miércoles, 29 de marzo de 2017

SI LOS PROFESIONALES LO HACEN...

                                    Ejemplos que son imitados en el fútbol de categorías inferiores




Hace un par de semanas tuvo lugar en Mallorca una vergonzosa pelea entre padres que fue objeto del anterior artículo del blog. El bochornoso espectáculo ha sido condenado en las redes sociales y numerosos medios de comunicación, pero las declaraciones de algunos implicados diciendo que volverían a hacerlo y que habrá venganza, y de uno de los chicos afirmando que se siente orgulloso de su padre agresor, constatan que no se trata de un simple calentón pasajero, aunque este haya ayudado a la explosión, sino de una actitud que es coherente con lo que se siembra desde el fútbol profesional y su entorno. Si los profesionales lo hacen…

En esta línea, la semana pasada volvió a destacar un partido de fútbol de juveniles en el que un jugador, probablemente respondiendo a lo que le habían dicho desde la grada (lo cual no es una justificación), tuvo un ataque de cólera y se encrespó con el público como un enérgumeno, encendiendo la mecha de una lamentable tangana. En realidad, aunque habitualmente no tienen tanta repercusión mediática, los insultos, provocaciones, amenazas y peleas están a la orden del día en los campos de fútbol de las categorías inferiores, por lo que estos hechos no son aislados, sino que corroboran la tendencia ascendente que puede observarse casi todos los fines de semana. Si los profesionales lo hacen…

La falta de educación deportiva de los padres y el protagonismo que les otorga la actividad de sus hijos en ese fútbol a pequeña escala, son factores esenciales que en gran parte explican estos comportamientos, pero tal y como he apuntado en otros artículos, además hay un factor de enorme relevancia que es el mal ejemplo que a menudo transmiten los profesionales, tanto exibiendo comportamientos antideportivos como minimizándolos, justificándolos o protegiendo a los infractores como si fueran santos o víctimas de conspiraciones. En estos días, hemos podido observar dos de estos ejemplos.

El primero, tiene como primer protagonista a Messi. Fíjense de quién hablamos. Seguramente, el mejor jugador del mundo. Un auténtico ídolo en quien se fijan millones de chavales de todo el planeta que juegan al fútbol y, por supuesto, sus padres, entrenadores, directivos, etc. Cualquier cosa que digan o hagan él y otros de su categoría y fama no pasa desapercibida, y de ahí su enorme trascendencia. En el partido Argentina-Chile, Messi insultó gravemente a un árbitro asistente, y las imágenes dieron la vuelta al mundo. ¿Se puede pasar por alto una acción antideportiva así, teniendo en cuenta la fata de respeto que supone y la repercusión que tiene en quienes lo observan? Por suerte, en este caso, el juez de la FIFA decidió sancionar al emblemático infractor con cuatro partidos, dejando muy claro que se trata de un comportamiento intolerable que hay que eliminar del fútbol.

Es importante que, como en este caso, los jueces deportivos responsables de las competiciones impongan sanciones ejemplares para que los infractores y, sobre todo los chicos y quienes les rodean, sean conscientes de que ese tipo de comportamientos no se pueden tolerar, y si el implicado es una gran estrella, actuar con contundencia tiene un impacto favorable todavía mayor. No quiero decir con esto que a los mejores, por el hecho de serlo, haya que castigarles con más dureza que a los demás, sino que aplicándoles lo que sea justo para cualquier infractor, el impacto es mucho mayor. Si a los profesionales se les sanciona cuando insultan…

Esta sanción proporciona una gran ocasión para erradicar la idea, que al parecer tienen muchos, de que en el fútbol se puede insultar al árbitro y no pasa nada, pero lamentablemente, algunos desaprovechan irresponsablemente una oportunidad tan valiosa. En este caso, el Barcelona, club de Messi, ha publicado un comunicado en el que muestra su “sorpresa e indignación”, añadiendo que “el club considera injusta y totalmente desproporcionada la sanción… pues se trata de un deportista ejemplar”. Ahora es el Barcelona, y otras veces, otros clubes, pero el patrón es el mismo. Al parecer, se sienten obligados a defender a sus jugadores ante su masa social o para mostrarles su apoyo. Una lealtad de fachada mal entendida que demuestra una gran falta de responsabilidad. ¿Es injusto que se sancione a un jugador que insulta al árbitro? ¿Desproporcionado? ¿Cuántos árbitros en categorías inferiores, a partir de este ejemplo, sufrirían insultos o, en estadios sin apenas protección, amenzas intimidatorias y agresiones, si un comportamiento como este no fuera sancionado contundentemente? Es muy posible que, en general, Messi sea un buen chico y un deportista ejemplar, pero en esta ocasión su comportamiento no lo ha sido, por lo que es lógico y muy saludable para el fútbol y el deporte en general, que sea sancionado con dureza.

