, incluso en los deportes individuales, suele tener compañeros de entrenamiento y adversarios con los que interactúa con frecuencia. La socialización que proporciona el deporte produce efectos muy beneficiosos: fomenta que los jóvenes aprendan a convivir con los demás, a aceptar las diferencias, a trabajar en equipo, a ser más tolerantes y a tener una red de apoyos muy valiosa. No parece que el jugador electrónico tenga acceso a estos beneficios, pues mayoritariamente, desarrolla sus habilidades en la soledad de su habitación, sin más guía que él mismo ni más compañía que su ordenador, la fantasía de sus juegos y sus contactos online, otra forma de socialización, sin duda, pero sin los beneficios que aportan las demandas de la interacción real.

Parece ser que algunos psicólogos del deporte se están introduciendo en el mundo de los juegos electrónicos. Supongo que su primera intención y de quienes los contratan es ayudar a los jugadores a rendir mejor gestionando eficientemente su motivación, autoconfianza, estrés y otros aspectos psicológicos relacionados con el rendimiento.
Sin embargo, considerando las carencias señaladas, no parece que la ayuda más importante sea esta, sino trabajar más con la persona que con el pseudodeportista, centrándose en fortalecer la autoestima de estos jóvenes mediante el desarrollo de fuentes ajenas al éxito en la competición (tener otras inquietudes, frecuentar otros amigos, recibir atención por otras facetas...), de forma que se valoren como personas con independencia de que ganen o pierdan. En ausencia de otros adultos cualificados (no sé si existen los entrenadores), los psicólogos, además, pueden ayudar a que los jugadores electrónicos aprendan a aceptar la victoria y la derrota como algo normal: que ni ganar es el summum ni perder es una tragedia, que el éxito no se mide sólo por el resultado, que el adversario es un compañero que merece respeto y no un enemigo al que, metafóricamente o como ha sucedido en Florida, haya que disparar.


Chema Buceta
29-8-2018

@chemabuceta

domingo, 15 de julio de 2018

EL PSICÓLOGO, UNO MÁS

"Ahora que sé lo que puede hacer un psicólogo en un equipo, echo de menos no haberlo tenido cuando yo era jugador" (comentario de un ex-jugador internacional de fútbol con el que coinciden muchos otros deportistas de élite ya retirados). 




En estos días, hemos sabido que Luis Enrique será el nuevo seleccionador español de fútbol y que con él llegará un equipo técnico de su confianza formado por un entrenador ayudante, un preparador físico y un psicólogo deportivo. Este psicólogo es Joaquín Valdés, antiguo alumno del Máster en Psicología del deporte de la UNED y, posteriormente, profesor de ese mismo Máster cuando su actividad profesional se lo ha permitido. La presencia de Valdés en el equipo de Luis Enrique no es una novedad, ya que este, desde su primera etapa como entrenador en el Barcelona B, siempre ha contado con él. Para Luis Enrique, el psicólogo es uno más, y así lo ha demostrado en todos los equipos que ha entrenado.
 
La noticia, sin embargo, es que la presencia de un psicólogo en el deporte de élite ya no es noticia. Lo habría sido hace algunos años, cuando Joaquín Valdés, todavía en el siglo pasado, fue alumno de ese Máster y afrontó sus primeros retos profesionales en el Sporting de Gijón, pero ahora es agua pasada. La trayectoria exitosa de Valdés y de otros psicólogos del deporte bien formados, proporcionando buenos servicios a deportistas y entrenadores de diferentes especialidades, ha contribuido a cambiar la percepción que, en general, se tenía del psicólogo como recurso excepcional para atender a deportistas con una disfunción patológica. Afortunadamente, en la actualidad se comprende y acepta que hay psicólogos especializados en diferentes campos, y que, si bien algunos lo están para tratar patologías como, por ejemplo, la depresión, que también pueden sufrir los deportistas, otros, los psicólogos del deporte, son expertos de la preparación psicológica para optimizar el rendimiento deportivo. 
 
Es cierto, no obstante, que todavía hay muchos entrenadores, deportistas y clubes que ignoran las ventajas de contar con un psicólogo del deporte, y también que, en otros casos, aun valorándose tales ventajas, los recursos económicos son limitados o no se conoce a un psicólogo bien preparado en quien confiar. Sin embargo, cada vez son más los proyectos deportivos, en la élite o la base, que incorporan al psicólogo como uno más: con una implicación mayor o menor en función de las necesidades y los recursos, pero considerándolo un actor más cuya función se aprecia y del que nadie se extraña.
 
