martes, 12 de junio de 2018

¿QUIÉN HA PENSADO EN LA SELECCIÓN?




A casi todos ha sorprendido la noticia del fichaje del seleccionador Julen Lopetegui como entrenador del Real Madrid cuando sólo faltan tres días para el debut de España en el mundial de fútbol. No pongo en duda su idoneidad como entrenador para manejar la “patata caliente” (bien compensada, como es lógico) que supone entrenar al Madrid en esta nueva etapa, pero no parece que sea este el mejor momento para anunciarlo. Para el club puede que sí, ya que cierra el asunto y evita que continúen las quinielas y la sensación de que ningún candidato que se precie está dispuesto a asumir el cargo. Pero para la selección… ¿Quién ha pensado en la selección?

La selección reúne a jugadores y técnicos muy profesionales que tienen sus propios intereses y entienden perfectamente que los compañeros de viaje también los tengan. Dentro del equipo, a nadie le escandalizará que, coincidiendo con el mundial, se produzcan fichajes o conversaciones para cerrarlos; y no porque eso suceda, el rendimiento del equipo tiene que ser peor, aunque es un factor distractor que puede tener su importancia. En cualquier caso, para compensar los intereses individuales y que el éxito del equipo sea más probable, es importante que se acentúen los elementos que unen a una selección, sobre todo, cuando llega la hora de la verdad; y uno de esos elementos es el seleccionador, cuya imagen de independencia respecto a los intereses de cualquier club no sólo es importante para que quede claro que no se involucra en fichajes o favorece/perjudica a determinados jugadores, sino que, además, refleja el compromiso firme del capitán del barco con el objetivo común, sin que para él haya nada más importante que llevarlo a buen puerto, sin distracciones ni otras prioridades.

Nuestro seleccionador es un buen profesional, y yo no dudo de que vaya a afrontar este mundial con la máxima profesionalidad, ilusión, imparcialidad y concentración en su cometido, aunque esto último no le resultará fácil por mucho que haya acordado que sólo se ocupará del Madrid cuando acabe el campeonato. Es evidente, que su fichaje por este club será un tema recurrente en las ruedas de prensa, los medios de comunicación y la opinión pública; y quizá también para su nuevo club, pues, aunque es sabido que el entrenador pinta poco en ciertas decisiones, es difícil creer que no le consultarán nada hasta dentro de (ojalá) un mes. Además, en un puesto de esta relevancia, como “la mujer del César”, no basta con serlo, sino que hay que parecerlo, y aunque su compromiso con el Madrid no interfiera en su concentración y su funcionamiento, habrá muchas dudas al respecto; sobre todo, si se producen malos resultados en los primeros partidos.

Confiemos, no obstante, en que esas dudas no se produzcan dentro del equipo cuando haya jugadores que no jueguen, tome decisiones que no gusten o haya que enderezar el rumbo torcido de un mal comienzo que ojalá no ocurra. Pero, se quiera o no, es evidente que esta noticia debilita la imagen de neutralidad y compromiso único con la selección que fortalece el liderazgo de un seleccionador. A estas alturas, el liderazgo de Lopetegui no se va a resquebrajar, pero sí podría debilitarse, y eso puede suponer una influencia menor en los momentos más críticos de un campeonato tan trascendente y exigente como es un mundial. Si España no hace un buen torneo, seguramente habrá otros motivos que lo expliquen con mucho más peso que la renuncia del seleccionador a un compromiso que firmó hace sólo dos semanas, pero este factor, sin ser determinante, aumenta el riesgo de que las cosas no salgan como todos queremos. También lo aumentan otras posibles distracciones relacionadas con esta decisión. Por ejemplo, se habla ya de los posible sustitutos de Lopetegui, cuando ni siquiera ha empezado el mundial. "El rey ha muerto, viva el (nuevo) rey". ¿Quién piensa en (esta) selección?

Lopetegui es un profesional que, como otros, mira por sus intereses, y ha dejado claro que, después del mundial, le interesa más el Madrid que la selección (algo muy respetable y que, seguramente, la mayoría podría entender), pero probablemente, le habría gustado que la noticia no trascendiera ahora, sino al terminar. Lamentablemente, quien decide estas cosas ha preferido ir a lo suyo en lugar de pensar en el interés de la selección y de millones de aficionados que esperan ilusionados este mundial, poniendo al seleccionador en una situación difícil que esperemos no interfiera para mal en el rendimiento del equipo. 


Chema Buceta
12-6-2018

@chemabuceta

domingo, 27 de mayo de 2018

EL PORTERO QUE (SEGURAMENTE) NO HABRÁ PODIDO DORMIR



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¿Errores que podrían evitarse?


Muchos hemos coincidido en que en la final de la Champions el Madrid fue superior al Liverpool y mereció ganar, pero no por eso se ha obviado que fueron de gran ayuda los errores cometidos por el portero del equipo inglés, Karius, quien, como es lógico, terminó el partido muy afectado y (seguramente) no habrá podido dormir esa noche ni lo podrá hacer otras muchas. Errores de ese calibre en partidos tan trascendentes dejan una herida psicológica que tarda en curar, y lo más probable es que la cicatriz resultante no desaparezca nunca, aunque por suerte, el cerebro tiene mecanismos para poder ignorarla razonablemente y, si uno se lo propone, utilizarla para aprender de lo sucedido.

