miércoles, 6 de marzo de 2019

VENDER LA PIEL DEL OSO...

                                           ¿Eliminatoria decidida en el partido de ida?



 En menos de una semana, el Real Madrid ha sido eliminado de la Copa del Rey, (prácticamente) se ha despedido de la liga y ha caído en la Champions, sufriendo la humillación de tres derrotas consecutivas en su propio estadio, con un gol a favor y ocho en contra. No voy a analizar los motivos futbolísticos de estos malos resultados, pues para eso están los especialistas, aunque es interesante observar cómo los elogios de hace sólo tres semanas, tras empatar en Barcelona y ganar a domicilio al Atleti y al Ajax, se han convertido ahora en disparos a diestro y siniestro. 

Sin duda, las derrotas contra el Barcelona han sido muy dolorosas por su inapelable contundencia y la constatación de los tumbos que el Madrid ha ido dando, ya desde la “planificación” de la temporada, tanto en el campo como en los despachos. Pero quedaba la Champions, y se quería creer que lo sucedido el año pasado se podría repetir (muy mala temporada en España, pero se gana la Champions), salvándose así los muebles. Por eso, ese 1-4 contra el Ajax ha sido especialmente sangrante.

Centrándome sólo en lo psicológico, hay varios factores que, en cierta medida, han podido contribuir a que el Madrid haya quedado eliminado tras haber ganado allí por 1-2. El primero es este resultado tan favorable, pues hacía presagiar que el partido de vuelta sería “fácil”. En esa misma dirección apuntó la autoexclusión de Sergio Ramos con esa tarjeta amarilla provocada. Todo el mundo sabe que esto se suele hacer en el partido anterior a otro de trascendencia menor en el que la participación del sancionado no se considera necesaria, por lo que el mensaje del capitán estaba claro. 

El mayor impacto del liderazgo no está en las arengas a los compañeros o las declaraciones públicas que apelan a la tradición, el orgullo, echarle huevos o cualquier otro tópico de “ganador” que los aficionados quieren oír, sino en las acciones de quienes lideran, ya que son estas las que infuyen decisivamente en las actitudes y comportamientos de los liderados. En este caso, el capitán vende el oso antes de cazarlo, y por eso se permite ausentarse del partido de vuelta como si fuera simplemente un trámite.

Paralelamente, parece muy probable que la autoconfianza colectiva se hubiera debilitado tras los malos resultados frente al Barcelona. Ya en el segundo partido (el de liga), sin entrar en lo futbolístico, el ímpetu del equipo no fue el mismo. La sensación que dio fue de cierta aceptación de la situación, de saberse impotente a pesar de tener que superar un solo gol. En parte es lógico tras el varapalo y la eliminación de la copa en un partido en el que, jugando mejor, fue incapaz de hacer valer la ventaja que traía del partido de ida. La autoconfianza colectiva es un elemento psicológico de gran trascendencia para contrarrestar el estrés (la ansiedad) que conlleva un partido importante y favorecer el máximo rendimiento. En su ausencia, se cometen más errores, se cree menos en que el desafío es posible, predominan más la impulsividad y el esfuerzo individual por encima de lo colectivo y hasta es más probable que se produzcan lesiones (¿casualidad las dos lesiones en la primera parte frente al Ajax?).

Otro factor a tener en cuenta es la ausencia de jugadores carismáticos en los papeles principales del equipo. No entro en si futbolísticamente es lo apropiado, pero para la cohesión de equipo no suele ser una buena medida. Evidentemente, esto no quiere decir que haya que poner a las vacas sagradas, hagan lo que hagan, en detrimento de compañeros que están mejor, pero es importante que los jugadores que más pueden sumar o restar se sientan muy involucrados, de forma que tiren del equipo y no al contrario; y si en un mes con tantos partidos trascendentes hay varios pesos pesados que apenas cuentan, mal asunto.   

En estas circunstancias, los partidos “trampa” (es decir, aparentemente más “fáciles”), como este contra el Ajax, son más peligroso aún, ya que, de manera más o menos consciente, se perciben como un pequeño respiro y, al mismo tiempo, una buena oportunidad para, casi con seguridad, sin necesidad de hacer un buen partido, borrar derrotas dolorosas y continuar vivos. El problema llega cuando las cosas no salen como preveía un guion que auguraba un partido de guante blanco. Evidentemente, había que jugar, pero no se esperaba que un equipo que ni siquiera lidera una liga menor, al que se había ganado en su casa y que necesitaba por lo menos dos goles, pudiera darle la vuelta a la eliminatoria. De hecho, el capitán se había autoexcluido pensando ya en el siguiente rival. 

Los dos goles del Ajax en los primeros 20 minutos, estropearon ese partido que se intuía cómodo. Entonces, la amenaza de un nuevo fracaso, la fragilidad de una autoconfianza colectiva débil y la falta de jugadores con peso que tirasen con eficacia del carro favorecieron que la ansiedad tomase las riendas, reflejándose en la precipitación, el desorden, la ausencia de criterio, la falta de puntería y, probablemente también, en cierta medida, las lesiones de dos jugadores que abandonaron el campo en la primera parte.  

Jorge Valdano denunció algunos de estos síntomas desde su posición de comentarista. Tras los goles del Ajax, subrayó repetidamente que el Madrid tenía que poner pausa en su juego, en vez de querer resolver el partido impetuosamente. Con acierto señaló que el equipo perseguía el gol en lugar de centrarse en jugar bien para, a partir de ahí, sumar en el marcador. Puede parecer paradójico, pero tiene mucho sentido. Sobre todo en momentos de mayor estrés y dificultad, para conseguir un determinado objetivo (en este caso, marcar goles), el camino no es obsesionarse con el objetivo en sí, sino centrar la atención en lo que hay que hacer para que ese objetivo sea más probable. Como es lógico, cuando queda poco tiempo, la estrategia será diferente a la que más conviene en la primera parte, pero en cualquier caso, se trata de controlar la situación mediante un esfuerzo colectivo inteligente, en lugar de actuar impulsivamente o yendo por libre.  

Se está destacando que, en este partido, se echó en falta a Sergio Ramos, tanto en lo futbolístico como en su capacidad de liderazgo. Seguramente, fue así. Pero el partido se juega desde mucho antes de los 90 minutos, y lo que parece que sí caló en las semanas y los días previos fue su inconfundible mensaje: No hace falta que yo juegue; podemos vender, ya, la piel del oso.


Chema Buceta
6-3-2019

@chemabuceta

lunes, 18 de febrero de 2019

¿COMPENSACIÓN INCONSCIENTE?









¿Quién ayuda a los árbitros?