El psicólogo del deporte es un especialista de la preparación mental, y el propósito de esta es contribuir a que los deportistas rindan lo mejor posible. Por tanto, el psicólogo debe conocer los objetivos deportivos y, en la medida posible, detectar e incidir en todo aquello que pueda afectar al funcionamiento mental de los deportistas con vistas a conseguir tales objetivos. Con este propósito, su actuación conlleva observar y analizar el entorno, las necesidades y el comportamiento de los deportistas, los entrenadores y cualquier otro actor implicado, incluyendo la interacción entre todos ellos; y requiere saber cuándo, cómo y sobre qué aspectos debe intervenir. Un error de psicólogos mal preparados o con poca experiencia, influidos por el entusiasmo, la ansiedad o la presión de quienes les contratan, es hacer cosas simplemente porque “algo tienen que hacer” (aunque de alguna forma lo justifiquen), como si observar y analizar para poder actuar cuando sea necesario, no fuera ya una tarea de suma importancia.
 
La actuación de un psicólogo del deporte puede tener distintas facetas y llevarse a cabo de diferentes maneras y desde distintas posiciones respecto a quienes reciben sus servicios. Por ejemplo, se puede centrar en asesorar al entrenador, el director deportivo o un directivo, trabajar directamente con los deportistas (en el caso de un equipo, todos o algunos) o hacer un poco de todo (entrenador, deportistas, directivos…); asimismo, puede realizar su cometido de manera más o menos directiva (bien aportando opiniones y consejos, bien ayudando a reflexionar, encontrar las respuestas y tomar decisiones, bien ambas cosas). Puede ocuparse de necesidades muy concretas (por ejemplo, la ansiedad de un delantero que no marca goles), intervenir en asuntos más habituales y globales (ayudar al entrenador a preparar sus reuniones con los deportistas para que tengan un impacto psicológico favorable), participar en la planificación deportiva (planteando las necesidades psicológicas en cada periodo, anticipando el impacto psicológico…), ayudar a los protagonistas en sus temas personales (preocupaciones, dudas, problemas...), anticipar y prevenir situaciones difíciles o aportar sus conocimientos en cualquier otro asunto que lo requiera; y puede trabajar formando parte del cuadro técnico de un equipo (el caso de Valdés) o de un deportista individual, atendiendo a diferentes equipos y deportistas como psicólogo de un club o una federación, contratado a nivel particular, etc.; es decir, desde diferentes posiciones, según se acuerde. 
 
En cualquier caso, el psicólogo debe estar bien preparado y no ser un mero entusiasta. Evidentemente, tiene que tener su titulación universitaria como psicólogo, pero, además, debe ser un experto en el campo específico de la Psicología del deporte (es decir, no vale cualquier psicólogo), conocer el deporte en el que trabaje y saber estar en este ocupando un lugar discreto, sin asumir un protagonismo principal que no le corresponde (en general, cuanto menos se sepa de él fuera de su entorno, mejor). Obviamente, no tiene que ser un hincha, y sí un ejemplo de control emocional y objetividad. Por supuesto, debe comprender y tener en cuenta las circunstancias que rodean a los protagonistas (contratos, patrocinadores, obligaciones extradeportivas, popularidad, medios de comunicación…), así como sus estados de ánimo, cuyas fluctuaciones en el deporte de élite pueden ser muchas y muy bruscas; y tiene que actuar con mucha prudencia, salvaguardando la confidencialidad de sus cometidos y conversaciones.
 
En los deportes individuales, el psicólogo suele trabajar directamente con el deportista para que desarrolle habilidades psicológicas que le permitan autorregular su funcionamiento mental en beneficio de su rendimiento; y en bastantes casos, también con sus entrenadores para optimizar el plan de entrenamiento, la comunicación entre ambos y la mejor estrategia psicológica en las competiciones. En los deportes de equipo, si bien con deportistas jóvenes es conveniente que el psicólogo entrene a los jugadores para que aprendan habilidades y se fortalezcan mentalmente, al tiempo que asesora y a veces entrena a sus entrenadores, directivos y padres, en la élite, lo más aconsejable suele ser que sobre todo trabaje como asesor del entrenador y, además, esté disponible para ayudar individualmente a los deportistas que lo necesiten y de forma voluntaria lo demanden. 
Cuando Luis Enrique llegó al Barcelona, dijo que “el psicólogo era para él”; y, de hecho, la función principal de Joaquín Valdés ha sido asesorarle para optimizar su funcionamiento como entrenador en sus diversas facetas, e influir así, favorablemente, en la preparación psicológica del equipo. Seguramente, también haya trabajado de forma directa con algunos jugadores (siempre de manera muy confidencial), pero su aportación fundamental, muy valiosa, ha sido como asesor del entrenador. Este es un modelo de trabajo que, supongo, prevalecerá también en la selección, con un psicólogo experimentado que, integrado como uno más en el equipo técnico, cuidará de lo psicológico y asesorará convenientemente al seleccionador.
 