Los errores son parte del juego, y los deportistas, si bien no evitarlos del todo, pueden prepararse para minimizarlos al máximo y reaccionar favorablemente cuando sucedan. Esto último implica aceptar que pueden ocurrir (en lugar de negarlo), controlar la frustración, la rabia o la culpa que provocan y disponer de estrategias que faciliten superarlos con rapidez y eficacia para que no deriven en nuevos errores, ya que es muy probable que estos se produzcan si no se actúa para cortar la dinámica negativa que sigue al primer error.

En este partido, el error de Karius en el primer gol del Madrid podría ser la consecuencia de un exceso de activación, muy probable en partidos de esta trascendencia, que habría propiciado un estrechamiento de su enfoque atencional y, por tanto, que no viera a Benzema tan cerca y no se diera cuenta del riesgo del pase que pretendía dar. Una desgracia para el Liverpool, obvio; pero quedaba mucho partido, y una vez cometido el error, lo importante era superarlo: es decir, olvidarlo y centrarse en el presente como si no hubiera ocurrido. Evidentemente, es fácil decir esto y muy difícil hacerlo, pero precisamente, este es uno de los cometidos del entrenamiento psicológico: empoderar a los deportistas para que sean capaces de autorregular su funcionamiento mental, sobre todo en las circunstancias más adversas. En este caso, al ser bastante grave, es muy probable que incluso un buen entrenamiento psicológico no hubiera logrado el olvido total del error cometido, pero sí lo suficiente como para, de momento, aliviar a Karius de esa carga pesada y ayudarle así a continuar jugando en mejores condiciones de rendir al nivel que exigía el partido.

Sin embargo, lo que pudimos intuir desde la televisión (con el evidente margen de error que esa limitación conlleva) fue que el portero del Liverpool no pudo superar ese primer error. Primero, intentó negarlo protestando por algún factor externo que lo pudiera justificar. Has metido la pata, pero no quieres aceptarlo; y en tu desesperación buscas lo que sea para aliviar tu culpa; pero no lo encuentras, y eso te deja muy alterado. Cuando el Liverpool empató, le vimos como dando las gracias al cielo, probablemente sintiéndose algo aliviado cuando la desventaja que él había provocado se había compensado; pero, no obstante, por sus expresiones en esa y otras imágenes (insisto, con un margen de error), me dio la impresión de que el recuerdo de ese error tan sonado seguía atormentándolo, a pesar de que tuvo dos intervenciones acertadas.

No sé si pudo hacer más en el primer gol de Bale, seguramente no; pero es evidente que en el tercero del Madrid falló estrepitosamente. ¿En qué medida este segundo gran error habrá estado influido por el estado mental negativo que había provocado el primero? No lo sabemos; pero parece bastante probable que el primer error y sus consecuencias psicológicas hayan tenido mucho peso. Sin ese tercer gol, quizá el Madrid habría ganado igualmente, pero lo cierto es que cerró el partido y dejó al Liverpool definitivamente derrotado.¿Podría haberse evitado?

Esto nos lleva a la trascendencia del entrenamiento psicológico para poder controlar emociones adversas en situaciones y momentos críticos. En la mayoría de los casos, los deportistas de élite funcionan bien psicológicamente la mayor parte del tiempo sin necesidad de la ayuda de un psicólogo del deporte, pero muchos no son capaces de hacerlo en situaciones y momentos clave que son pocos en cantidad, pero muy decisivos; y es aquí donde el entrenamiento psicológico tiene un espacio de gran relevancia. ¿Merece la pena si, como en este caso, podría ayudar a ganar una gran competición (o al menos, a no perderla)?

Para el portero que (seguramente) no habrá podido dormir, la vida sigue; y aunque de momento haya quedado marcado por estos errores, lo importante es que, más allá de sufrir, lamentarse, sentirse culpable y desear que el tiempo retroceda, sea capaz de analizar lo sucedido sin echar balones fuera, reflexionando sobre su estado psicológico antes del primer error y como consecuencia de este; sometiéndose al entrenamiento adecuado para adquirir las estrategias que le permitan funcionar mejor en ocasiones futuras.

Chema Buceta
27-5-2018

@chemabuceta

lunes, 14 de mayo de 2018

EMOCIONES: ¿LAS CONTROLO YO, O ME CONTROLAN A MÍ?

                                            ¿Qué emoción propició que tirara la silla al campo?





La semana pasada impartí unas clases en el curso para la titulación de entrenador de fútbol que, en coordinación con la UEFA, organiza la federación española para ex jugadores internacionales. En una de ellas, nos centramos en la importancia de controlar las emociones propias para evitar que interfieran negativamente en el rendimiento del entrenador; es decir, no sólo es importante ayudar a los jugadores a controlar sus emociones, sino que resulta trascendente que el entrenador controle las suyas para poder ejercer su cometido con mayor acierto. De hecho, la experiencia demuestra que, al igual que sucede con los directores en la empresa u otros ámbitos, los principales errores de un entrenador se producen cuando no es capaz de controlar emociones intensas y son estas las que le controlan a él. ¿Si Bobby Knight, el legendario entrenador de Indiana, hubiera estado calmado en lugar de muy enfadado, habría tirado la silla al campo hasta la línea de los tiros libres, propiciando su expulsión? Seguramente, no. ¿Lo hizo aposta? Seguramente, tampoco. Parece obvio que no pudo controlar su enfado; que este le controló a él.

El control de las emociones incluye un proceso de autoconocimiento y autorregulación que el entrenador puede afrontar por su cuenta, aunque sin duda, la ayuda profesional de un psicólogo puede ser fundamental para que ese proceso se lleve a cabo de la manera más eficaz. En una primera fase, el proceso puede incluir los siguientes pasos:

(1)   Detectar las situaciones que provocan emociones intensas que resulta difícil controlar (por ejemplo: un marcador en contra; estar jugando mal; jugadores que no luchan, etc.).