Además de este lamentable comunicado, lo que se ha destacado y en lo que seguramente se insistirá para presionar y que la sanción se reduzca, es que sin Messi, Argentina ha perdido contra Bolivia y se complica su clasificación para el mundial. ¡Un mundial sin Messi! Algunos que se rasgan las vestiduras cuando los jugadores y los padres de categorías inferiores insultan y se pelean o agreden a un árbitro, piensan ahora en los intereses económicos y claman por la posible ausencia del gran ídolo. Si Argentina no se clasifica, es evidente que habrá otros motivos; y de hecho, se está hablando de sustituir al técnico, pero se trata de que la gran estrella no falte, por lo que abierta y encubiertamente se presionará para intentar evitarlo. Por muchos intereses económicos que haya, ¿se debe pasar por alto o minimizar un comportamiento antideportivo que puede tener una repercusión tan grave en el fútbol base? Si en el fútbol profesional no se le da importancia o se perdona fácilmente…

La otra noticia es que el Sevilla, debido a las amenazas e insultos reiterados a un jugador  del equipo contrario, ha sido sancionado a cerrar el sector de la grada donde se alojan sus seguidores ultra. Otro castigo ejemplar que pretende luchar contra el comportamiento antideportivo. Si se puede insultar en un gran estadio sin que ocurra nada, ¿por qué no, en los campos de categorías inferiores? De nuevo aquí, la respuesta del club ha sido decepcionante, ya que según he leído, recurrirá la sanción. Otra oportunidad desaprovechada de demostrar desde un club poderoso que no se tolera y sí se persigue el comportamiento antideportivo. Sin embargo, al igual que en el caso de Messi y otros en los que otros clubes se han pronunciado de manera similar, parece que es más importante defender a los propios hagan lo que hagan, que asumir la responsabilidad de educar a través del ejemplo. Si los profesionales lo hacen…

Chema Buceta
29-3-2017

@chemabuceta

sábado, 25 de marzo de 2017

¿PADRES SALVAJES, O PROFESIONALES IRRESPONSABLES?

                                               Los padres también juegan: ¿los entrenamos?



El pasado fin de semana corrió la noticia, video incluido, del lamentable espectáculo de unos padres que durante el partido de fútbol que sus hijos de categoría infantil  disputaban, se pelearon salvajemente. Al parecer, el detonante fue la pelea de dos jugadores (¿sorprende, cuando es lo que los chicos ven en los profesionales?). Después, los padres entraron al campo y se liaron entre ellos a mamporrazos mientras algunas madres gritaban ¡qué vergüenza! y suplicaban que la aberrante contienda terminara. El árbitro suspendió el partido y, según se ha sabido, alguien del equipo local fue a su vestuario a recriminarle que por su culpa, había sucedido todo eso (¡siempre el árbitro! ¿sorprende, cuando es lo que con frecuencia se oye en el fútbol profesional?).

Aprovechando este bochornoso suceso, son muchos los que se han rasgado las vestiduras y culpado a los padres y a la sociedad en general, pero sin poner el dedo en la llaga del peligroso ejemplo que a menudo ofrecen el fútbol profesional y su entorno. Por desgracia, no es un hecho aislado. Otras veces, no se pasa de las agresiones verbales, o los hechos no tienen tanta repercusión, pero cada semana hay docenas de comportamientos antideportivos en los campos de fútbol donde juegan niños (¿sorprende, cuando es lo que se observa en los grandes estadios y en la televisión?); y lo malo es que se está convirtiendo en algo normal que se acepta con resignación como si fuera parte del mobiliario: hay dos porterías, un balón, 22 jugadores… y gente insultando al árbitro. Lo habitual. Eso sí, cuando ocurre algo que llama mucho la atención, enseguida se habla de buenos propósitos que jamás se concretan y no tardan en quedarse en agua de borrajas.

El comportamiento de los padres de los deportistas jóvenes, no sólo en los partidos, sino también en casa, el coche y cualquier otro lugar, es un asunto de suma importancia que no se puede dejar al azar, sino que hay que abordarlo con seriedad y verdadera voluntad de gestionarlo con eficacia. Por un lado, los padres son un ejemplo para sus hijos; y si el deporte es, o debe ser, una escuela de valores para la vida, es evidente que comportamientos como pelearse entre ellos, insultar al árbitro, despreciar a los rivales, etc. son un mal escaparate que va en contra del desarrollo de tales valores.  Además, lo que dicen y hacen los padres tiene una enorme influencia en el funcionamiento de los muchachos, por lo que hay que tenerlo muy en cuenta. Por ejemplo, si un padre le dice a su hijo que en vez de pasar el balón, regatee y tire a gol, o le recrimina la falta de esfuerzo, o habla de lo bueno que es y del dinero que va a ganar cuando sea profesional, o se enfada cuando no juega, etc. eso influye, se quiera o no, en las expectativas, las emociones, el comportamiento y el rendimiento del joven jugador. ¿Lo ignoramos? ¿Cuál es la solución?

En estos días se ha dicho, por ejemplo, que en clubes de fútbol como el Valencia y el Sevilla, no dejan que los padres asistan a los entrenamientos; y se han quedado tan anchos pensando que la solución es esa “porque así los chicos se concentran y rinden mejor”. Por esa misma razón, se podrían jugar todos los partidos a puerta cerrada (me extraña que todavía no se le haya ocurrido a algún iluminado), ya que, quizá, los chavales jugarían mejor y se evitarían espectáculos como el del domingo pasado. Claro que faltaría solucionar el problema de los padres en casa y el coche, como se lamentaba el técnico de uno de estos dos clubes tras explicar la brillante idea de no permitirles la entrada en los entrenamientos. Posiblemente, habría que obligar a los chicos a que jamás subieran al coche de sus padres, e incluso a que sólo hablaran con ellos cuando terminara la temporada. En el transcurso de esta, podría establecerse la norma de que los padres tuvieran que guardar una distancia con sus hijos deportistas de por lo menos 200 metros, y por supuesto, nada de comer en la misma mesa, asistir a las mismas reuniones familiares y comunicarse por el móvil. ¡Padres a distancia y sin móvil! ¡Deportistas huérfanos! El sueño de muchos entrenadores y directores deportivos. La solución final.