Luis Enrique ha demostrado su valía como entrenador en la élite del fútbol; y una de sus principales fortalezas es la apuesta por el psicólogo del deporte como uno más. Así ha sido desde sus primeros pasos con el Barcelona B. Con convicción ha asumido la importancia de contar con el especialista de lo mental, y por eso, al negociar sus contratos con los diferentes clubes y ahora la federación, ha impuesto la presencia del psicólogo en su equipo técnico. Evidentemente, no todos los entrenadores pueden negociar con la misma fuerza, pero el mensaje del nuevo seleccionador, corroborado por otros muchos ejemplos, es que el psicólogo del deporte no es un lujo o un remedio ocasional, sino un actor necesario que, como los demás actores, no garantiza el éxito final, pero contribuye significativamente al proceso que aumenta las posibilidades de conseguirlo.
 
Chema Buceta
15-7-2018
@chemabuceta

sábado, 23 de junio de 2018

EL "MARRÓN" DEL PENALTI


"Si acierto seré un héroe; si fallo, un villano"


Avanza el mundial de fútbol y, más allá del muy cansino monotema de Messi, Ronaldo y alguno más, y la absurda insistencia en destacar actores individuales en un deporte colectivo, sobresale, antes de lo habitual, un protagonista del que apenas se habla, como si fuera un insignificante personaje de reparto que pinta mucho menos que, por ejemplo, el soporífero tiki-taka o las infranqueables barreras defensivas que hacen insoportables algunos partidos. Gracias al VAR, gran enemigo de los acalorados debates en el bar, el penalti está saliendo a escena en casi todos los partidos; y sin que nadie lo discuta. En el bar se podía discrepar de la decisión del árbitro, pero si lo dice el VAR eso “va a misa (a la mezquita o a donde sea, según proceda)”.

En los mundiales, al igual que en las fases finales de los torneos continentales para selecciones nacionales, a partir de los octavos de final, los penaltis suelen ser decisivos en muchos partidos. Más de un equipo abandona la liza por no estar tan fino como su adversario desde los 11 metros, y raro es que el campeón no haya pasado alguna eliminatoria gracias a su mayor acierto desde ese botón que adorna las áreas o (el portero) entre los tres palos. Por eso suele extrañar que, como a veces se sabe después, los equipos no preparen esta suerte según su trascendencia merece, como dando por hecho que tener en el equipo a varios especialistas es suficiente para salir victorioso, a pesar de que, mundial tras mundial, la realidad muestra lo contrario.

En primer lugar, la trascendencia de los penaltis que deciden un partido finalizado en empate es mucho mayor que la de un penalti durante el tiempo de juego. Además, mientras este último, aun produciéndose varias veces, lo puede tirar el mismo jugador, en la tanda de cinco o más penaltis tienen que intervenir varios, lo que supone, en bastantes casos, que futbolistas que incluso pueden llevar toda la temporada sin haber tirado una sola pena máxima, tienen que asumir ahora esa responsabilidad. No es extraño que, con bastante frecuencia veamos a jugadores que, llegado el momento, se “esconden” para no ser elegidos o alegan alguna razón que justifique su ausencia; y por supuesto, no faltan las caras pálidas y agarrotadas que transmiten la enorme tensión de quien se dispone a ejecutar ese lanzamiento decisivo. No es el caso de todos los que lanzan; incluso hay algunos a los que esto los estimula y agranda; pero sí de muchos; y entre estos no es difícil explicar, en base a ese exceso de tensión, los disparos defectuosos que facilitan la intervención del portero o envían el balón fuera de la diana. Los porteros también juegan, por supuesto, y muchas veces el mérito es sobre todo suyo, pero, obviamente, la calidad del lanzamiento influye en la probabilidad que tiene el portero de acertar, ya que es el lanzador quien tiene la iniciativa y toda la ventaja.