Leo con mucha pena las declaraciones de algunos jugadores del Real Madrid denunciando que les han robado la final de la Copa del Rey de baloncesto; y con más pena todavía que el club amague con retirarse de la ACB por sentirse perjudicado y no haber recibido disculpas. Es muy triste que un club que presume de tanta solera y es buque insignia del baloncesto español caiga en la trampa de la rabieta por haber perdido un partido que, a falta de 10 minutos, dominaba por 14 puntos. Está claro que la decisión final de los árbitros le perjudicó gravemente, pero puestos a buscar responsables, parece obvio que han tenido más peso los errores propios en ese último cuarto que ese único error arbitral tras consultar en el instant replay las imágenes de la jugada.

Además, no se puede obviar que el error más grave de los árbitros tuvo lugar en una acción anterior, cuando no señalaron una clarísima falta de un jugador del Madrid que habría puesto el punto y final a favor del Barcelona. La pataleta de ahora, recordando además una decisión adversa del año anterior, pretende denunciar la intención de los árbitros de perjudicar al Madrid en beneficio del Barcelona (“un robo”), pero si fuera así, lo más fácil habría sido señalar esa inapelable falta previa que hasta el más fanático madridista vio. De haberlo hecho, nadie lo habría criticado. Por el contario, esa decisión favoreció al Madrid, dándole una opción de ganar que, de otra forma, no habría tenido. Tampoco se puede decir, como probablemente se habría insistido de haber perdido el Barcelona (en este caso, con más razón), que los árbitros quisieran beneficiar al Madrid, pues de haberlo hecho habrían ignorado la última acción y el Madrid habría ganado.

Los hechos demuestran, por tanto, que no ha habido una intención deliberada de perjudicar o beneficiar a uno u otro equipo. El arbitraje, hasta esas dos últimas jugadas, fue bastante bueno: a la altura de un partido de esa trascendencia entre dos equipos de altísimo nivel que hasta llegó a la prórroga. Pero el deporte de alta competición es así: en una jugada puedes arruinar una actuación brillante; les sucede a los jugadores, a los entrenadores y también a los árbitros. Estos últimos, como los anteriores, son personas; y como tales, cometen errores. La diferencia es que los errores de los jugadores y los entrenadores son en perjuicio propio, mientras que los de los árbitros perjudican a otros, pero no por eso dejan de ser errores que acompañan al ser humano.

Otra cosa es que, siendo inevitable que se produzcan errores, se tomen medidas para prevenirlos y minimizarlos. Y para eso, en primer lugar, es conveniente encontrar una explicación. Veamos algunas preguntas relevantes respecto a la primera jugada (la falta no señalada a favor del Barcelona): (1) ¿Estaban los árbitros físicamente bien preparados para, en una jugada tan rápida de campo a campo, al final del partido, poder juzgar sin verse afectados por el cansancio? (2) ¿Estaban los árbitros técnicamente preparados desde su conocimiento del baloncesto, para anticipar que en la situación de ese saque de fondo, la probabilidad de ese pase largo era muy alta y, por tanto, era conveniente situarse más cerca de la otra canasta o estar listos para reaccionar muy rápido? (3) ¿Estaban mentalmente bien preparados para controlar el exceso de activación que podría estar presente en un momento tan crítico de un partido tan trascendente? El exceso de activación provoca un estrechamiento de la atención y dificulta la toma de decisiones. Si no se controla adecuadamente, puede interferir en el rendimiento. (4) ¿Por qué no señaló la falta, tan evidente, ninguno de los tres árbitros? ¿Por respetar el espacio del compañero que supuestamente debería haberlo visto? ¿Por “el uno por el otro y la casa sin barrer” en un momento muy delicado? ¿Simplemente, ninguno lo vio desde la posición en que estaba? 

Se trata de árbitros internacionales de primer nivel, y me consta que se preparan físicamente, conocen bien el baloncesto y, mentalmente, aunque carecen de un entrenamiento específico consistente, suelen funcionar bien, pero aquí está otra de las claves del deporte de alto rendimiento: los deportistas, los entrenadores y los árbitros de élite suelen funcionar bien la mayor parte del tiempo, pero a veces, las circunstancias de la situación les superan, y eso interfiere negativamente en su rendimiento. Le pasa a los más grandes, y ayer pudo sucederle a estos árbitros. ¿Es suficiente la preparación y el apoyo que tienen? Es evidente que no basta con prepararse por su cuenta, por muy bien que lo hagan, sino que, como cualquier deportista de élite, necesitan el apoyo y el seguimiento de profesionales de alto nivel en todas las áreas: ¿lo tienen en la ACB?

Cometido el primer error, lo que es lamentable es que las normas no permitan revisar esa jugada en el instant replay. ¿Para que está, entonces, si no se puede revisar una jugada tan decisiva? Habrá que confiar en que lo sucedido sirva para modificar este aspecto. En su ausencia, me gustaría saber qué ha pasado en ese último tiempo muerto a falta de cuatro segundos. Es muy probable que los árbitros tuvieran dudas respecto a la falta que no habían señalado y que había cambiado el partido por completo. La máxima arbitral de que el partido lo decidan los jugadores y no los árbitros estaba en entredicho. ¿Se sentían culpables? ¿Dudaban? ¿De qué hablaban? ¿Se preparaban para una jugada decisiva que, seguramente, sería muy difícil de arbitrar? ¿Qué harían los equipos? ¿Previeron los árbitros que lo más probable era que un jugador del Barcelona penetrase buscando la previsible falta? ¿Qué pasaba con el exceso de activación (nerviosismo) que seguramente estaría presente? ¿Qué pensamientos pasaban por sus cabezas? ¿Cómo se apoyaron entre ellos? En ese tiempo muerto los dos equipos prepararon estrategias que habrían ensayado infinidad de veces. ¿Qué estrategia prepararon los árbitros? ¿Tendrían preparado algo?

En la jugada definitiva dio la impresión de que se pitaba algo confiando en que el instant replay daría una solución. ¿En qué condiciones psicológicas revisaron los árbitros esas imágenes? ¿Estaban nerviosos? ¿Pudieron analizar con la tranquilidad necesaria una jugada tan difícil y de tanta trascendencia en un partido tan importante? Es lógico que surjieran las dudas. Y en la duda, ¿la compensación? Hoy me lo han preguntado varias veces. No creo que haya existido de forma consciente, pero inconscientemente es posible. Sobre todo en situaciones críticas, nuestra predisposición psicológica, que suele ser inconsciente o no del todo consciente, puede influir decisivamente en nuestra forma de ver las cosas y, a partir de ahí, en nuestras decisiones. La predisposición psicológica (inconsciente) de esos árbitros cuando salieron de ese tiempo muerto y, sobre todo, cuando acudieron a la mesa a visionar la jugada, es muy probable que apuntara en la dirección de encontrar razones para dar por buena una canasta que compensase el gravísimo y decisivo error de la jugada previa. Eso no quiere decir que lo hayan hecho aposta, deliberadamente; sino que podría existir ese sesgo mental que a todos nos puede influir en nuestra forma de ver y valorar las cosas. Se supone que a un árbitro, y menos aún de este nivel, no le debe influir un error en su juicio de jugadas posteriores, y habitualmente es así, pero en un momento tan estresante, sin hacerlo a propósito, es muy posible que haya sucedido eso. Un error humano; en este caso, al no poder controlar esa probable predisposición psicológica que ha podido provocar una “compensación inconsciente”. ¿Se podría haber evitado? Quizá no; pero habría sido mucho más probable con la preparación y el apoyo que corresponden a deportistas (los árbitros) a los que se exige tanto.