Mientras algunos sueñan con estas y otras medidas absurdas, encaminadas a que los padres estén lo más lejos posible, se pueden buscar soluciones razonables y viables que en lugar de excluir, incluyan a los padres. ¿Por qué? Muy sencillo. Se quiera o no, los padres son imprescindibles para que los chicos hagan deporte; más aun, cuando tienen que pagar cuotas y asumir el transporte de sus hijos adaptando el presupuesto y la vida familiar para poder hacerlo; pero también, cuando se trata de clubes poderosos como los citados, que asumen los gastos y, gracias a eso y al poder sobre los chicos, tienen la capacidad de prohibir el paso a los padres, decirles que hagan el pino, bailen la jota o se vistan de torero, sabiendo que con tal de que sus hijos sigan en tan privilegiado entorno, harán lo que se les ordene. Estos padres, aun estando atrapados, también quieren participar, y de alguna manera, quiera o no el club, participan. No están en los entrenamientos, y los responsables deportivos se sienten más cómodos con la fantasía de que el problema está resuelto, pero ¿qué pasa después? ¿y en los partidos?

No me canso de explicar que se quiera o no, se ignore o no, la realidad es que los padres también juegan, y por tanto, si se pretende que jueguen bien, hay que entrenarlos. Y además de charlas y otras actividades formativas, su asistencia a los entrenamientos de los chavales es una buena oportunidad para que adquieran el hábito de comportarse bien; y para los chicos, de acostumbrarse a rendir en presencia de sus padres, algo que mientras no se obligue a jugar a puerta cerrada, no tienen más remedio que hacer en los partidos. ¿No se entrena para rendir en los partidos? ¿Por qué entonces no se entrena para rendir en presencia de los espectadores habituales? La formación/entrenamiento de los padres es una responsabilidad que algunos clubes asumen ya como parte de sus programas deportivos, pero en otros casos, se sigue negando. ¿Por qué? En gran parte, por ignorancia y falta de habilidad para trabajar con los padres. Lo fácil es quejarse, culparlos, condenarlos, comentar sus atrocidades, prohibirles entrar en las instlaciones ("ni perros ni padres"),  volver a quejarse, señalarlos cuando los chicos no avanzan (“es que con ese padre…”). Lo costoso es aceptar la realidad de que también juegan y llevar a cabo acciones eficaces no sólo para que no estorben, sino para que sean buenos jugadores y sumen. Y no sirven esos decálogos ridículos con todas las prohibiciones (no esto, no lo otro...), sino una orientación en positivo sobre lo que sí pueden hacer para ayudar a que la experiencia de sus hijos sea beneficiosa.

La solución no es prohibir, sino educar. Un camino largo; pero si se buscan soluciones eficaces, no se trata de poner parches para salir del paso, ni hay que desanimarse porque en las primeras charlas para padres, muchos no acudan. Al contrario, hay que desarrollar y llevar a cabo con convicción, programas de formación para padres que tengan una continuidad. En función de los medios disponibles, estos programas pueden ser más o menos extensos, pero hasta el club más modesto puede tener su programa para padres. Por supuesto, los clubes que tienen poder sobre los padres, podrían utilizarlo para que asistan a las reuniones, se informen y aprendan pautas de comportamiento apropiado. En cualquier caso, la colaboración de los psicólogos del deporte como asesores, mediadores y formadores puede ser muy valiosa. De hecho, son estos los profesionales que ya tienen una dilatada experiencia en este ámbito con resultados muy favorables. Otra figura clave es el director deportivo, quien debe programar y coordinar la realización de estos programas. También podrían tomar la iniciativa los propios padres, pero son los clubes y las federaciones, es decir, los profesionales del deporte, quienes más tienen que asumir esa responsabilidad. La mayoría de los padres mejoran su comportamiento dentro y fuera de las gradas cuando se les informa y se les da la oportunidad de reflexionar, comunicarse con los entrenadores y los directores deportivos y actuar con responsabilidad. (Para más información sobre este asunto, el lector puede consultar otros escritos de este blog y también mi libro: “Mi hijo es el mejor, y además es mi hijo” publicado por la editorial Dykinson).

Ahora bien, en la situación que estamos, fundamentalmente en el fútbol (aunque en menor grado, también en otros deportes), la educación de los padres, siendo imprescindible, no puede ser la única acción. De manera paralela, no hay más remedio que adoptar medidas punitivas que ayuden a cortar de raíz comportamientos como los que, cada vez con mayor frecuencia, se ven en las gradas y los terrenos de juego. En primer lugar, hay que erradicar los malos ejemplos que están presentes en el fútbol de élite y su entorno. La semilla de muchos comportamientos antideportivos y salvajes en las categorías inferiores son las peleas en el campo, los insultos a los árbitros, las declaraciones hostiles de los entrenadores, los jugadores y los directivos, y los comentarios irresponsables de muchos periodistas, por ejemplo, culpabilizando a los árbitros o minimizando los comportamientos lamentables de los jugadores. Se persiguen el racismo y la violencia en los estadios, pero no los malos ejemplos antideportivos que ofrecen los profesionales. Sin embargo, estos tienden a ser imitados por quienes admiran a personajes tan influyentes; sobre todo, en ausencia de una educación de los padres que ofrezca una alternativa adecuada. ¿Sorprende que suceda lo que tantas veces vemos? El jugador, entrenador o presidente que, de palabra u obra, actúe antideportivamente, debería ser sancionado con contundencia. La fama ayuda a alimentar el ego y ganar más dinero, pero también tiene que exigir más responsabilidad. Y por supuesto, se deben destacar los ejemplos de buen comportamiento, que son muchos, para que sean estos los que se imiten y no los otros.