Mundial tras mundial, todos estos argumentos sugieren la necesidad de tomarse más en serio la preparación de los penaltis, incorporando estrategias psicológicas para que los elegidos puedan gestionar el gigantesco impacto emocional que provoca esta situación, favoreciendo, así, que la probabilidad de acertar sea mayor. ¿Por qué no se hace, salvo en alguna excepción? Una razón puede ser ignorar o no querer ver la necesidad de un tipo de entrenamiento que no es habitual, así como la participación de un profesional, el psicólogo del deporte, que tendría que asesorar a los entrenadores para diseñar los ejercicios apropiados y, a su vez, trabajar directamente con los futbolistas (lanzadores y porteros) para desarrollar habilidades eficaces de autocontrol emocional. Otra razón puede ser que, guiados por el partido a partido, los equipos se centren en la primera fase y no piensen más allá, aplazando el asunto de los penaltis en beneficio de otras prioridades; aunque, claro, cuando llegan esos partidos, quizá ya sea tarde.

Es discutible si el “partido a partido” debe ser siempre el criterio a seguir, y en cualquier caso, no es incompatible con una estrategia global de la competición que también tenga en cuenta las posibles necesidades tras la primera fase, sobre todo si tu equipo aspira a ganar el mundial o a llegar lejos. Pero, además, la presencia del VAR ha concedido al penalti un protagonismo inesperado ya desde el primer momento. Creo que no ha habido un solo día sin penaltis, algunos en más de un partido. El penalti ha encontrado en el VAR a un fiel aliado que le hace justicia, situándole en el papel de actor principal que injustamente se le había negado; y parece que a más de uno le ha pillado por sorpresa. 

Es innecesario señalar que el penalti es la forma más probable de marcar un gol, y más aún, cuando el abuso del tiki-taka y las murallas defensivas numantinas propician que haya muchos partidos en los que apenas se tira entre los tres palos. Por eso, si bien durante un partido no tiene la trascendencia decisiva que en una tanda tras un empate, se ha convertido en una oportunidad muy valiosa, más probable que antaño, que se debería aprovechar. Es decir, hay que tomárselo más en serio; prepararlo bien; no escatimar esfuerzo ni conocimiento para que los lanzadores y los porteros ejecuten esta jugada con la máxima eficacia.   

La mayor trascendencia del penalti en esta primera fase conlleva una mayor responsabilidad de los lanzadores. Esta es la única jugada en la que al portero se le perdona que no acierte, pero no así al lanzador, de quien se asume que, gracias a su evidente ventaja, tiene la obligación de marcar. El futbolista lo sabe, y aunque después se le pueda disculpar por haber errado, esa “obligación” genera una presión que a muchos les atenaza, favoreciendo una mala decisión sobre el lanzamiento y/o una ejecución deficiente. En realidad, en este campeonato, la trascendencia del penalti convierte a este en un “marrón”. Si se consigue el gol, es lo que había que hacer; si se falla, es un error muy grave que puede afectar al resultado final no sólo por haber perdido esa oportunidad, que quizá sea la mejor o casi la única en todo el partido, sino por lo que afecta negativamente al funcionamiento posterior del que lo lanzó y falló, y en ocasiones a la moral del conjunto del equipo, sobre todo si, a pesar de correr, pelear, tocar el balón, etc., no ve puerta ni aunque el partido durara tres días.

Tres casos interesantes. En la primera parte de su primer partido, Perú dominó a Dinamarca, y antes del descanso llegó su gran oportunidad. Cuevas lanzó el penalti fuera de la portería. Se retiró al vestuario llorando, y en la segunda parte, él y el equipo fueron otros. Dinamarca ganó 1-0. En el segundo partido, perdieron contra Francia, también 1-0. Francia es superior, y a Perú no se le puede negar su espíritu de lucha, pero en dos partidos no ha marcado un solo gol. Su mejor oportunidad pasó, y lo que es peor, es muy probable que ese error les haya afectado. Desde luego, Cuevas no ha vuelto a jugar bien. Otra razón para trabajar psicológicamente. El error se puede producir, pero hay que superarlo y seguir adelante. La prepración psicológica es la clave.