Dicho todo esto, reitero que es impresentable que se diga que al Madrid le han robado el partido. No se puede obviar que perdió una ventaja considerable y que, poco antes de la jugada final, un error muy grave de los árbitros le dio la posibilidad de ganar cuando tenía el partido perdido.

Los tres árbitros de esta final son muy buenos árbitros; pero son humanos; y lo que hay que hacer es proporcionarles los medios para que puedan hacer su trabajo con el menor número de errores.


Chema Buceta
18-2-2019

@chemabuceta
www.palestraweb.com
www.psicologiadelcoaching.es






lunes, 24 de diciembre de 2018

CUENTO DE NAVIDAD



  "Nos falta Santa Claus"


Esta historia sucedió hace siete u ocho años en Holanda, donde a Papá Noel le llaman Santa Claus. Es una historia secreta que me contó su protagonista. Pocos la conocen. Al publicarla, me comprometí a respetar la confidencialidad, y por eso he cambiado los nombres y algún detalle más. Lo demás es todo cierto… o así parece.


Faltaba poco para la Navidad y Willem Van Dijk, director general de una cadena de grandes almacenes, se reunió con sus directivos para organizar los últimos detalles.  Como sucedía siempre en estas fechas, la gente abarrotaría las tiendas y las ventas se multiplicarían, pero se necesitaba un esfuerzo extra para que todo funcionara bien y se cumplieran los dos grandes objetivos: vender mucho y que los clientes estuvieran a gusto, se fueran muy satisfechos y desearan volver a lo largo del año.

Comenzó la reunión repasando cosas que para satisfacción de todos estaban resueltas, pero cuando le llegó el turno, el director de recursos humanos activó la alarma:

--- “Nos falta Santa Claus”

--- “¿Cómo?” --- interrogó Willem, sin querer creérselo.

--- “Así es” --- confirmó el director --- “No hemos encontrado a nadie que tenga el perfil adecuado”.

--- “Pues hay que solucionarlo como sea” --- sentenció Van Dijk --- “Es muy importante tener a Santa Claus para atender a los niños. Es Navidad, y Santa es el principal protagonista. Si es necesario, ofrece más dinero”.

--- “Ya lo hemos hecho, pero no es cuestión de dinero. Los que se ofrecen no quieren trabajar tantas horas, o carecen del carisma y la empatía que exige un buen Santa Claus”.

--- “¿Entonces?”

--- “No sabemos qué hacer” --- contestó el director de recursos humanos encogiéndose de hombros --- “Tampoco podemos poner a nuestros propios empleados; los necesitamos en sus departamentos; y, además, los chicos podrían reconocerlos”.

Alguien sugirió poner un anuncio, pero la idea era descabellada, ya que los niños podrían leerlo y se les caería el mundo encima. Otras ideas también fracasaron, y la reunión terminó sin una solución.

Willem Van Dijk estaba muy preocupado. El problema era grave y había que solucionarlo pronto. Esa noche, ya en la cama, le dio vueltas y más vueltas sin que se le ocurriera nada, y tardó mucho en quedarse dormido. Algo debió suceder entonces, porque pasadas unas pocas horas, todavía de noche, despertó de repente con una idea que le pareció brillante: ¡contratar al verdadero Santa Claus! “¿Quién mejor que él para hacer esa función?” --- razonó --- ¿Por qué buscar a un sustituto, pudiendo tener al Santa Claus auténtico?”. Atrapado en su euforia, se convenció de que ese sería un auténtico bombazo, una jugada perfecta, algo verdaderamente innovador que nunca había hecho nadie.

Existía un problema, claro: ¿cómo localizarlo? Recordó que Santa Claus vive en el Polo Norte, y enseguida llamó a un antiguo socio que vivía en Finlandia para pedirle ayuda. Este, sin salir de su asombro, porque además eran las cuatro de la madrugada, le dijo que haría unas gestiones, pero en realidad pensó que Willem le tomaba el pelo o, como insistió tanto, que estaba borracho o se había vuelto loco. Pasadas unas horas, como Willem no hacía más que llamarle para preguntarle como iban las gestiones, decidió decirle que ninguno de sus contactos en el Polo Norte sabía cómo encontrar a Papá Noel, y así se lo quitó de encima.

Como podéis imaginar, Willem no se dio por vencido. Cuando tenía una idea que le convencía, la perseguía hasta hacerla realidad, y ese era el caso. Visualizaba al verdadero Santa Claus sentado a la puerta de su tienda principal, y no pararía hasta lograrlo; o al menos, hasta haberlo dado todo intentándolo. Llegó muy pronto a la oficina y, sin perder un minuto, encargó a todos sus directivos que lo dejaran todo y buscaran por donde fuera la dirección del verdadero Santa Claus.

--- “¿Cómo…?”

--- “Sí, sí; lo que habéis oído; la dirección de Santa, del verdadero. Me da igual que sea una dirección postal o el email; mejor el email, sí; o el número de teléfono…”.

Como el amigo de Finlandia, los directivos estaban perplejos. Sabían de las ocurrencias extravagantes que de vez en cuando tenía Willem, pero esta locura sobrepasaba los límites habituales. Ahora bien, si el jefe insistía, se hacía --- o se aparentaba hacer --- lo que hiciera falta para tenerlo contento y no caer en desgracia. Buscaron durante todo el día, pero nadie encontró nada, y algunos pensaron que había una cámara oculta y se trataba de un juego de algún gurú del coaching para probar su lealtad y potenciar la tolerancia a la frustración y la perseverancia.

Sobre las seis de la tarde, Willem abandonó su despacho muy desmoralizado, convencido de que su genial idea no podría realizarse. Mientras bajaba en el ascensor se dijo a sí mismo que era un idiota, un iluso por querer creer que Santa Claus existe, un romántico de la Navidad pasado de moda. No le importaba lo que los demás pensaran de su loca idea, pero se sentía muy abatido por lo que implicaba haber fracasado, ya que, más allá de no haber encontrado una dirección, confirmaba que, como cualquier adulto sabía, Santa Claus era sólo un personaje de ficción. También él lo sabía, pero esa mañana había vuelto a creer en él, a sentir esa emoción tan especial que, como le sucedió cuando era niño, y les ocurre a casi todos los niños, no quería que le abandonara nunca.