Más difícil es sancionar lo que ocurre en las gradas de los grandes estadios, pero también ahí habría que actuar. Si un espectador, con toda naturalidad, llama hijo de puta al árbitro o le dice a un jugador del equipo contrario que ojalá le partan una pierna, y no pasa nada (incluso le ríen la gracia), no debe extrañar que a falta de una información mejor, los padres de los niños hagan lo mismo en su fútbol a pequeña escala. Es lo normal ¿no? ¿Qué pasaría si hubiera agentes de seguridad en las gradas, como ya los hay para prevenir los enfrentamientos con los seguidores visitantes o la invasión del campo, que expulsaran a los espectadores que mostraran el comportamiento intolerable que continuamente vemos? Sé que puede parecer una utopía, pero si de verdad se quiere erradicar el problema, hay que tomar medidas contundentes. Cuando se prohibió fumar, muchos creían que sería imposible hacerlo cumplir. Si se prohíbe insultar o faltar al respeto en los estadios… ¿Por qué no?

Menos difícil sería sancionar a los que insultan o agreden en los partidos de los jóvenes. No sólo a los padres; también a los entrenadores y los directivos. Estos suelen quejarse de los padres como los malos de la película, pero en muchos casos, son ellos el peor ejemplo. Si un entrenador de chavales protesta al árbitro de mala manera, es expulsado, menosprecia a los chicos, etc. ¿se puede exigir a los padres de ese equipo que se comporten correctamente? Las sanciones en estas categorías deberían ser muy estrictas. En el caso de los padres, en cuanto hubiera insultos desde el grada, el árbitro tendría que poder expulsar a esos espectadores; e incluso dar el partido por perdido a ese equipo. “Es que los chicos no tienen la culpa”. Cierto, pero la mayor presión para los padres es la de sus propios hijos. Si los niños pierden un partido porque un padre montó el número en la grada, es muy probable que eso no vuelva a ocurrir: su propio hijo le presionará para que no suceda, y también los demás padres. Educar de verdad y sancionar sin vacilar. ¿Dejamos que los salvajes crezcan, o hacemos algo que sea verdaderamente eficaz?


Chema Buceta
25-3-2017

Twitter: @chemabuceta
www.psicologiadelcoaching.es

lunes, 30 de enero de 2017

LOS "VIEJOS" ROCKEROS TRIUNFAN


                                                  Ejemplos de excelencia y superación


Hace dos décadas todavía se consideraba que los deportistas que cumplían 30 años eran viejos. En algunos deportes, como la gimnasia o la natación, incluso mucho antes. Los deportistas de élite se retiraban o pasaban a un segundo plano pronto, y eran sustituidos por otros más jóvenes. Esto justificaba la especialización temprana, nido de algunos grandes campeones y tumba anticipada de muchos otros que podrían haber llegado, incluso más lejos que los anteriores, si en lugar de acelerar su madurez deportiva forzando la máquina, se hubiera respetado el curso que aconsejaban sus condiciones físicas y, sobre todo, psicológicas.
 
En la actualidad, cada vez tenemos más ejemplos de carreras deportivas longevas y ausencia de jóvenes que sustituyan a los que están arriba. El panorama ha cambiado, aunque lamentablemente, en algunos deportes se sigue apostando por la especialización temprana que masacra a tantos potenciales talentos. En los Juegos Olímpicos de Rio hemos disfrutado de algunos veteranos exitosos. Uno de ellos, Ruth Beitia, la saltadora de altura española que regresó a la alta competición tras haberse retirado después de Londres, 2012, y ganó la medalla de oro con 37 años. Y qué decir de Michael Phelps, ganador de cinco medallas de oro y una de plata con 31 años, en un deporte, la natación, donde antaño se creía que los nadadores eran viejos cuando cumplían los 20. Lógicamente, también ha habido campeones jóvenes, pero ahí han estado esos y otros admirables ejemplos de veteranos exitosos. 
 
Hace dos semanas, tuvo lugar la presentación con su nuevo equipo de Alberto Contador, uno de los únicos seis ciclistas que han ganado las tres grandes vueltas en la historia de este deporte. Con 32 años volvió a ganar el Giro de Italia, y ahora, con 34, su objetivo es añadir a su palmarés otro Tour de Francia. Palabras mayores; pero el objetivo, aunque difícil, parece posible. Contador sigue siendo uno de los mejores del mundo y, de momento, no hay ningún ciclista español que le supere. El único que se le acerca es Alejandro Valverde, quien con 36 años también se mantiene entre los mejores. ¿Dónde están los siguientes?
 
El ejemplo más reciente lo hemos tenido en el Open de Australia de tenis que acaba de terminar. Las finales femenina y masculina han sido disputadas por cuatro jugadores de más de 30 años. Venus Williams (36), Serena Williams (35),  Rafa Nadal (30) y Roger Federer (35), y en la final de dobles masculino estuvieron los gemelos Brian (38). ¿Y los jóvenes?
 
Estos y otros ejemplos invitan a pensar, por un lado, qué hacen estos campeones "viejos” para mantenerse a tan alto nivel, y por otro, cómo es que no salen deportistas más jóvenes que les arrebaten ese liderato. 
 
Respecto a la primera cuestión, una explicación es que las ciencias del deporte avanzan, y eso supone mejores métodos de entrenamiento y recuperación, mejor material, mejor alimentación, mejores cuidados adicionales, etc., lo que repercute favorablemente en el rendimiento físico. Además está la
motivación. Por un lado, los incentivos económicos; ya que la continuidad conlleva ingresos muy importantes que benefician no sólo al deportista, sino también a quienes lo acompañan. Por otro, los incentivos emocionales; pues el deporte es una fuente de desafíos, satisfacciones y éxitos que enganchan mucho, y es difícil renunciar a eso.
 