Segundo caso .Messi también falló un penalti en el primer partido de Argentina, y se le culpó del empate contra Islandia. De momento, sigue desaparecido en combate, y eso que se trata de un jugador acostumbrado a tirar penaltis. Pero estos penaltis no son lo mismo. El tercer caso es el del jugador de Túnez (no recuerdo su nombre) que tiró el penalti contra Inglaterra. Estaba lívido antes de lanzar, pero a pesar de todo, marcó. Cuando vio que la pelota entraba su expresión reflejó que sentía un gran alivio, más que por marcar (esto es una mera especulación) por el hecho de haberse quitado de encima el “marrón”. El miedo a fallar puede ser terrible, y, aunque ambos vayan de la mano, para algunos jugadores la satisfacción es mayor por no haber fallado que por haber acertado.


Chema Buceta
23-6-2018

@chemabuceta

martes, 12 de junio de 2018

¿QUIÉN HA PENSADO EN LA SELECCIÓN?




A casi todos ha sorprendido la noticia del fichaje del seleccionador Julen Lopetegui como entrenador del Real Madrid cuando sólo faltan tres días para el debut de España en el mundial de fútbol. No pongo en duda su idoneidad como entrenador para manejar la “patata caliente” (bien compensada, como es lógico) que supone entrenar al Madrid en esta nueva etapa, pero no parece que sea este el mejor momento para anunciarlo. Para el club puede que sí, ya que cierra el asunto y evita que continúen las quinielas y la sensación de que ningún candidato que se precie está dispuesto a asumir el cargo. Pero para la selección… ¿Quién ha pensado en la selección?

La selección reúne a jugadores y técnicos muy profesionales que tienen sus propios intereses y entienden perfectamente que los compañeros de viaje también los tengan. Dentro del equipo, a nadie le escandalizará que, coincidiendo con el mundial, se produzcan fichajes o conversaciones para cerrarlos; y no porque eso suceda, el rendimiento del equipo tiene que ser peor, aunque es un factor distractor que puede tener su importancia. En cualquier caso, para compensar los intereses individuales y que el éxito del equipo sea más probable, es importante que se acentúen los elementos que unen a una selección, sobre todo, cuando llega la hora de la verdad; y uno de esos elementos es el seleccionador, cuya imagen de independencia respecto a los intereses de cualquier club no sólo es importante para que quede claro que no se involucra en fichajes o favorece/perjudica a determinados jugadores, sino que, además, refleja el compromiso firme del capitán del barco con el objetivo común, sin que para él haya nada más importante que llevarlo a buen puerto, sin distracciones ni otras prioridades.

Nuestro seleccionador es un buen profesional, y yo no dudo de que vaya a afrontar este mundial con la máxima profesionalidad, ilusión, imparcialidad y concentración en su cometido, aunque esto último no le resultará fácil por mucho que haya acordado que sólo se ocupará del Madrid cuando acabe el campeonato. Es evidente, que su fichaje por este club será un tema recurrente en las ruedas de prensa, los medios de comunicación y la opinión pública; y quizá también para su nuevo club, pues, aunque es sabido que el entrenador pinta poco en ciertas decisiones, es difícil creer que no le consultarán nada hasta dentro de (ojalá) un mes. Además, en un puesto de esta relevancia, como “la mujer del César”, no basta con serlo, sino que hay que parecerlo, y aunque su compromiso con el Madrid no interfiera en su concentración y su funcionamiento, habrá muchas dudas al respecto; sobre todo, si se producen malos resultados en los primeros partidos.

Confiemos, no obstante, en que esas dudas no se produzcan dentro del equipo cuando haya jugadores que no jueguen, tome decisiones que no gusten o haya que enderezar el rumbo torcido de un mal comienzo que ojalá no ocurra. Pero, se quiera o no, es evidente que esta noticia debilita la imagen de neutralidad y compromiso único con la selección que fortalece el liderazgo de un seleccionador. A estas alturas, el liderazgo de Lopetegui no se va a resquebrajar, pero sí podría debilitarse, y eso puede suponer una influencia menor en los momentos más críticos de un campeonato tan trascendente y exigente como es un mundial. Si España no hace un buen torneo, seguramente habrá otros motivos que lo expliquen con mucho más peso que la renuncia del seleccionador a un compromiso que firmó hace sólo dos semanas, pero este factor, sin ser determinante, aumenta el riesgo de que las cosas no salgan como todos queremos. También lo aumentan otras posibles distracciones relacionadas con esta decisión. Por ejemplo, se habla ya de los posible sustitutos de Lopetegui, cuando ni siquiera ha empezado el mundial. "El rey ha muerto, viva el (nuevo) rey". ¿Quién piensa en (esta) selección?