(2)   Concretar qué emoción provoca cada situación (ansiedad, enfado, desilusión, euforia…) y cuantificar su intensidad utilizando una escala de 1-10 (1 intensidad mínima; 10, máxima).

(3)   Determinar las consecuencias de esa emoción: cómo afecta al funcionamiento del entrenador.

Por ejemplo:

(1)    Situación: un jugador pierde el balón en el centro del campo y eso provoca una ocasión de gol del rival.

(2)    Emoción: enfado; de intensidad 8.

(3)    Consecuencia: bronca tremenda a ese jugador, cuyo efecto es que a partir de la bronca, juega peor.

A partir de este análisis, el entrenador ya puede desarrollar algunas estrategias con tres posibles objetivos: 

(1) ¿Se pueden eliminar las situaciones que provocan esas emociones? Algunas se podrán eliminar, y otras no. Si se pueden eliminar, y no son imprescindibles, lo mejor es eliminarlas. Pensemos, por ejemplo, en una charla en el vestuario al terminar un partido que se ha perdido. Si se evita la situación, se elimina la emoción intensa que podría provocar y las consecuencias negativas que podrían derivarse de esta. 
  
(2)   Reducir la intensidad de la emoción, de forma que, con una intensidad menor, esta pueda ser controlada. En el ejemplo, parece que el entrenador no controla una intensidad 8, pero si fuera capaz de reducir ese 8, por ejemplo, a un 5 o un 6, quizá sí podría. Con este objetivo, las técnicas de relajación/respiración de aplicación in situ pueden ser muy útiles. También contar hasta 10, algún autodiálogo u otras que en cada caso particular puedan servir. No se trata de eliminar la emoción del todo, sino de reducir su intensidad para poder controlarla. 

(3) Realizar alguna acción sencilla que sea incompatible con la consecuencia de la emoción. En el ejemplo, algo que sea incompatible con echarle la bronca a jugador. Por ejemplo, dar alguna instrucción sobre la siguiente jugada, animar al equipo u otras.

Evidentemente, la tercera opción será más sencilla de aplicar si, previamente, la emoción ha sido controlada mediante estrategias que reduzcan su intensidad.

Mediante este proceso, cuando se presenten las situaciones críticas que el entrenador haya identificado, estas no le pillarán por sorpresa, y además estará preparado para utilizar las estrategias que haya desarrollado tanto para controlar la intensidad de la emoción como para poner en marcha acciones que sean incompatibles con las consecuencias. 

En una segunda fase, se instruye al entrenador en que, en realidad, la emoción que le controla no deriva directamente de la situación que aparentemente la provoca, sino de la interpretación que él hace de esa situación. Es decir, ¿cómo interpreta él la situación del jugador que pierde el balón? La emoción no será la misma si la interpreta como un error imperdonable que si la interpreta como un error normal que forma parte del juego.

Por tanto, es la interpretación de la situación lo que determina la emoción y su intensidad. ¿De qué depende esa interpretación? De factores como la expectativa que tiene el entrenador respecto a lo que debería pasar, sus creencias, su estado de ánimo, el estrés al que se ve sometido, los recursos disponibles, lo que esperan los demás, etc.  Ahora, los pasos a dar son:

(1)    Identificar cómo suele interpretar las situaciones críticas para que estas provoquen esas emociones intensas que le hacen perder el control y tienen consecuencias negativas en su rendimiento;

(2)    Identificar los factores (expectativas, creencias, etc.) que influyen en esas interpretaciones.

Tras esta reflexión, surgen nuevas posibilidades para controlar la emoción.

(1)   ¿Podría interpretar de otra manera esa situación? ¿De qué manera? ¿Qué sucedería si así fuera?

(2)   ¿Es posible modificar las expectativas, creencias, etc., que determinan esa interpretación?

En el ejemplo, el entrenador podría identificar que está influido por una expectativa como “nunca se puede perder el balón en el centro del campo para darle una oportunidad de gol al equipo rival”, y por eso, cuando el jugador pierde el balón, lo interpreta como algo catastrófico. Sin embargo, al reflexionar sobre esta expectativa, podría darse cuenta de que, en realidad, perder el balón es parte del juego y, por tanto (sobre todo con jugadores jóvenes o menos experimentados), es lógico que eso pueda suceder. 

Si de verdad asume este razonamiento, estará preparado para que cuando un jugador pierda el balón, su interpretación sea otra (“lástima; bueno, es parte del juego”) y, por tanto, esa emoción de enfado no se produzca o su intensidad sea menor, y la consecuencia de echar una bronca que perjudica el rendimiento del jugador, tampoco tenga lugar.

Uniendo todo, podemos ver que el control de la emoción puede incluir estrategias a distintos niveles:

(1) Evitar la situación cuando sea posible y no sea imprescindible.

(2) Reflexionar sobre la interpretación y lo que la provoca; y buscar alternativas que permitan interpretar de otra manera. No se trata de pensar en positivo, sino de buscar alternativas creíbles, que tengan sentido, que convenzan al interesado. Podría no haberlas, en cuyo caso este nivel no serviría.

(3) Técnicas para reducir in situ la intensidad de la emoción cuando esta se produzca.

(4) Acciones alternativas a la consecuencia negativa de la emoción.

El error de muchos entrenadores es pensar que es suficiente conocer el deporte y ser capaz de enseñarlo, olvidando que, sobre todo en algunos deportes, ellos también tienen que rendir. Y puesto que el rendimiento del entrenador está muy vinculado al control de sus emociones, este debería ser uno de los objetivos de mejora de cualquier entrenador, tan importante (y en algunos casos, más) como estar al día sobre los avances técnico-tácticos o de dirección de equipo.