También tiene un peso significativo el mayor grado de madurez de los deportistas. Ahora ven el deporte de una forma más tranquila y más objetiva. Son más conscientes de sus limitaciones, sus fortalezas actuales (que en ocasiones no coinciden con las de antes) y el camino que deben seguir para tener la opción de ganar. Siguen teniendo la energía que aporta la ambición de ganar, pues de otra forma no estarían ahí, pero ya no es una obligación, o no tanto como antes, y por tanto, perder ya no es la amenaza que suponía antaño, lo que favorece que disfruten más y sufran menos con su actividad. Todo esto les da una gran ventaja mental respecto a deportistas más jóvenes que todavía tienen que hacerse o consolidar un hueco en lo más alto.
 
Asimismo, influye su estrategia. En muchos casos compiten menos que antes, tienen más periodos de descanso y aprovechan las pausas para fortalecer aspectos concretos de su preparación física, mejorar algo en lo técnico y, sobre todo, cargar las pilas. Federer ha ganado el Open de Australia con 35 años, saliendo como cabeza de serie 17! Al competir poco, el ranking empeora, y no sé si alguna vez ha habido un campeón de un Grand Slam que iniciara el torneo desde una posición así, enfrentándose a los mejores desde los dieciseisavos de final, pero eso ha estado compensado, más que con creces, por el aprovechamiento que el jugador ha hecho de este tiempo de ausencia, ya que le ha servido para realizar un trabajo especial que de estar jugando casi todas las semanas, no habría podido llevar a cabo; también, seguramente, para tener más “hambre”, llegar más fresco mentalmente y jugar con esa fortaleza física y psicológica que ha demostrado. Antes, yendo abajo en el quinto set, jamás habría ganado a un portento de la fortaleza psicológica como es Nadal (salvo lesión de este), pero en el decisivo set de esta gran final, fue él quien demostró estar más fuerte que un rival que también lo estuvo.
 
El caso de Nadal, aun habiendo perdido la final, es similar. Apartado de las competiciones debido a las lesiones, parece haber aprovechado bien ese tiempo para volver ahora con nuevos bríos, tal y como ha demostrado en Australia. Con 30 años quizá no llegue al nivel que tuvo antaño, que fue altísimo, pero vuelve a estar entre los mejores. Las lesiones pueden ser una gran oportunidad para descansar y fortalecer aspectos físicos, técnicos y psicológicos que ayuden a regresar incluso mejor de lo que se estaba antes. Hay muchos ejemplos en diferentes deportes que así lo demuestran. Por eso es inteligente aprovechar una oportunidad así, de la que carecen los que no se lesionan, salvo los veteranos que se dan cuenta y pueden permitírselo. Muchos campeones longevos lo son cuando regresan tras haber abandonado o  haberse tomado un descanso para cargar las baterías y mejorar en algo. ¿Por qué no lo hacen otros deportistas más jóvenes y sin necesidad de lesionarse?
 
En cuanto a los jóvenes, existen varios motivos que podrían explicar la falta de talentos al más alto nivel en determinados deportes. Uno es que al retirarse más tarde los que están arriba, es más difícil hacerse con un hueco entre los mejores, y eso elimina a algunos candidatos, bien por falta de recursos económicos para continuar (los recursos que no llegan por falta de suficiente éxito), bien por desánimo. Además, para llegar a lo más alto hay que entrenar muy duro y, sobre todo, ser muy fuerte mentalmente para involucrarse al máximo, renunciar a una vida más cómoda, enfrentarse a retos difíciles, manejar la presión que conlleva tener que ganar y responder a lo que los demás y el propio deportista esperan, superar múltiples adversidades, tolerar la frustración que suponen las derrotas y los contratiempos, mantener la ambición aunque las cosas vayan mal, no conformarse con metas menores, no acomodarse con los éxitos, tener paciencia, etc. En el primer mundo, las generaciones más jóvenes disfrutan de condiciones de vida y alternativas al deporte que dificultan el sobreesfuerzo físico y mental que es necesario para triunfar. No es una barrera definitiva, y de hecho hay grandes campeones que han disfrutado de un entorno cómodo, pero en bastantes casos, junto a otros factores, esto también influye.
 
El conformismo y el acomodamiento no son sólo un problema de algunos deportistas, sino también de entrenadores e instituciones. Por ejemplo, no hay muchos entrenadores dispuestos a intentar sacar adelante a un gran campeón con las implicaciones de dedicación y renuncia que eso conlleva, sobre todo cuando las contraprestaciones económicas a corto plazo no lo compensan. Es más cómodo, por ejemplo, trabajar en una escuela de tenis con chicos que entrenan un par de días a la semana, o limitarse simplemente a cumplir con quienes en principio pretenden llegar arriba pero tarde o temprano tiran la toalla, que implicarse al máximo con lo que eso supone. También están los entrenadores que exprimen a los deportistas jóvenes para obtener éxitos tempranos y satisfacer su ego y sus ambiciones cortoplacistas. Muchos de estos chicos se lesionan o se queman y salen frustrados. Lo fácil es masacrarlos y ver si así, además de ganar ahora, alguno que sobreviva sale. Lo difícil es elaborar un plan razonable en lo físico, lo técnico y lo psicológico que permita al deportista avanzar de verdad y tener la posibilidad de desarrollar al máximo su talento. En la sociedad actual se fomenta la búsqueda del éxito fácil y rápido. En el deporte, salvo casos muy excepcionales, es difícil alcanzar y mantener el éxito por ese camino.
 