Lopetegui es un profesional que, como otros, mira por sus intereses, y ha dejado claro que, después del mundial, le interesa más el Madrid que la selección (algo muy respetable y que, seguramente, la mayoría podría entender), pero probablemente, le habría gustado que la noticia no trascendiera ahora, sino al terminar. Lamentablemente, quien decide estas cosas ha preferido ir a lo suyo en lugar de pensar en el interés de la selección y de millones de aficionados que esperan ilusionados este mundial, poniendo al seleccionador en una situación difícil que esperemos no interfiera para mal en el rendimiento del equipo. 


Chema Buceta
12-6-2018

@chemabuceta

domingo, 27 de mayo de 2018

EL PORTERO QUE (SEGURAMENTE) NO HABRÁ PODIDO DORMIR



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¿Errores que podrían evitarse?


Muchos hemos coincidido en que en la final de la Champions el Madrid fue superior al Liverpool y mereció ganar, pero no por eso se ha obviado que fueron de gran ayuda los errores cometidos por el portero del equipo inglés, Karius, quien, como es lógico, terminó el partido muy afectado y (seguramente) no habrá podido dormir esa noche ni lo podrá hacer otras muchas. Errores de ese calibre en partidos tan trascendentes dejan una herida psicológica que tarda en curar, y lo más probable es que la cicatriz resultante no desaparezca nunca, aunque por suerte, el cerebro tiene mecanismos para poder ignorarla razonablemente y, si uno se lo propone, utilizarla para aprender de lo sucedido.

Los errores son parte del juego, y los deportistas, si bien no evitarlos del todo, pueden prepararse para minimizarlos al máximo y reaccionar favorablemente cuando sucedan. Esto último implica aceptar que pueden ocurrir (en lugar de negarlo), controlar la frustración, la rabia o la culpa que provocan y disponer de estrategias que faciliten superarlos con rapidez y eficacia para que no deriven en nuevos errores, ya que es muy probable que estos se produzcan si no se actúa para cortar la dinámica negativa que sigue al primer error.

En este partido, el error de Karius en el primer gol del Madrid podría ser la consecuencia de un exceso de activación, muy probable en partidos de esta trascendencia, que habría propiciado un estrechamiento de su enfoque atencional y, por tanto, que no viera a Benzema tan cerca y no se diera cuenta del riesgo del pase que pretendía dar. Una desgracia para el Liverpool, obvio; pero quedaba mucho partido, y una vez cometido el error, lo importante era superarlo: es decir, olvidarlo y centrarse en el presente como si no hubiera ocurrido. Evidentemente, es fácil decir esto y muy difícil hacerlo, pero precisamente, este es uno de los cometidos del entrenamiento psicológico: empoderar a los deportistas para que sean capaces de autorregular su funcionamiento mental, sobre todo en las circunstancias más adversas. En este caso, al ser bastante grave, es muy probable que incluso un buen entrenamiento psicológico no hubiera logrado el olvido total del error cometido, pero sí lo suficiente como para, de momento, aliviar a Karius de esa carga pesada y ayudarle así a continuar jugando en mejores condiciones de rendir al nivel que exigía el partido.

Sin embargo, lo que pudimos intuir desde la televisión (con el evidente margen de error que esa limitación conlleva) fue que el portero del Liverpool no pudo superar ese primer error. Primero, intentó negarlo protestando por algún factor externo que lo pudiera justificar. Has metido la pata, pero no quieres aceptarlo; y en tu desesperación buscas lo que sea para aliviar tu culpa; pero no lo encuentras, y eso te deja muy alterado. Cuando el Liverpool empató, le vimos como dando las gracias al cielo, probablemente sintiéndose algo aliviado cuando la desventaja que él había provocado se había compensado; pero, no obstante, por sus expresiones en esa y otras imágenes (insisto, con un margen de error), me dio la impresión de que el recuerdo de ese error tan sonado seguía atormentándolo, a pesar de que tuvo dos intervenciones acertadas.

No sé si pudo hacer más en el primer gol de Bale, seguramente no; pero es evidente que en el tercero del Madrid falló estrepitosamente. ¿En qué medida este segundo gran error habrá estado influido por el estado mental negativo que había provocado el primero? No lo sabemos; pero parece bastante probable que el primer error y sus consecuencias psicológicas hayan tenido mucho peso. Sin ese tercer gol, quizá el Madrid habría ganado igualmente, pero lo cierto es que cerró el partido y dejó al Liverpool definitivamente derrotado.¿Podría haberse evitado?