Esto mismo se puede aplicar a cualquier persona en cualquier ámbito, ya sea profesional o personal. ¿Controlo las emociones que perjudican mi funcionamiento, o estas me controlan a mí?


Chema Buceta
14-5-2018

@chemabuceta

lunes, 19 de marzo de 2018

JAQUE AL RUGBY



¿Futbolización del Rugby?



Se las prometía muy felices la selección española de rugby, pues “sólo” tenía que ganar a Bélgica, un rival inferior, para estar en el próximo mundial. Un sueño que se había alimentado de méritos propios, derrotando en el último mes a Rumanía y Alemania, y una cobertura mediática y asistencia masiva de público, incluyendo al Rey Felipe VI, como nunca antes se había visto. En las últimas semanas, los buenos resultados, la presencia del monarca y las declaraciones del entrenador y los jugadores hablando de las excelencias de este equipo, su deseo insaciable de victoria, su determinación irreductible y su autoconfianza sin fisuras, calaron en los medios de comunicación y las redes sociales, y estos rescataron al rugby de su habitual anonimato. No, al nivel de protagonismo de Messi o Ronaldo, pero sí para despertar el interés de un gran número de personas.

Aprovechando esta plataforma mediática, también se habló de los valores del rugby: su deportividad, el respeto al árbitro, el tercer tiempo, etc. Somos muchos los que admiramos este deporte como ejemplo de máximo esfuerzo y al mismo tiempo respeto; en el que se lucha sin cuartel pero nadie protesta las decisiones del árbitro, se valora al adversario y se compite con dignidad; el escenario perfecto para educar a los jóvenes que lo practican y los adultos que los rodean; el modelo a seguir por otros deportes en los que, lamentablemente, con bastante frecuencia, se producen hechos bochornosos dentro y fuera del campo.

Como pasa tantas veces en el deporte, y más últimamente, gracias al potente impacto de las campañas agitadoras de los medios de comunicación, las redes sociales y, dónde existen, los departamentos de marketing o similares, el exceso de motivación puede jugar en contra de aquellos a quienes se pretendía beneficiar. La explicación psicológica es muy clara. Por un lado, esa sobremotivación contribuye a elevar el nivel de activación general del organismo (activación fisiológica y mental), y esa sobreactivación incide negativamente en el rendimiento. Así, el jugador sobreactivado toma peores decisiones y actúa con dosis de impulsividad o, al contrario, agarrotamiento, que no son las más apropiadas para rendir al máximo. Esto puede ocurrir durante todo el partido o sólo en algunas fases del mismo; incluso únicamente en pocas jugadas, pero provocando errores que resultan decisivos. 

Al mismo tiempo, puesto que las “estrategias” para motivar se suelen basar en el “seguro que podemos”, “tenemos que ganar como sea”, “no hemos llegado hasta aquí para fracasar”, "no podemos fallar", “vamos a hacer historia”, etc. y la euforia y “confianza absoluta” que se transmiten desde todas partes llegan a predominar en el ambiente, se crea una expectativa triunfal y una obligación de ganar (más aún, si se considera inferior al rival) que, de no cumplirse como se esperaba (por ejemplo, yendo con el marcador en contra o teniendo más dificultades de las previstas), transforman la motivación inicial en un estrés perjudicial que provoca una mayor sobreactivación e incide negativamente en el rendimiento.

No sé si es esto lo que le ha sucedido a la selección española de rugby, pero tiene pinta. Se trata de un partido que hay que ganar sí o sí, y las cosas no salen como se pensaba ante un rival inferior. Siempre con el marcador en contra. 12-0 en el descanso. No se consigue puntuar hasta que falta poco para el final, casi sin tiempo para remontar. Según se ha dicho después, “el equipo jugó mal”, “no estuvo a la altura”; y finalmente, Bélgica ganó. Una “tragedia” que no se esperaba. ¿Jaque al rugby? (Todavía queda la repesca; pero al parecer, la mejor oportunidad era esta).

Hasta aquí, algo que le puede suceder al más pintado, comprensible en deportes que necesitan salir del anonimato y aprovechan los focos para hacer ruido, darse a conocer más, vender entusiasmo y atender y atraer a seguidores y patrocinadores. Lógico. Ahora bien, si además se pretende obtener un buen resultado, es importante compaginar todo eso con el estado psicológico que el equipo necesita para ganar, y este, en los grandes partidos, no suele ser el de una euforia desmedida que provoca el subidón de los que más c… tienen, sino un estado de calma que compense la excitación lógica de ese momento y favorezca el análisis objetivo de las fortalezas y puntos débiles, la anticipación de dificultades que podrían plantearse y la elección y puesta en práctica de las mejores estrategias. El partido ya provoca una motivación alta, y por tanto, no hay que echarle más leña al fuego, sino compensar esa motivación para que no se pase de la raya y pueda canalizarse inteligentemente en beneficio del rendimiento.

Considerando la euforia existente antes del partido, es lógico que la decepción por la derrota de España haya sido grande, pero lo peor de todo, tal y como ha manifestado Alhambra Nievas, nuestra prestigiosa arbitro internacional, es que “se ha perdido mucho más que la clasificación directa a un mundial”. Ya en la retransmisión del partido, conforme este avanzaba y se veía que esa victoria tan esperada no se iba a producir, el comentarista empezó a hablar del mal arbitraje, y cuando terminó el partido se permitió resumir que “en este partido ha habido un protagonista: el árbitro”, cuya actuación contraria nos había hecho perder el partido. Esto no es nuevo, ya que este y otros comentaristas deben pensar que su misión es defender a la patria buscando un enemigo, el árbitro, cuando los resultados no acompañan. Una gran falta de responsabilidad social que una televisión pública debería tener muy en cuenta al seleccionar, aleccionar y evaluar a sus comentaristas deportivos.