La buena noticia de todo esto es que seguimos disfrutando de los "viejos" rockeros del deporte: de la belleza y emoción de sus extraordinarias actuaciones, de sus grandes gestas que ponen la piel de gallina y, sobre todo, de su encomiable ejemplo de superación.
 
 
Chema Buceta
29-1-2017
 
@chemabuceta

domingo, 29 de enero de 2017

LOS "VIEJOS" ROCKEROS TRIUNFAN

                                                Ejemplos de excelencia y fortaleza mental


Hace dos décadas todavía se consideraba que los deportistas que cumplían 30 años eran viejos. En algunos deportes, como la gimnasia o la natación, incluso mucho antes. Los deportistas de élite se retiraban o pasaban a un segundo plano pronto, y eran sustituidos por otros más jóvenes. Esto justificaba la especialización temprana, nido de algunos grandes campeones y tumba anticipada de muchos otros que podrían haber llegado, incluso más lejos que los anteriores, si en lugar de acelerar su madurez deportiva forzando la máquina, se hubiera respetado el curso que aconsejaban sus condiciones físicas y, sobre todo, psicológicas.

En la actualidad, cada vez tenemos más ejemplos de carreras deportivas longevas y ausencia de jóvenes que sustituyan a los que están arriba. El panorama ha cambiado (aunque lamentablemente, en algunos deportes se sigue apostando por la especialización temprana que masacra a tantos potenciales talentos). En los Juegos Olímpicos de Rio hemos disfrutado de algunos veteranos exitosos. Uno de ellos, Ruth Beitia, la saltadora de altura española que regresó a la alta competición tras haberse retirado después de Londres, 2012, y ganó la medalla de oro con 37 años. Y qué decir de Michael Phelps, ganador de cinco medallas de oro y una de plata con 31 años, en un deporte, la natación, donde antaño se creía que los nadadores eran viejos cuando cumplían los 20. Lógicamente, también ha habido campeones jóvenes, pero ahí han estado esos y otros admirables ejemplos de veteranos exitosos. 

Hace dos semanas, tuvo lugar la presentación con su nuevo equipo de Alberto Contador, uno de los únicos seis ciclistas que han ganado las tres grandes vueltas en la historia de este deporte. Con 32 años volvió a ganar el Giro de Italia, y ahora, con 34, su objetivo es añadir a su palmarés otro Tour de Francia. Palabras mayores; pero el objetivo, aunque difícil, parece posible. Contador sigue siendo uno de los mejores del mundo y, de momento, no hay ningún ciclista español que le supere. El único que se le acerca es Alejandro Valverde, quien con 36 años también se mantiene entre los mejores. ¿Dónde están los siguientes?

El ejemplo más reciente lo hemos tenido en el Open de Australia de tenis que acaba de terminar. Las finales femenina y masculina han sido disputadas por cuatro jugadores de más de 30 años. Venus Williams (36), Serena Williams (35),  Rafa Nadal (30) y Roger Federer (35), y en la final de dobles masculino estuvieron los gemelos Brian (38). ¿Y los jóvenes?

Estos y otros ejemplos invitan a pensar, por un lado, qué hacen estos campeones "viejos” para mantenerse a tan alto nivel, y por otro, cómo es que no salen deportistas más jóvenes que les arrebaten ese liderato. Respecto a la primera cuestión, una explicación es que las ciencias del deporte avanzan, y eso supone mejores métodos de entrenamiento y recuperación, mejor material, mejor alimentación, mejores cuidados adicionales, etc., lo que repercute favorablemente en el rendimiento físico. 

Además, está la motivación. Por un lado, los incentivos económicos; ya que la continuidad conlleva ingresos muy importantes que benefician no sólo al deportista, sino también a quienes lo acompañan. Por otro, los incentivos emocionales; pues el deporte es una fuente de desafíos, satisfacciones y éxitos que enganchan mucho, y es difícil renunciar a eso.

También tiene un peso significativo el mayor grado de madurez de los deportistas. Ahora ven el deporte de una forma más tranquila y más objetiva. Son más conscientes de sus limitaciones, sus fortalezas actuales (que en ocasiones no coinciden con las de antes) y el camino que deben seguir para tener la opción de ganar. Siguen teniendo la energía que aporta la ambición de ganar, pues de otra forma no estarían ahí, pero ganar yo es una obligación, o no tanto como antes, y por tanto, perder ya no es la amenaza que suponía antaño. Eso favorece que disfruten más que sufran con su actividad. Todo esto les da una gran ventaja mental respecto a deportistas más jóvenes que todavía tienen que hacerse o consolidar un hueco en lo más alto.

Asimismo, influye su estrategia. En muchos casos compiten menos que antes, tienen más periodos de descanso y aprovechan las pausas para fortalecer aspectos concretos de su preparación física, mejorar algo en lo técnico y, sobre todo, cargar las pilas. Federer ha ganado el Open de Australia con 35 años, saliendo como cabeza de serie 17! Al competir poco, el ranking empeora, y no sé si alguna vez ha habido un campeón de un Grand Slam que iniciara el torneo desde una posición así, enfrentándose a los mejores desde los dieciseisavos de final, pero eso ha estado compensado, más que con creces, por el aprovechamiento que el jugador ha hecho de este tiempo de ausencia, ya que le ha servido para realizar un trabajo especial que de estar jugando casi todas las semanas no habría podido hacer; también, seguramente, para tener más “hambre”, llegar más fresco mentalmente y jugar con esa fortaleza física y psicológica que ha demostrado. Antes, yendo abajo en el quinto set, jamás habría ganado a un portento de la fortaleza psicológica como es Nadal (salvo lesión de este), pero en el quinto set de esta gran final fue él quien demostró estar más fuerte que un rival que también lo estuvo.