Esto nos lleva a la trascendencia del entrenamiento psicológico para poder controlar emociones adversas en situaciones y momentos críticos. En la mayoría de los casos, los deportistas de élite funcionan bien psicológicamente la mayor parte del tiempo sin necesidad de la ayuda de un psicólogo del deporte, pero muchos no son capaces de hacerlo en situaciones y momentos clave que son pocos en cantidad, pero muy decisivos; y es aquí donde el entrenamiento psicológico tiene un espacio de gran relevancia. ¿Merece la pena si, como en este caso, podría ayudar a ganar una gran competición (o al menos, a no perderla)?

Para el portero que (seguramente) no habrá podido dormir, la vida sigue; y aunque de momento haya quedado marcado por estos errores, lo importante es que, más allá de sufrir, lamentarse, sentirse culpable y desear que el tiempo retroceda, sea capaz de analizar lo sucedido sin echar balones fuera, reflexionando sobre su estado psicológico antes del primer error y como consecuencia de este; sometiéndose al entrenamiento adecuado para adquirir las estrategias que le permitan funcionar mejor en ocasiones futuras.

Chema Buceta
27-5-2018

@chemabuceta

lunes, 14 de mayo de 2018

EMOCIONES: ¿LAS CONTROLO YO, O ME CONTROLAN A MÍ?

                                            ¿Qué emoción propició que tirara la silla al campo?





La semana pasada impartí unas clases en el curso para la titulación de entrenador de fútbol que, en coordinación con la UEFA, organiza la federación española para ex jugadores internacionales. En una de ellas, nos centramos en la importancia de controlar las emociones propias para evitar que interfieran negativamente en el rendimiento del entrenador; es decir, no sólo es importante ayudar a los jugadores a controlar sus emociones, sino que resulta trascendente que el entrenador controle las suyas para poder ejercer su cometido con mayor acierto. De hecho, la experiencia demuestra que, al igual que sucede con los directores en la empresa u otros ámbitos, los principales errores de un entrenador se producen cuando no es capaz de controlar emociones intensas y son estas las que le controlan a él. ¿Si Bobby Knight, el legendario entrenador de Indiana, hubiera estado calmado en lugar de muy enfadado, habría tirado la silla al campo hasta la línea de los tiros libres, propiciando su expulsión? Seguramente, no. ¿Lo hizo aposta? Seguramente, tampoco. Parece obvio que no pudo controlar su enfado; que este le controló a él.

El control de las emociones incluye un proceso de autoconocimiento y autorregulación que el entrenador puede afrontar por su cuenta, aunque sin duda, la ayuda profesional de un psicólogo puede ser fundamental para que ese proceso se lleve a cabo de la manera más eficaz. En una primera fase, el proceso puede incluir los siguientes pasos:

(1)   Detectar las situaciones que provocan emociones intensas que resulta difícil controlar (por ejemplo: un marcador en contra; estar jugando mal; jugadores que no luchan, etc.).

(2)   Concretar qué emoción provoca cada situación (ansiedad, enfado, desilusión, euforia…) y cuantificar su intensidad utilizando una escala de 1-10 (1 intensidad mínima; 10, máxima).

(3)   Determinar las consecuencias de esa emoción: cómo afecta al funcionamiento del entrenador.

Por ejemplo:

(1)    Situación: un jugador pierde el balón en el centro del campo y eso provoca una ocasión de gol del rival.

(2)    Emoción: enfado; de intensidad 8.

(3)    Consecuencia: bronca tremenda a ese jugador, cuyo efecto es que a partir de la bronca, juega peor.

A partir de este análisis, el entrenador ya puede desarrollar algunas estrategias con tres posibles objetivos: 

(1) ¿Se pueden eliminar las situaciones que provocan esas emociones? Algunas se podrán eliminar, y otras no. Si se pueden eliminar, y no son imprescindibles, lo mejor es eliminarlas. Pensemos, por ejemplo, en una charla en el vestuario al terminar un partido que se ha perdido. Si se evita la situación, se elimina la emoción intensa que podría provocar y las consecuencias negativas que podrían derivarse de esta. 
  
(2)   Reducir la intensidad de la emoción, de forma que, con una intensidad menor, esta pueda ser controlada. En el ejemplo, parece que el entrenador no controla una intensidad 8, pero si fuera capaz de reducir ese 8, por ejemplo, a un 5 o un 6, quizá sí podría. Con este objetivo, las técnicas de relajación/respiración de aplicación in situ pueden ser muy útiles. También contar hasta 10, algún autodiálogo u otras que en cada caso particular puedan servir. No se trata de eliminar la emoción del todo, sino de reducir su intensidad para poder controlarla. 