¿Nos extrañamos de que haya espectadores o entrenadores que agredan a los árbitros o les insulten sin impunidad? ¿Es esta la mejor educación que puede ofrecer el deporte, menospreciando la autoridad del árbitro, humillándole y echándole la culpa de nuestros propios fracasos, en lugar de mirar hacia dentro para evaluar lo que hemos hecho mal? Es impropio de un comentarista profesional que tiene el poder del micrófono, abusar de este para culpar al árbitro como si fuera un hincha, un forofo, sin asumir la responsabilidad del daño que puede hacer a quienes le escuchan. Y es impropio de una televisión pública que sus profesionales transmitan un estilo de funcionamiento cobarde que justifica el fracaso echando la culpa a quien no puede defenderse.

El segundo comentarista, alguien del mundo del rugby, intentó contrarrestar la lamentable acusación del profesional de televisión, diciendo que había que respetar los valores del rugby, lo que suponía no hablar del árbitro, centrarse en superar esta decepción y pensar ya en la repesca que todavía da opción a clasificarse. Unas palabras muy sensatas en un momento difícil, muy coherentes con esos valores que tanto admiramos en este deporte. Pero la sorpresa no tardó en llegar; los jugadores españoles acorralaron al árbitro, supongo que le dijeron de todo (esto no puedo corroborarlo) y le obligaron a retirarse del campo protegido por personas que se interpusieron entre ellos y otras que sujetaron a los más envalentonados. Por un momento pensé que estaba en un partido de fútbol; pero no, aunque parezca increíble, ¡era rugby!; de ahí las declaraciones de Alhambra Nievas y otros muchos de este deporte que se han sentido avergonzados. ¿Futbolización del rugby?

Pasado un día, los jugadores, el entrenador y algún otro han pedido perdón, pero lo han hecho con la boca pequeña. Algunos han reconocido la gravedad de lo sucedido para la buena imagen de un deporte que presume de valores como el respeto y la deportividad por encima de todo, pero lo han achacado más a la actuación supuestamente partidaria del árbitro y, en menor medida o en absoluto, al inaceptable comportamiento propio. Este ha quedado eclipsado por su insistencia en que el árbitro les perjudicó y fue el principal responsable de la derrota. Alegan que era rumano y este resultado ha beneficiado a Rumanía; y que desde el primer momento, fue a por nosotros, a no dejarnos jugar; en fin, un atraco. 

Si en el rugby es posible que el árbitro sea de la misma nacionalidad que un tercer equipo implicado, es porque no se duda de su honestidad y se asume que se comportará con el fair-play que le corresponde y dignifica. Por eso no es extraño ver en un Gales-Escocia, por ejemplo, a un árbitro inglés, a pesar de que Inglaterra tambien participa en el torneo. Y si el árbitro se equivoca y te perjudica, se acepta con deportividad que es parte del juego. Se supone que ese es el ADN del rugby; una seña de identidad de la que este deporte se jacta. ¿O no? Evidentemente, se pueden cambiar las normas sobre las designaciones de los árbitros, pero habrá que hacerlo en el lugar apropiado y nunca en caliente. Y si aceptas jugar el partido con ese árbitro (aunque sea porque te lo imponen y no han atendido tu reclamación previa), pase lo que pase, hay que aguantarlo con dignidad y no dudar de su integridad, centrándote en lo que depende de ti para ganar el partido. ¿O es que lo hicimos todo bien? ¿De qué deporte estamos hablando? ¿Jaque al rugby?

Dice Alhambra Nievas que “debemos honrar los valores que el rugby defiende no sólo cuando es fácil, sino también cuando más cuesta”, y, de acuerdo con ella, sin duda se ha perdido, y se sigue perdiendo, una gran oportunidad de honrar esos valores, pues efectivamente, es en la adversidad cuando se demuestran los valores que tanto se pregonan. ¿Qué pueden pensar, hoy, los jóvenes que practican rugby, a los que se enseñan esos valores que ahora se han traicionado? ¿Qué ejemplo les han dado los jugadores internacionales, los ídolos en quienes se fijan, acorralando y persiguiendo al árbitro? ¿Qué ejemplo les siguen dando empeñándose en culpabilizarlo?

La frustración por no haber logrado un objetivo que se creía prácticamente alcanzado (casi se vendió la piel del oso antes de cazarlo) ha puesto el foco en un arbitraje que, según comentan muchos y yo no lo discuto, es muy probable que nos haya perjudicado, pero eso no es excusa para desviar la atención de los errores propios y, lo que es peor, traicionar la ética de un deporte hermoso, ejemplo de esfuerzo, deportividad y respeto que el deporte y la sociedad necesitan por encima de jugar un mundial. Sin embargo, de las declaraciones de algunos protagonistas se deduce que esto último es lo único que importa: “por lo civil o lo criminal” ha dicho el capitán. En el deporte de élite, la ambición por superarse y alcanzar metas valiosas, y la lucha sin rendición para poder lograrlo, perseverando sin tregua, levantándose una y otra vez cada vez que se tropieza, son valores de gran importancia que también enriquecen la educación de quienes lo observan, pero eso no justifica que cualquier medio valga; y el camino que, por su esencia, debe seguir el deporte, del que el rugby ha presumido siempre, es el del respeto a las reglas, el adversario y los árbitros, y el desarrollo de la fortaleza de aceptar la victoria y la derrota con la misma dignidad, con la cabeza alta, sin buscar excusas ni culpables externos.