Salió del ascensor completamente hundido, ensimismado en su desilusión, sin percatarse de los espectaculares adornos navideños. Aun así, al pasar por el mostrador de la entrada, escuchó como Anneke, la recepcionista, le reclamaba:

--- “¡Meneer Van Dijk! ¡Meener Van Dijk!”.

--- “Dígame, Anneke” --- respondió él, más por respeto que por interés, con la cortesía que le caracterizaba con todos sus empleados.

--- “¿Qué hacemos con estas cartas?” --- preguntó la mujer mientras le enseñaba un puñado de cinco sobres --- “Las han traído unos niños diciendo que son para Santa Claus”.

--- “¿Tu crees en la Navidad, Anneke? ¿Crees en Santa?” --- preguntó Willem mientras cogía las cartas.

La chica se quedó callada, sin saber qué decir. Van Dijk continuó:

--- “Cuesta creer, ¿verdad? Pero estos niños sí creen, y no podemos fallarles. Sin embargo, llevamos todo el día buscando la dirección de Santa Claus y no ha habido manera de encontrarla”.

A Anneke le sorprendió esta confesión, pero sintió una emoción intensa que hacía tiempo había olvidado.

--- “Bueno, en esas cartas hay escrita una dirección” --- dijo muy convencida de que podría ser una pista.

Willem revisó los sobres; y era cierto, había una dirección; y en todos los sobres, ¡la misma! Al instante, se llenó de adrenalina y, preso de su agitación, bombardeó a la chica con sucesivas preguntas que no le daba tiempo a contestar.

--- “¿Quién ha traído esto? ¿Ha sido el mismo niño, o han sido varios? ¿Venían juntos? ¿Quiénes eran? ¿Cuándo ha sido? ¿No serán los hijos de alguno de los directivos? ¿Cómo es posible que no hayamos sido capaces de encontrar esa dirección y unos niños la tengan? ¿Dime, Anneke?”.

--- “Puede que sea el secreto de la Navidad” --- resumió Anneke.

Emocionado, se llevó las cartas y, ya en su casa, sin ni siquiera quitarse el abrigo, escribió a Papá Noel. Le explicó la situación y, sin más rodeos, le propuso que fuera él quien atendiera a los niños en el edificio principal; y, si además pudiera ser, que sus ayudantes lo hicieran en las sucursales. Después, dándose mucha prisa, fue personalmente a la oficina central de correos y envió la carta a la dirección que había copiado de los sobres de los niños, que también echó. Satisfecho, regresó a su casa y, quizá por la tensión que había acumulado durante todo el día, enseguida se metió en la cama y, con una gran sonrisa que ya no le abandonaba, muy pronto se durmió.

A la mañana siguiente, llegó pronto a su despacho y encontró sobre la mesa un sobre de color rojo adornado con un árbol de Navidad. Al verlo, se sobresaltó, y aunque pensó que todavía era muy pronto para que Santa Claus le hubiera respondido, estaba tan emocionado y tan impaciente que, sin esperar más, abrió el sobre y… ¡Oh!

Querido Willem:

Hohohoho!!!

Gracias por creer en mí. Sé que siempre lo has hecho, qué crees en el espíritu de la Navidad y lo practicas durante todo el año con tu generosidad y el amor por los demás, tratando a todos los que te rodean con respeto y poniendo de tu parte para que se sientan personas valoradas y dignas. La magia de la Navidad es esa, y hay que aprovecharla para recargar las pilas de energía positiva y ser mejores personas. Respecto a tu proposición, te estoy muy agradecido y sería un honor atender a los niños directamente, pero como puedes imaginar, en estos días el trabajo se me multiplica y no tengo más remedio que delegar. En tu caso, te propongo que seas tú mismo quien me sustituya, y que en las sucursales pongas a tus mejores directivos. Será una gran experiencia, pero también una enorme responsabilidad. Aprovecha para escuchar a los niños y aprender de esa ilusión que te transmitirán. Ponte en su lugar, deja que te sientan cerca, y usa tu influencia para que valoren lo que tienen. Te encargo esta misión porque me preocupa ver cómo se cultiva el egoísmo de los niños dándoles todos los caprichos, sin enseñarles a compartir y pensar en los demás. Piensa en cómo lo harás, pero, sobre todo, entrégate sin reservas, haz de esta tarea algo verdaderamente especial, porque no hay nada más grande que hacer felices a quienes te acompañan.

Un fuerte abrazo, hohohoho!!!

Santa Claus


Se quedó de piedra. Preguntó quién había traído la carta y nadie lo supo. Tampoco sabía nadie que él había escrito a Santa Claus, así que… En fin, decidió no darle más vueltas y pasar a la acción. Llamó a sus cinco directivos principales y les explicó el plan. Creyeron que era una broma, pero enseguida vieron que iba muy en serio. Era evidente --- así pensaron --- que estaba loco de remate, pero cualquiera se lo decía.  Ese mismo día se retiraron a una casa rural para prepararlo todo. Allí, durante tres días, ensayaron sin descanso mediante role-playings que dirigió un afamado especialista, y a la semana siguiente, con el traje rojo, gorro incluido, y la larga barba blanca, ya estaban sentados a la puerta de sus grandes almacenes atendiendo a cientos de niños ilusionados que esperaban en interminables colas. Muchos más que cualquier otro año. Los trabajadores de los almacenes no sabían que eran ellos, pero se percataron de que algo --- para bien --- había cambiado, y los niños estaban encantados. Para los “Santa Claus”, el trabajo era agotador, con largas jornadas sin interrupción y apenas unos minutos para lo más básico; pero fue una experiencia muy gratificante que impactó a todos. Cuando llegó el día de Nochebuena y los almacenes cerraron, todos coincidieron en que hacer de Santa Claus había sido algo verdaderamente extraordinario.

Meses más tarde, en una encuesta de clima laboral entre los empleados, sorprendió la calificación tan alta que los encuestados dieron a los cinco directores que, sin saberlo ellos, habían sustituido a Santa Claus. Muchos fueron los que destacaron su capacidad de escuchar, de comunicarse con educación y respeto, de preocuparse por las situaciones personales de los trabajadores, de crear un clima agradable en el que estos se sentían valorados y de fomentar el trabajo en equipo frente al individualismo que predominaba antes. ¿Milagro?