El caso de Nadal, aun habiendo perdido la final, es similar. Apartado de las competiciones debido a las lesiones, parece haber aprovechado bien ese tiempo para volver ahora con nuevos bríos, tal y como ha demostrado en Australia. Con 30 años quizá no llegue al nivel que tuvo antaño, que fue altísimo, pero vuelve a estar entre los mejores. Las lesiones pueden ser una gran oportunidad para descansar y fortalecer aspectos físicos, técnicos y psicológicos que ayuden a regresar incluso mejor de lo que se estaba antes. Hay muchos ejemplos en diferentes deportes que así lo demuestran. Por eso es inteligente aprovechar una oportunidad así, de la que carecen los que no se lesionan, salvo los veteranos que se dan cuenta y pueden permitírselo. Muchos campeones longevos lo son cuando regresan tras haber abandonado o  haberse tomado un descanso para cargar las baterías y mejorar en algo. ¿Por qué no lo hacen otros deportistas más jóvenes y sin necesidad de lesionarse?

En cuanto a los jóvenes, existen varios motivos que podrían explicar la falta de talentos al más alto nivel en determinados deportes. Uno es que al retirarse más tarde los que están arriba, es más difícil hacerse con un hueco entre los mejores, y eso elimina a algunos candidatos, bien por falta de recursos económicos para continuar (los recursos que no llegan por falta de suficiente éxito), bien por desánimo. Además, para llegar a lo más alto hay que entrenar muy duro y, sobre todo, ser muy fuerte mentalmente para involucrarse al máximo, renunciar a una vida más cómoda, enfrentarse a retos difíciles, manejar la presión que conlleva tener que ganar y responder a lo que los demás y el propio deportista esperan, superar múltiples adversidades, tolerar la frustración que suponen las derrotas y los contratiempos, mantener la ambición aunque las cosas vayan mal, no conformarse con metas menores, no acomodarse con los éxitos, tener paciencia, etc. En el primer mundo, las generaciones más jóvenes disfrutan de condiciones de vida y alternativas al deporte que dificultan el sobreesfuerzo físico y mental que es necesario para triunfar. No es una barrera definitiva, y de hecho hay grandes campeones que han disfrutado de un entorno cómodo, pero en bastantes casos, junto a otros factores, esto también influye.

El conformismo y el acomodamiento no son sólo un problema de algunos deportistas, sino también de entrenadores e instituciones. Por ejemplo, no hay muchos entrenadores dispuestos a intentar sacar adelante a un gran campeón con las implicaciones de dedicación y renuncia que eso conlleva, sobre todo cuando las contraprestaciones económicas a corto plazo no lo compensan. Es más cómodo, por ejemplo, trabajar en una escuela de tenis con chicos que entrenan un par de días a la semana, o limitarse simplemente a cumplir con quienes en principio pretenden llegar arriba y tarde o temprano tirarán la toalla, que implicarse al máximo con lo que eso supone. También están los entrenadores que exprimen a los deportistas jóvenes para obtener éxitos tempranos y satisfacer su ego y sus ambiciones cortoplacistas. Muchos de estos chicos se queman y salen frustrados. Lo fácil es masacrarlos y ver si así, además de ganar ahora, alguno que sobreviva sale. Lo difícil es elaborar un plan razonable en lo físico, lo técnico y lo psicológico que permita al deportista avanzar de verdad y tener la posibilidad de desarrollar al máximo su talento. En la sociedad actual se fomenta la búsqueda del éxito fácil y rápido. En el deporte, salvo casos muy excepcionales, es difícil alcanzar y mantener el éxito por ese camino.

La buena noticia de todo esto es que seguimos disfrutando de los "viejos" rockeros del deporte: de la belleza y emoción de sus extraordinarias actuaciones, de sus grandes gestas que ponen la piel de gallina y, sobre todo, de su encomiable ejemplo de superación.

Chema Buceta
29-1-2017

@chemabuceta

viernes, 6 de enero de 2017

QUERIDOS REYES MAGOS: QUIERO VOLVER A DISFRUTAR





                                                             "¡Estoy atrapado!"





Empezó a jugar al tenis desde muy pequeño, y siempre se le dio muy bien. Podía estar horas y horas en la pista sin cansarse, aprendía bastante rápido y era muy competitivo, por lo que destacó muy pronto. En los torneos, lo normal era que ganara todos los partidos, incluso contra niños mayores que él. El tenis le apasionaba. Esperaba con ansia cada entrenamiento, y su mayor desilusión llegaba cuando por estar lloviendo o cualquier otro contratiempo no podía practicar. Los fines de semana disfrutaba compitiendo en uno o más torneos, y cuando no los había, no paraba de entrenar y jugar partidos contra chicos y adultos de su club. Con 10 años fue campeón regional benjamín y alevín, prácticamente sin rival, y con 12 ganó su primer torneo a nivel nacional. Muchos expertos pronosticaron que en el futuro sería uno de los mejores en el circuito profesional.