Chema Buceta
19-3-2018

@chemabuceta
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lunes, 25 de diciembre de 2017

CUENTO DE NAVIDAD

                     Cuando escucho a los niños, noto en ellos más alegría que al recibir sus regalos”
                       Santa Claus


La empresa había crecido mucho, y él, su director general desde hacía bastantes años, era consciente de que los nuevos tiempos exigían nuevas formas de liderar. Antes, él llegaba a todo, pero ahora necesitaba directores que aportaran ideas, tomaran decisiones y, a su vez, fueran capaces de empoderar a sus propios subordinados. Lo tenía claro, pero otra cosa era ponerlo en práctica. Su costumbre raramente incluía escuchar y tener en cuenta ideas que no fueran las suyas, y además solía minimizar a quienes planteaban algo que no concordaba con lo que él pensaba, por lo que el hábito de no opinar se había instalado en esos directores que gestionaban los diferentes departamentos y filiales de la compañía, así como en los que sufrían el liderazgo mimético de estos, pues tendían a dirigir como a ellos los dirigían.

Había leído interesantes libros sobre liderazgo y trabajado con un coach que le había ayudado mucho, pero no era suficiente. Faltaba algo. Y él y los suyos necesitaban cambiar su estilo de dirección lo antes posible. Hablando con el director general de otra empresa surgió el tema, y este le recomendó una estrategia que él mismo había utilizado.

“Necesitas un modelo que te permita observar cómo puedes poner en práctica todos esos conocimientos”, le dijo su amigo.

“¿Un modelo?”, se sorprendió él. “Ya he visto muchos de esos role-playing, si es eso a lo que te refieres, y me ha venido bien, pero en la situación real es otra cosa”.

“No, no. Lo que yo te digo es que contrates a alguien que te sustituya en una situación real, por ejemplo, en una reunión; sin que nadie más lo sepa, claro; y así tu podrás observarle y verás el efecto que tiene”, explicó el otro director.

Germán, así se llamaba él, se quedó atónito. Pensó que su amigo le estaba tomando el pelo o se había vuelto majara, pero sabía que era un hombre con mucha experiencia, cuyo criterio respetaba, que no gastaba bromas cuando se trataba del trabajo.

“¿Y quién puede hacer eso?”, preguntó. ¿Y cómo no se van a dar cuenta de que no soy yo?, siguió preguntando. “Y cómo voy a observarlo si se supone que soy el que habla?”, no dejó de preguntar.

Fabio, así se llamaba el amigo, le puso en contacto con la prestigiosa agencia “El Sustituto S.L.”, y esta diseñó un plan muy innovador que Germán, con dudas respecto a su eficacia, esa es la verdad, aceptó poner en práctica. Y llegó el día D. Como estaba cerca la Navidad, todos los directores y el propio Germán (su sustituto) acudieron a una reunión vestidos de Papá Noel. La empresa les proporcionó el vestuario apropiado, incluidos la barba, la peluca y un almohadón para simular la gran panza de Santa Claus, y contrató a un especialista en vestir a actores para que los asistentes no fueran simples personas graciosamente disfrazadas, sino personajes auténticos. Un gran montaje. Aprovechando esta circunstancia, el sustituto pudo aparecer como si fuera Germán y este como uno más de los directores, pues allí, salvo en unos pocos, el anonimato era total.

Comenzó el sustituto la reunión dando las gracias por colaborar con la iniciativa y, sobre todo, por el esfuerzo realizado durante el año, lo cual sorprendió a la mayoría de los presentes, poco acostumbrados al agradecimiento de Germán. Después, siguiendo la información que previamente le había dado el verdadero director, planteó la necesidad de tomar una decisión estratégica y poner en práctica un plan de acción, para lo cual pidió a los directores que aportaran sus opiniones. El silencio fue la respuesta. Nadie se atrevió a hablar. Germán, parapetado en su disfraz, se puso tenso, al igual que estaban los demás soportando ese silencio que parecía infinito. El sustituto había preguntado con cordialidad, pero a pesar de eso, nadie levantaba la mano. Como ahora era uno más, nuestro amigo se puso en la piel de esos directores que no opinaban y se dio cuenta de su miedo a meter la pata, a no agradar, a caer en desgracia. 

El sustituto no perdió la calma. Sin acelerarse, ni alentar o rogar que participaran, pidió a los directores que lo comentaran en parejas con el Papá Noel que tenían al lado. Los directores se miraron extrañados, pues nunca habían hecho algo así, pero pronto comenzaron a interactuar y se involucraron mucho. Pasados unos minutos, el sustituto reunió de nuevo a todos y preguntó sobre lo que habían hablado. Nadie levantó la mano, pero él tuvo claro que su disposición era mejor, y aprovechándolo se dirigió a dos de ellos:

“¿Os parece bien empezar vosotros?”.

Respondieron afirmativamente y comenzaron a hablar, y el que hacía de director general se limitó a escuchar con atención y repetir lo que decían, pero sin valorarlo; después, preguntó a los demás si habían pensado lo mismo o algo diferente. Así, poco a poco, fuero hablando muchos de ellos, cada vez con más soltura, y durante todo el tiempo el sustituto se centró en escuchar y dar la palabra a unos y oros, repitiendo, resumiendo, señalando las coincidencias en lo que decían y también las discrepancias, pero sin posicionarse ni menospreciar ninguna idea. 