Willem escribió a Santa Claus para darle las gracias. Santa estaba de vacaciones y tardó en responderle, pero finalmente, llegó la carta:

Querido Willem:

Me alegro mucho de que todo haya salido bien, pero en realidad yo no he hecho nada. Habéis sido tú y tus directivos los que habéis tenido la humildad de sentaros a la puerta de los almacenes para aprovechar el espíritu de la Navidad. Espero que ese espíritu mágico siga estando presente durante todo el año. Por cierto, creo que necesito reciclarme un poco. ¿Podrías reservarme unos días, la próxima Navidad, para atender a los niños en una de tus tiendas?

Hohohoho!!! 

En una ciudad de Holanda se dice que hay unos grandes almacenes en los que el Papá Noel que está en la puerta es el verdadero Santa Claus. Y aunque suele coincidir con viajes a paraderos desconocidos de Willem Van Dijk y algunos de sus directivos, nadie lo ha relacionado.

Prettige Kerstdagen  (Feliz Navidad)

Chema Buceta
24-12-2018, víspera de Navidad.

martes, 11 de septiembre de 2018

YO SOY UNA ESTRELLA, Y TÚ, UN LADRÓN

"Hasta los más grandes necesitan controlar sus emociones"


La final femenina del Open de los Estados Unidos, uno de los cuatro grandes torneos que conforman el Grand Slam, fue la puesta de largo de una prometedora jugadora japonesa de 20 años, Naomi Osaka, quien, partiendo de la posición 20 en el ranking mundial, culminó un torneo fantástico derrotando a la legendaria Serena Williams. Una estupenda noticia que, sin embargo, lamentablemente, quedó eclipsada por el escandaloso espectáculo que ofreció Serena enfrentándose al árbitro del partido.

En el primer set, la superioridad de Osaka fue incuestionable (6-2), algo que, más por la sensación que por el propio resultado, dejó entrever que la esperada victoria de Serena estaba más lejos que cerca. En ese clima de adversidad, al inicio del segundo set, el árbitro (juez de silla) penalizó a Serena con un warning (una “advertencia”, similar a la tarjeta amarilla en fútbol) cuando detectó que su entrenador, desde la grada, le estaba dando instrucciones (“coaching”), algo que, en los torneos del Grand Slam, está completamente prohibido. Esta norma puede parecer obsoleta, pero el caso es que, si bien muchos entrenadores se comunican de forma discreta y algunos árbitros se hacen los locos, el “coaching” no está permitido durante los partidos, y la sanción aplicada, de acuerdo con el reglamento, es correcta.

El warning provocó que la archicampeona, visiblemente enfadada, se dirigiera al árbitro con muy malos modos, diciéndole que lo del coaching “era mentira” y que ella “no hacía trampas”; algo que, más tarde, desmentiría su entrenador, reconociendo que, efectivamente, existió ese “coaching”; si bien lo justificó “porque lo hace todo el mundo”. Avanzó el set, y, tras perder un juego que podría ser determinante, la frustración de Serena provocó que se ensañara con su raqueta, golpeándola contra el suelo hasta dejarla hecha unos zorros, y eso mereció otro warning que, siendo el segundo, tal y como indica el reglamento, supuso la pérdida de un punto. Cuando Serena se dio cuenta, volvió a increpar al árbitro, ahora con más fuerza, diciéndole que “era un ladrón que la había robado y que nunca volvería a arbitrarla”. Esta vez, por abuso verbal, volvió a ser sancionada, lo que, al ser la tercera advertencia, le supuso la pérdida de un juego. 3-5 para Osaka y el partido prácticamente decidido. En la rueda de prensa, la tenista justificó su comportamiento acudiendo a un tópico de moda: que el comportamiento del árbitro, sancionándola por llamarle ladrón, había sido sexista, ya que, según ella, a ningún hombre se le había sancionado así por insultar a los árbitros. (Sin comentarios).

Esto último ha desviado la atención de algunos del hecho fundamental. Serena ofreció un lamentable espectáculo indigno de una gran campeona, con el mal ejemplo que eso supone para tantas deportistas jóvenes que la admiran y querrían imitarla, y la decepción de miles de seguidores que la tenían en un pedestal. Los grandes campeones tienen que ser humildes, y no aprovechar su fama para ensañarse con un árbitro. Además, fue una falta de respeto a una compañera/adversaria que, deportiva y merecidamente, la venció en la cancha y merecía el protagonismo del día.

El caso es que lo que se intuía que sería un magnífico día para engrandecer la leyenda de Serena, se convirtió en lo contrario. ¿La causa? Es evidente que no supo controlar sus emociones; que, pese a ser una gran campeona que se ha enfrentado a innumerables retos del más alto nivel, es muy probable que, en esta ocasión, sin la superioridad de antaño, le haya podido la presión de tener que responder a lo que se esperaba de ella; que la frustración al verse superada por la jovencita que tenía delante le haya jugado esta mala pasada. Con esto se demuestra que también los más grandes son humanos y no maquinas de un videojuego, y que, por tanto, el ajuste de sus expectativas previas y el control de sus emociones son dos factores determinantes de su rendimiento. Quizá no sea casualidad que, dos meses antes, cuando también se esperaba que ganara la final de Wimbledon, Serena fuera inapelablemente derrotada en dos sets tras haber hecho un estupendo torneo. Entonces, no montó el número de ahora, pero es bastante probable que la exigente obligación de ganar y la falta de control de sus emociones hayan podido explicar, al menos en parte, ese resultado adverso. ¿Se ha repetido la historia?

Tras la decepción de Wimbledon, pronto enterrada, seguramente nadie pensó que en el US Open podría suceder lo mismo, y la buena trayectoria en los partidos que antecedieron a la final hizo presagiar que había llegado el esperado momento en que Serena Williams, tras haber regresado a las canchas después de ser madre, conseguiría su 24 Grand Slam, igualando el histórico record de la legendaria Margaret Court. Era lo que casi todos ansiaban: patrocinadores, espectadores locales, muchos medios de comunicación e, incluso, seguramente, los organizadores del torneo y las instituciones del tenis en general, además de los aduladores que nunca faltan. También, los aficionados que, al igual que sucede con Federer, aprecian una carrera excepcional y desean que, para seguir disfrutando de sus gestas, El Cid nunca muera.

Con una trayectoria profesional impecable, Serena Williams es una de las/los grandes de este deporte de todos los tiempos, y muchos querían contar, y más de uno aprovechar, la emocionante historia de una gran campeona que interrumpe su carrera para ser madre y, con 36 años, regresa para recuperar el trono. Todo estaba servido para venerar a la gran campeona y vender su ejemplo de superación, conciliación familiar, excelencia, mentalidad ganadora, etc., pero la realidad parece haber sido que, siendo todavía una de las mejores del circuito, ya no reina sobre ese elevado pedestal, reservado a los casi dioses, desde el que veía muy pequeñas a sus resignadas adversarias; y, desde luego, Naomi Osaka no estaba allí para postrarse de rodillas y agachar la cabeza. Serena ha vuelto, y es una gran noticia, pero ese afán por estirar su leyenda conduce a ignorar la realidad y fomentar una fantasía en la que, probablemente, ella misma ha querido creer.