(3) Realizar alguna acción sencilla que sea incompatible con la consecuencia de la emoción. En el ejemplo, algo que sea incompatible con echarle la bronca a jugador. Por ejemplo, dar alguna instrucción sobre la siguiente jugada, animar al equipo u otras.

Evidentemente, la tercera opción será más sencilla de aplicar si, previamente, la emoción ha sido controlada mediante estrategias que reduzcan su intensidad.

Mediante este proceso, cuando se presenten las situaciones críticas que el entrenador haya identificado, estas no le pillarán por sorpresa, y además estará preparado para utilizar las estrategias que haya desarrollado tanto para controlar la intensidad de la emoción como para poner en marcha acciones que sean incompatibles con las consecuencias. 

En una segunda fase, se instruye al entrenador en que, en realidad, la emoción que le controla no deriva directamente de la situación que aparentemente la provoca, sino de la interpretación que él hace de esa situación. Es decir, ¿cómo interpreta él la situación del jugador que pierde el balón? La emoción no será la misma si la interpreta como un error imperdonable que si la interpreta como un error normal que forma parte del juego.

Por tanto, es la interpretación de la situación lo que determina la emoción y su intensidad. ¿De qué depende esa interpretación? De factores como la expectativa que tiene el entrenador respecto a lo que debería pasar, sus creencias, su estado de ánimo, el estrés al que se ve sometido, los recursos disponibles, lo que esperan los demás, etc.  Ahora, los pasos a dar son:

(1)    Identificar cómo suele interpretar las situaciones críticas para que estas provoquen esas emociones intensas que le hacen perder el control y tienen consecuencias negativas en su rendimiento;

(2)    Identificar los factores (expectativas, creencias, etc.) que influyen en esas interpretaciones.

Tras esta reflexión, surgen nuevas posibilidades para controlar la emoción.

(1)   ¿Podría interpretar de otra manera esa situación? ¿De qué manera? ¿Qué sucedería si así fuera?

(2)   ¿Es posible modificar las expectativas, creencias, etc., que determinan esa interpretación?

En el ejemplo, el entrenador podría identificar que está influido por una expectativa como “nunca se puede perder el balón en el centro del campo para darle una oportunidad de gol al equipo rival”, y por eso, cuando el jugador pierde el balón, lo interpreta como algo catastrófico. Sin embargo, al reflexionar sobre esta expectativa, podría darse cuenta de que, en realidad, perder el balón es parte del juego y, por tanto (sobre todo con jugadores jóvenes o menos experimentados), es lógico que eso pueda suceder. 

Si de verdad asume este razonamiento, estará preparado para que cuando un jugador pierda el balón, su interpretación sea otra (“lástima; bueno, es parte del juego”) y, por tanto, esa emoción de enfado no se produzca o su intensidad sea menor, y la consecuencia de echar una bronca que perjudica el rendimiento del jugador, tampoco tenga lugar.

Uniendo todo, podemos ver que el control de la emoción puede incluir estrategias a distintos niveles:

(1) Evitar la situación cuando sea posible y no sea imprescindible.

(2) Reflexionar sobre la interpretación y lo que la provoca; y buscar alternativas que permitan interpretar de otra manera. No se trata de pensar en positivo, sino de buscar alternativas creíbles, que tengan sentido, que convenzan al interesado. Podría no haberlas, en cuyo caso este nivel no serviría.

(3) Técnicas para reducir in situ la intensidad de la emoción cuando esta se produzca.

(4) Acciones alternativas a la consecuencia negativa de la emoción.

El error de muchos entrenadores es pensar que es suficiente conocer el deporte y ser capaz de enseñarlo, olvidando que, sobre todo en algunos deportes, ellos también tienen que rendir. Y puesto que el rendimiento del entrenador está muy vinculado al control de sus emociones, este debería ser uno de los objetivos de mejora de cualquier entrenador, tan importante (y en algunos casos, más) como estar al día sobre los avances técnico-tácticos o de dirección de equipo.

Esto mismo se puede aplicar a cualquier persona en cualquier ámbito, ya sea profesional o personal. ¿Controlo las emociones que perjudican mi funcionamiento, o estas me controlan a mí?


Chema Buceta
14-5-2018

@chemabuceta