En su atalaya, Germán estaba impresionado. En el ejercicio por parejas había coincidido con el director de una filial que, curiosamente, no le había reconocido, y se dio cuenta del entusiasmo de este por compartir sus ideas con un compañero. Después, durante el debate colectivo, le impactó que los directores participaran tanto. Nunca había ocurrido antes. ¿Qué poder tenía ese sustituto? Quizá era por el anonimato de quienes hablaban, aunque es cierto que a algunos se les reconocía, pero también podía ser por la forma en la que el que dirigía facilitaba que participaran sintiéndose respetados. ¿Era este el gran secreto?

En un descanso, Germán y su sustituto se reunieron aparte del grupo. Este le preguntó en qué se había fijado, y siendo sus respuestas bastante apropiadas, le planteó que en la continuación fuera él quien dirigiera la reunión. Germán estaba asustado ante un desafío que no sabía si podría afrontar con éxito, pero el sustituto, con oportunas preguntas y alguna sugerencia, le ayudó a centrarse en lo más importante que tenía que hacer: acciones concretas que dependían de él, y, así, su autoconfianza se fortaleció. Además, utilizó un ejercicio de respiración que había aprendido, y eso le ayudó a rebajar la tensión. 

De nuevo en la sala, nadie notó el cambio. Germán siguió la pauta de su sustituto y los directores continuaron participando hasta alcanzar entre todos valiosas conclusiones. Finalizando la reunión, el director general se quitó el gorro, la barba y la peluca y pidió a los demás que también lo hicieran. Fue un momento muy divertido; algunos se habían caracterizado muy bien y sólo entonces se supo quiénes eran; y por supuesto, nadie supo del cambio de director. Aprovechando el buen ambiente, Germán les felicitó por haber participado tan activamente y les propuso que, a partir de ahora, habría reuniones participativas como esta, aunque sin los disfraces, y les alentó a que hicieran lo mismo con sus respectivos equipos.

“Tenemos que crear un clima no amenazante para que todo vosotros y quienes dependen de vosotros, puedan expresarse libremente; y para eso, tenemos que aprender a escuchar con interés sincero y respeto; ese será uno de los principales objetivos para el próximo año. ¿Os parece bien?”.

Cuando la reunión finalizó, el sustituto había desaparecido. Germán quiso darle las gracias por su decisiva aportación, pero no lo encontró, y nadie supo decirle cuándo se había ido. Pensó en llamar a la agencia al día siguiente, pero por la tarde esta se adelantó.

“Llaman de la agencia El Sustituto”, le informó su secretaria, muy extrañada, pues era la única que además de Germán, conocía lo sucedido. “Preguntan cuándo tienen que mandar a ese sustituto que habíamos pedido”.

“¿Cómo?” se sorprendió él. “¡Pero si ya ha estado aquí esta mañana!”.

“Eso les he dicho yo”, respondió la mujer. “Pero insisten en que ellos no han mandado a nadie, y menos con un traje de Papá Noel”.



¡Felices fiestas, y que el espíritu de la Navidad permanezca todo el año!

Chema Buceta
25-12-2018

@chemabuceta






 


domingo, 24 de diciembre de 2017

CHILDREN HUMILIATED

                                         Should he allow the weaker opponent to score?


(Adapted upon request from the Spanish version written on 20-12-2018)


I have written a lot about this subject, and I thought I would not do it again. However, I find hard to ignore so many absurd overprotective comments that often appear when a team wins by many goals or points in a children football or basketball game. This time it was in Las Palmas (Gran Canaria, Spain), where in a 10-year-old children's football match, the Unión Deportiva team (from the club whose professional team is in the top division of Spanish football) defeated a modest team by 47-0. Two days later, most probably there were not news about Ronaldo`s or Messi´s issues, and surprisingly, the sports section of a powerful national television network opened with the news of this "scandalous" result illustrated with a strong label: "Children humiliated”. Then, the usual: that in these ages the important thing is education (what education?), that the values ​​of sport… (without saying which values), that something must be done to avoid children having traumas (sic) , that from 5 or 10 goals difference no more goals should be registered in the score sheet…

The coach of the Union Deportiva (the winning team), who was considered by the media and the social networks as guilty for this "abuse", defended himself by saying that he had instructed his players to focus on different objectives rather than to score goals (!); obviously, seeing what happened, to play a football game without trying to score was something that these 10-year-old lads did not understand well; and furthermore, taking into account that the opponent is the last at the competition standing with no wins and neither draws, and has been heavily defeated by many other teams, the difficult thing was not to score unless the goal would had been removed!, an idea that I would not be surprised if soon is suggested by an illuminated "educator" or "psychologist". An adult linked to the defeated team, asked about how the children felt, said that they felt bad "because all the noise in the media and the social networks about their heavy defeat”. Not due to the defeat itself, but because the noise in the media and the social networks!


In these ages, children may participate either in non-competitive physical activity or competitive sport without giving importance to results, standings, etc., which usually is the most appropriate to  benefit from the experience; but if they compete, they compete; and then they have to learn to compete with dignity and accept any result. Losing by many goals or points is not humiliating, neither the kids usually perceive it like this in first place. We, the adults, through our comments in the media and social networks or expressing this in front of the kids, are the ones who encourage the idea that it is humiliating. On the contrary, losing by many goals or points is a great opportunity to become stronger and begin to understand life better. Obviously, if this happen every weekend it would be something very frustrating which will provoke that children feel discouraged and may want to quite from sport, so it is not good that this happen very often, although in no case will it cause traumas that impede the healthy development of children involved in sport. Please, do not invent!