La desafortunada reacción emocional de Serena (enfado, rabia, comportamiento agresivo...) parece una consecuencia clara de su falta de confianza, su impotencia y su frustración en la situación adversa de verse superada en un partido que, en base a las expectativas que se habían creado, “tenía la obligación de ganar”. Si a eso se une la falta de habilidades psicológicas (o incapacidad para usarlas) para controlar esa reacción emocional, lo sucedido encuentra una explicación. Seguramente, estas habilidades no le hayan hecho mucha falta en su pasado de “ser superior”, pero ahora que es “mortal” como las demás, sería recomendable que las añadiera a sus portentosos golpes. El reto puede estar en ser capaz de mantener su ambición por seguir estando en lo más alto, pero sin obsesionarse con ganar el 24 Grand Slam, aceptando sus limitaciones, centrándose en lo que dependa de ella y desarrollando recursos para controlar sus emociones cuando estas se presenten. Así, tendrá más opción de ganar y, sobre todo, no volverá a ofrecer un bochornoso espectáculo del que, seguramente, ya estará arrepentida.

Posdata:  Si se confirma lo que leí el otro día, es lamentable que la organización del US Open no le haya dado al árbitro del partido el trofeo conmemorativo que habitualmente se entrega a quien arbitra la final. ¿Se le penaliza por haber aplicado el reglamento? ¿Por no haber tolerado la mala educación y el mal ejemplo de una gran estrella? ¿Se cumplirá la amenaza de Serena, según la cual ese árbitro no la volverá a arbitrar? La organización ha impuesto a la tenista una multa de 17.000 dólares que, al lado del premio de más de un millón por ser finalista, es menos que el chocolate del loro. Y al mismo tiempo, en cierto modo, le habría dado la razón penalizando al árbitro. Otra bajada de pantalones la ha protagonizado la WTA (federación de tenis femenino) apoyando a la gran estrella por su absurda denuncia del “sexismo”, pero ignorando su intolerable comportamiento, como si este no hubiera existido o fuera algo anecdótico.

Proteger así a los grandes deportistas, ignorando sus meteduras de pata y haciéndoles la pelota, no los beneficia en nada y perjudica a la honestidad del deporte. Si queremos que este siga siendo una fuente de valores y ejemplo para los jóvenes, se deben reconocer los errores y aprender de ellos. Sería estupendo que Serena, en lugar de buscar excusas para justificar lo injustificable, dijera que se ha equivocado, pidiera perdón y pusiera los medios para que no volviera a suceder. La haría más humana y mucho más grande, más digna de admiración, más trascendente que si volviera a ganar un Grand Slam.

Chema Buceta
11-9-2018

@chemabuceta

miércoles, 29 de agosto de 2018

SI PIERDO, LA ARMO Y ME DISPARO DESPUÉS

"la competición es una herramienta que hay que saber manejar"


La semana pasada, en Jacksonville (Florida, Estados Unidos), durante la celebración de una competición de ámbito nacional de “e-Games de fútbol americano”, es decir, de un videojuego, uno de los participantes, tras perder, sacó un arma y se lio a disparar: mató a dos de sus contrincantes, hirió a otros 11 y, después, se suicidó. Por desgracia, esto no fue un videojuego, sino algo real. Tenía 24 años, y había sido el ganador el año anterior; probablemente, la enorme frustración, sensación de fracaso y rabia incontrolada que sintió por haber perdido, algo con lo que no contaba, provocaron el horrible desenlace. Se trataba de un juego, pero este muchacho no se lo tomó así. Había que ganar sí o sí, a vida o muerte, y no fue una metáfora.

El evento reunió a jugadores de diferentes estados en una conocida sala de juegos electrónicos que comparte entrada con una famosa pizzería. Era la semifinal de un torneo cuya final está programada en Las Vegas con un premio de 25.000 dólares y una gran cobertura mediática. El ganador de esta semifinal, además del acceso a esa gran final, se aseguraba un premio de 5.000 dólares y la fama inherente a la preciada gesta. Los participantes en estas competiciones, la mayoría muy jóvenes, son los nuevos héroes de millones de seguidores, adolescentes y veinteañeros, que han hecho de este pseudodeporte su pasión: niños prodigio que lo saben todo sobre el mundo online y dominan el mando como Messi el balón. A su alrededor crece un fabuloso negocio que ya mueve millones de dólares; y según se prevé, sólo está empezando. ¿Más frustración? ¿Más disparos? No necesariamente, pero...

Para explotar bien este negocio es fundamental que los medios de comunicación lo promocionen a lo grande, y eso es lo que sucede en esta competición electrónica. La televisión, los videos y las redes sociales juegan un papel decisivo. Allí se habla de estos competidores virtuales y se difunde su imagen como si fueran grandes estrellas equiparables a músicos o deportistas famosos, y se loan sus hazañas como si se tratara de campeones olímpicos. En aras a ese negocio tan provechoso, se ha sacado del tiesto lo que empezó siendo un pasatiempo y se ha convertido en una competición a muerte, y lo más probable es que la mayoría de estos virtuosos del mando no estén preparados para manejar un protagonismo tan mediático; de ahí que, de esos polvos que fomenta el interés del negocio, puedan venir estos lodos.¿Alguien asume la responsabilidad?

El asesino y suicida de esta terrible noticia fue objeto de notorias entrevistas y reconocimientos públicos cuando ganó el año pasado, algo que, probablemente, nutrió su autoestima con la gasolina del éxito y la hizo dependiente de ese mismo carburante; sobre todo (lo desconozco, pero no sería extraño), si se trataba de un chico sin fuentes de abastecimiento ajenas a su habilidad con los botones, algo bastante probable en quienes hacen del ordenador a su mejor y quizá único amigo. Esta vez, antes de empezar, mientras la cámara enfocaba su cara dispuesta a la batalla, el comentario del locutor fue demoledor: (más o menos) “X no ha venido aquí a hacer amigos, sólo a ganar”.

En la tertulia Al Límite de radio Marca que tuvo lugar a mediados de agosto, se comentó la noticia de una comunidad autónoma en España que, al parecer, quiere promocionar las competiciones de juegos electrónicos. Con todos mis respetos a quienes piensen de manera diferente, considero que asumir que estas contiendas virtuales pueden sustituir o equipararse a las competiciones deportivas por el hecho de que se compita y sus contenidos sean partidos de fútbol u otros deportes, es una aberración. Con la excepción del ajedrez, por su tradición milenaria y sus grandes beneficios psicológicos, el deporte no es estar sentado tras una pantalla moviendo botones, sino realizar una actividad física y mental que beneficie el desarrollo corporal, la salud, la fortaleza psicológica y la socialización, algo que, salvo la fortaleza psicológica (si se ponen los medios, y sólo en cierta medida), no fomentan los juegos electrónicos. Por eso, me parece grave que una comunidad autónoma quiera potenciar una actividad que tiende a potenciar el sedentarismo, la obesidad, el riesgo psicológico (según comento después) y la falta de habilidades sociales.

La competición es una herramienta muy valiosa para estimular la motivación, el esfuerzo y la fortaleza mental, pero siempre que se maneje con acierto, pues, de lo contrario, sus efectos pueden ser perjudiciales y hasta devastadores. Lo de Jacksonville es un caso extremo: un hecho aislado difícil de repetir en países como España donde los competidores no llevan armas, pero no debe minimizarse, pues responde a haber sobredimensionado un juego y a unos protagonistas jóvenes sin la preparación para asimilarlo, y aunque en otros casos las consecuencias no sean tan trágicas, sí pueden conllevar efectos psicológicos graves que deriven en patologías.

En el deporte tenemos muy claro (o deberíamos tenerlo) que, si se encauza correctamente, la competición es un escenario que permite desarrollar valores muy importantes, pero si no es así, puede afectar negativamente a los jóvenes que compiten, sobre todo si estos identifican ganar con su valor como personas y, por tanto, la victoria es la fuente que principalmente alimenta su autoestima. Por este motivo, como ya he comentado en otros artículos, una población de alto riesgo son los deportistas que destacan muy pronto. Para ellos, la posibilidad de no ganar, o el hecho de no hacerlo, se convierten en algo terrible que acaba con muchas carreras prometedoras y, en bastantes casos, ocasiona serios trastornos psicológicos que tardan en curarse y pueden dejar secuelas. Por eso es importante preparar convenientemente a estos deportistas para que relativicen el hecho de ganar, acepten que perder forma parte del juego y desarrollen otras fuentes de sentirse bien con uno mismo que alivien el peso desproporcionado de los éxitos deportivos.

Por tanto, la clave para que la competición deportiva sea una herramienta educativa que beneficie y no perjudique es el comportamiento de los adultos que educan y rodean a los deportistas: entrenadores, directivos, padres, psicólogos, etc. Y esa es una gran diferencia con los juegos electrónicos, donde, que yo sepa, no suelen existir estas figuras para educar y guiar a los jóvenes que destacan.  Aunque en el deporte no siempre es así, ya que hay muchos adultos incompetentes que actúan irresponsablemente, el joven deportista suele disponer de personas preparadas que le van guiando; personas que le enseñan a respetar al rival, a ganar y a perder, a entender que, aunque el objetivo de una competición es ganar, lo importante es esforzarse para conseguirlo, asumiendo que la derrota es un elemento más que se debe aceptar con deportividad y como estímulo para superarse, que el éxito no es sólo ganar, sino también esforzarse y ser capaz de mejorar.

Otra diferencia relevante es que el deportista, inevitablemente, socializa con otros deportistas de su edad; ya que, incluso en los deportes individuales, suele tener compañeros de entrenamiento y adversarios con los que interactúa con frecuencia. La socialización que proporciona el deporte produce efectos muy beneficiosos: fomenta que los jóvenes aprendan a convivir con los demás, a aceptar las diferencias, a trabajar en equipo, a ser más tolerantes y a tener una red de apoyos muy valiosa. No parece que el jugador electrónico tenga acceso a estos beneficios, pues mayoritariamente, desarrolla sus habilidades en la soledad de su habitación, sin más guía que él mismo ni más compañía que su ordenador, la fantasía de sus juegos y sus contactos online, otra forma de socialización, sin duda, pero sin los beneficios que aportan las demandas de la interacción real.

Parece ser que algunos psicólogos del deporte se están introduciendo en el mundo de los juegos electrónicos. Supongo que su primera intención y de quienes los contratan es ayudar a los jugadores a rendir mejor gestionando eficientemente su motivación, autoconfianza, estrés y otros aspectos psicológicos relacionados con el rendimiento.
Sin embargo, considerando las carencias señaladas, no parece que la ayuda más importante sea esta, sino trabajar más con la persona que con el pseudodeportista, centrándose en fortalecer la autoestima de estos jóvenes mediante el desarrollo de fuentes ajenas al éxito en la competición (tener otras inquietudes, frecuentar otros amigos, recibir atención por otras facetas...), de forma que se valoren como personas con independencia de que ganen o pierdan. En ausencia de otros adultos cualificados (no sé si existen los entrenadores), los psicólogos, además, pueden ayudar a que los jugadores electrónicos aprendan a aceptar la victoria y la derrota como algo normal: que ni ganar es el summum ni perder es una tragedia, que el éxito no se mide sólo por el resultado, que el adversario es un compañero que merece respeto y no un enemigo al que, metafóricamente o como ha sucedido en Florida, haya que disparar.


Chema Buceta
29-8-2018

@chemabuceta

domingo, 15 de julio de 2018

EL PSICÓLOGO, UNO MÁS

"Ahora que sé lo que puede hacer un psicólogo en un equipo, echo de menos no haberlo tenido cuando yo era jugador" (comentario de un ex-jugador internacional de fútbol con el que coinciden muchos otros deportistas de élite ya retirados). 




En estos días, hemos sabido que Luis Enrique será el nuevo seleccionador español de fútbol y que con él llegará un equipo técnico de su confianza formado por un entrenador ayudante, un preparador físico y un psicólogo deportivo. Este psicólogo es Joaquín Valdés, antiguo alumno del Máster en Psicología del deporte de la UNED y, posteriormente, profesor de ese mismo Máster cuando su actividad profesional se lo ha permitido. La presencia de Valdés en el equipo de Luis Enrique no es una novedad, ya que este, desde su primera etapa como entrenador en el Barcelona B, siempre ha contado con él. Para Luis Enrique, el psicólogo es uno más, y así lo ha demostrado en todos los equipos que ha entrenado.
 
La noticia, sin embargo, es que la presencia de un psicólogo en el deporte de élite ya no es noticia. Lo habría sido hace algunos años, cuando Joaquín Valdés, todavía en el siglo pasado, fue alumno de ese Máster y afrontó sus primeros retos profesionales en el Sporting de Gijón, pero ahora es agua pasada. La trayectoria exitosa de Valdés y de otros psicólogos del deporte bien formados, proporcionando buenos servicios a deportistas y entrenadores de diferentes especialidades, ha contribuido a cambiar la percepción que, en general, se tenía del psicólogo como recurso excepcional para atender a deportistas con una disfunción patológica. Afortunadamente, en la actualidad se comprende y acepta que hay psicólogos especializados en diferentes campos, y que, si bien algunos lo están para tratar patologías como, por ejemplo, la depresión, que también pueden sufrir los deportistas, otros, los psicólogos del deporte, son expertos de la preparación psicológica para optimizar el rendimiento deportivo. 
 