The best situation is that a team that competes, play most of the games against opponents of similar level, but nothing happens if from time to time it loses or wins by a big score difference. And if a team receives heavy loses every week, this means that it is not participating in the competition that corresponds to its level. That being the case, the responsibility of the repeated abrupt imbalance in the scoreboard is not of those stronger opponents who put their effort into scoring goals (which is the purpose of the game), but of the adults who have registered that very weak team in the wrong league. Is there only that league? In football it is unusual that there are no other options, but being the only league available it would be more reasonable to find other alternatives to play football, such as for example, training to improve and playing games among themselves until the players have the proper level to compete against external opponents. 

It is questionable whether powerful clubs like the Union Deportiva or others, should have 10-year-old teams. Probably, they should not. They gather the best players of their environment weakening their opponents, and also have better means to prepare, so, usually, their competitive experience every week is killing very inferior rivals. Is that the best way to improve for those children who stand out now? Evidently, no; and in fact, the vast majority does not go very far. But this is another issue that should not deviate us. Whether being superior, similar or inferior to the adversary, participating in a competition match is, as the name indicates, competing; and in football that means trying your best to score goals and avoid that the other team scores. We talk about developing values ​​and education over sports performance in youth sport. Agree; but what values ​​are those? Don´t do the best effort? Is that educational? Respecting the weaker opponents is not to make it easy for them, but to act with sportsmanship, without mocking neither exceeding external signs of euphoria when the team is winning widely. With that respect, the inferior team is not humiliated. However, it is very humiliating to know yourself inferior and to see that the superior rivals don´t want to shoot to score because they feel pity about you. What about the dignity of those who lose? Is it related to a not bulky score, or to the fact that the opponent respects you as an equal? Children humiliated because they lose heavily, or because they are treated like low category poor boys who need a charity treatment?


About stopping the registration of goals or points in the official score sheet when the difference is very wide (for example, just after 10 goals in football or 50 points in basketball, as it is ruled in some regions of Spain), with all my respect to those who support this, it is one of the most aberrant and humiliating measures that I've heard in my life. The officials may stop registering goals or baskets achieved, but as currently happens, these will continue to be covertly counted by parents, coaches and the own children, so everyone will know what the real result is. Why this overprotection? We defend that sports should serve to educate children, and nevertheless, we teach them to ignore reality and believe in a lie to feel better. Educational? Values? It is much more humiliating to have to explain that the score sheet had to be closed because the other team had 10 goals of advantage in the 20th minute, than saying that the other team was much better and then won by many goals or points. Moreover, as I pinpointed above, the latter is not humiliating, but part of a competition game. And the experience of many years in sport is that, regardless how hard it is, children learn to assume defeat when adults around them accept it naturally. Those who speak of humiliation are coaches, managers, organizers and parents. They are the ones who feel humiliated or interpret that children are humiliated. It is the ego of adults that suffers, and that is coupled with the tendency to overprotect children: always have to have fun; always have to be happy; never have to feel the slightest disappointment or frustration. Is this education for life?

In "Alice in Wonderland", there is a race in which the participants leave and arrive from and to where they want, and in the end, the verdict of the dodo bird is that all have won and, therefore, all must get the prize. When sport becomes this, it may continue to be a source of entertainment, but it loses its strength as an educational and value development tool. The sport competition is a very valuable instrument to learn to tolerate frustration, overcome difficulties, persevere to improve, seek excellence and become mentally stronger, always respecting colleagues, opponents and rules. A powerful tool that teaches to accept that sometimes you win and others you lose,  and offers the opportunity to learn to manage both "impostors": victory and defeat; the joy and the disappointment. Obviously, the competitive dose should be appropriate according to the age and level of the participants, but this does not mean that absurd norms must distort which in reality means competing. Following the aberrant contradiction of  “doing competitive sport but without competing”, why not to establish that all the teams, necessarily, have to score a minimum of goals so that the children leave happy and have no “traumas”? In the last part of the game, the goalkeeper of the team winning by many goals would have to let the opponent to score (educational?). And even if those goals were not scored, the score sheet of the game would reflect that they were achieved (educational?). It could be also established that those who are much better should play just with one leg, or to remove from the pitch the goal of the team that is losing, so the superior opponent can´t get more goals. More ideas to enhance the "educational" values of sport?


The problem is not in the competition, neither the solution in adulterating its essence, but in how we adults handle such a powerful tool. There are coaches who are obsessed with winning at all costs; parents who press and overprotect their children; organizers who invent rules to justify their presence; and media that take advantage of striking results to denounce alleged grievances that are soon forgotten. Luckily, there are also many adults who act responsibly and understand that the protagonists are the children and not their own egos, disruptive ideas or changing emotions. These adults understand, and act accordingly, that truly competing, with better and worse days, joys and frustrations, help young athletes to become stronger to face life, and that both inappropriate demands and overprotection nullify or minimize this valuable effect.

"We lost 47-0 and we go with our heads up because we did what we could and the rivals were much better. Congratulations to them. And thank you for treating us with respect, without feeling pity for us. Now we are somewhat discouraged, a little low. It is normal. But on Tuesday we will train and have fun playing football again. And next week we have another game. Let's see if we do it better than today”.


In order to take advantage of sport to develop mental strength and promote key values ​​to cope with life, it would be more appropriate that adults help children to react more or less like above, instead of insisting on the absurdity of being humiliated or supporting that the score sheet of the game should reflect a lie. Children humiliated, or adults who miss the opportunity to educate them?

Chema Buceta
Basketball Coach and Sport Psychologist
(English version: 24-12-2017)
 @chemabuceta