Es cierto, no obstante, que todavía hay muchos entrenadores, deportistas y clubes que ignoran las ventajas de contar con un psicólogo del deporte, y también que, en otros casos, aun valorándose tales ventajas, los recursos económicos son limitados o no se conoce a un psicólogo bien preparado en quien confiar. Sin embargo, cada vez son más los proyectos deportivos, en la élite o la base, que incorporan al psicólogo como uno más: con una implicación mayor o menor en función de las necesidades y los recursos, pero considerándolo un actor más cuya función se aprecia y del que nadie se extraña.
 
El psicólogo del deporte es un especialista de la preparación mental, y el propósito de esta es contribuir a que los deportistas rindan lo mejor posible. Por tanto, el psicólogo debe conocer los objetivos deportivos y, en la medida posible, detectar e incidir en todo aquello que pueda afectar al funcionamiento mental de los deportistas con vistas a conseguir tales objetivos. Con este propósito, su actuación conlleva observar y analizar el entorno, las necesidades y el comportamiento de los deportistas, los entrenadores y cualquier otro actor implicado, incluyendo la interacción entre todos ellos; y requiere saber cuándo, cómo y sobre qué aspectos debe intervenir. Un error de psicólogos mal preparados o con poca experiencia, influidos por el entusiasmo, la ansiedad o la presión de quienes les contratan, es hacer cosas simplemente porque “algo tienen que hacer” (aunque de alguna forma lo justifiquen), como si observar y analizar para poder actuar cuando sea necesario, no fuera ya una tarea de suma importancia.
 
La actuación de un psicólogo del deporte puede tener distintas facetas y llevarse a cabo de diferentes maneras y desde distintas posiciones respecto a quienes reciben sus servicios. Por ejemplo, se puede centrar en asesorar al entrenador, el director deportivo o un directivo, trabajar directamente con los deportistas (en el caso de un equipo, todos o algunos) o hacer un poco de todo (entrenador, deportistas, directivos…); asimismo, puede realizar su cometido de manera más o menos directiva (bien aportando opiniones y consejos, bien ayudando a reflexionar, encontrar las respuestas y tomar decisiones, bien ambas cosas). Puede ocuparse de necesidades muy concretas (por ejemplo, la ansiedad de un delantero que no marca goles), intervenir en asuntos más habituales y globales (ayudar al entrenador a preparar sus reuniones con los deportistas para que tengan un impacto psicológico favorable), participar en la planificación deportiva (planteando las necesidades psicológicas en cada periodo, anticipando el impacto psicológico…), ayudar a los protagonistas en sus temas personales (preocupaciones, dudas, problemas...), anticipar y prevenir situaciones difíciles o aportar sus conocimientos en cualquier otro asunto que lo requiera; y puede trabajar formando parte del cuadro técnico de un equipo (el caso de Valdés) o de un deportista individual, atendiendo a diferentes equipos y deportistas como psicólogo de un club o una federación, contratado a nivel particular, etc.; es decir, desde diferentes posiciones, según se acuerde. 
 
En cualquier caso, el psicólogo debe estar bien preparado y no ser un mero entusiasta. Evidentemente, tiene que tener su titulación universitaria como psicólogo, pero, además, debe ser un experto en el campo específico de la Psicología del deporte (es decir, no vale cualquier psicólogo), conocer el deporte en el que trabaje y saber estar en este ocupando un lugar discreto, sin asumir un protagonismo principal que no le corresponde (en general, cuanto menos se sepa de él fuera de su entorno, mejor). Obviamente, no tiene que ser un hincha, y sí un ejemplo de control emocional y objetividad. Por supuesto, debe comprender y tener en cuenta las circunstancias que rodean a los protagonistas (contratos, patrocinadores, obligaciones extradeportivas, popularidad, medios de comunicación…), así como sus estados de ánimo, cuyas fluctuaciones en el deporte de élite pueden ser muchas y muy bruscas; y tiene que actuar con mucha prudencia, salvaguardando la confidencialidad de sus cometidos y conversaciones.
 
En los deportes individuales, el psicólogo suele trabajar directamente con el deportista para que desarrolle habilidades psicológicas que le permitan autorregular su funcionamiento mental en beneficio de su rendimiento; y en bastantes casos, también con sus entrenadores para optimizar el plan de entrenamiento, la comunicación entre ambos y la mejor estrategia psicológica en las competiciones. En los deportes de equipo, si bien con deportistas jóvenes es conveniente que el psicólogo entrene a los jugadores para que aprendan habilidades y se fortalezcan mentalmente, al tiempo que asesora y a veces entrena a sus entrenadores, directivos y padres, en la élite, lo más aconsejable suele ser que sobre todo trabaje como asesor del entrenador y, además, esté disponible para ayudar individualmente a los deportistas que lo necesiten y de forma voluntaria lo demanden. 
Cuando Luis Enrique llegó al Barcelona, dijo que “el psicólogo era para él”; y, de hecho, la función principal de Joaquín Valdés ha sido asesorarle para optimizar su funcionamiento como entrenador en sus diversas facetas, e influir así, favorablemente, en la preparación psicológica del equipo. Seguramente, también haya trabajado de forma directa con algunos jugadores (siempre de manera muy confidencial), pero su aportación fundamental, muy valiosa, ha sido como asesor del entrenador. Este es un modelo de trabajo que, supongo, prevalecerá también en la selección, con un psicólogo experimentado que, integrado como uno más en el equipo técnico, cuidará de lo psicológico y asesorará convenientemente al seleccionador.
 
Luis Enrique ha demostrado su valía como entrenador en la élite del fútbol; y una de sus principales fortalezas es la apuesta por el psicólogo del deporte como uno más. Así ha sido desde sus primeros pasos con el Barcelona B. Con convicción ha asumido la importancia de contar con el especialista de lo mental, y por eso, al negociar sus contratos con los diferentes clubes y ahora la federación, ha impuesto la presencia del psicólogo en su equipo técnico. Evidentemente, no todos los entrenadores pueden negociar con la misma fuerza, pero el mensaje del nuevo seleccionador, corroborado por otros muchos ejemplos, es que el psicólogo del deporte no es un lujo o un remedio ocasional, sino un actor necesario que, como los demás actores, no garantiza el éxito final, pero contribuye significativamente al proceso que aumenta las posibilidades de conseguirlo.
 
Chema Buceta
15-7-2018
@chemabuceta