Con 14 años su estela siguió siendo triunfante, y un entrenador de la capital fue a hablar con sus padres y les convenció de que, si quería llegar a ser alguien en el tenis, tal y como sus excepcionales condiciones apuntaban, el chico tenía que entrenar y competir a otro nivel: con más medios, compañeros más competitivos y un plan deportivo más avanzado, algo que no era posible donde ahora estaba, pero que lo sería si se iba con él. El muchacho abandonó al club y a su entrenador de siempre y se fue a vivir lejos de su familia y su entorno, a un piso que compartía con otros dos jugadores que eran mayores que él, bajo la supervisión de una mujer que les hacía la comida. Aprovechando el cambio, sus padres aceptaron que dejara el colegio y se matriculara en la enseñanza a distancia, ya que así podía realizar dos entrenamientos diarios, algo que, según su nuevo entrenador, era fundamental para poder llegar a la élite. Además, tenía que participar en torneos que en ocasiones se jugaban entre semana, algunos incluyendo viajes, por lo que la disponibilidad tenía que ser absoluta. Por supuesto, todo esto tenía un elevado coste que los padres asumieron pidiendo un préstamo que hipotecó su casa. Sus amigos más cercanos pensaron que era una exageración, pero los padres lo justificaron “porque por un hijo se hace lo que haga falta, y cualquier esfuerzo y sacrificio son buenos para que el chico pueda alcanzar sus metas”.  Por suerte, pronto pudieron firmar un contrato con un patrocinador y la federación ayudó con algunos gastos, pero el principal apoyo económico seguía siendo el de los padres.

Aunque le costó adaptarse, en los primeros meses en su nuevo enclave mejoró en las parcelas física y técnica y consiguió los buenos resultados que se esperaban de él. Sin embargo, ya no disfrutaba como antes. Algo había cambiado. Antes podía estar horas y horas en la pista sin perder un ápice de motivación, pero ahora, cada vez con mayor frecuencia, le costaba soportar los entrenamientos largos y muy exigentes, y hasta no le apetecía ir a entrenar, algo que jamás le había sucedido. “Antes era un juego, y ahora es una obligación”,  le dijo a uno de sus compañeros de piso, buscando su comprensión. En realidad, no tenía con quién hablar fuera de su círculo del tenis. Como no iba al colegio y vivía en otra ciudad, no tenía más amigos que sus compañeros de fatigas tenísticas, mayores que él, y sentía que a sus padres no les podía confesar algo así, so pena de darles un disgusto muy grande y que se sintieran muy decepcionados con él después de todo lo que estaban haciendo por ayudarle.

Su entrenador le recordaba a menudo que todos: su padres, los patrocinadores, el mismo, confiaban mucho en él y sabían que trabajando duro podía seguir los pasos de los grandes tenistas. Con frecuencia le hablaba de Nadal como ejemplo a seguir, de sus grandes gestas, de cómo con sólo 19 años había ganado su primer Grand Slam… Nadal había sido siempre su ídolo. Lo había admirado con veneración y lo seguía admirando, incluso más ahora que era más consciente de la enorme dificultad que entraña llegar a la élite y el extraordinario mérito que conlleva ser uno de los mejores de la historia del tenis. Pero también por eso, cada vez dudaba más de que él pudiera seguir esa trayectoria, y cuando su entrenador o cualquier otro se referían a Nadal como el modelo a imitar, algo que antes le gustaba, se sentía incómodo y amenazado por la posibilidad, muy probable, de no poder imitarlo ni siquiera de lejos. En realidad estaba harto, tal y como confesó a uno de sus compañeros tras un mal entrenamiento en el que el entrenador le instó a que tuviera la fuerza mental del gran campeón: “estoy hasta los c… de Nadal”.  Evidentemente, sabía que la culpa no era de Nadal, sino suya y de quienes no hacían más que hablar de aquel con la mejor intención de motivarle, eso no lo dudaba, pero “lo único que consiguen es hundirme más”.

El compañero en quien confiaba, hacía tiempo que había tirado al toalla. Aunque jugaba bien al tenis, no tenía el nivel de nuestro amigo, ni tampoco su ambición por llegar a la élite. Asumía que era un jugador de segunda fila, y como mucho aspiraba a seguir unos años más jugando torneos menores y, después, vivir del tenis haciéndose entrenador o abriendo una escuela. Por tanto, no sentía la misma presión, y aunque escuchaba a su compañero, no sabía bien qué decirle. Este encontraba en aquel su pañuelo de lágrimas, pero no la empatía que necesitaba. Ante este vacío, intentaba ayudarse a sí mismo escribiendo sus pensamientos y sensaciones en una especie de diario que tenía en su ordenador portátil. Le permitía desahogarse, y así se sentía algo mejor. No le libraba del sufrimiento que su actividad le producía, pero era lo único que tenía. “Estoy solo”, escribió un día, “es difícil entender por qué me siento así cuando lo tengo todo. Muchos chavales estarían deseando estar en mi lugar. Seguramente soy muy egoísta”. En otra nota apuntó: “tengo que esforzarme para volver a disfrutar, para divertirme, para no fallarles a todos los que me apoyan”. Finalizando diciembre, estando en su casa de vacaciones, se le ocurrió escribir en forma de carta a los Reyes Magos.

Queridos Reyes Magos:

Antes creía en vosotros y esperaba con ilusión vuestro regalos, casi siempre algo de tenis: raquetas, botes de pelotas, cordajes, raqueteros, etc. incluso el libro de Agassi. Son los regalos que recuerdo y que más apreciaba. Ahora que no creo en vosotros me doy cuenta de que todos esos regalos no eran más que insistir en lo mismo, embolatarme con el tenis: tenis, tenis y más tenis. No me importaba porque era mi pasión y creo que aún sigue siéndolo, pero ahora lo veo de otra manera. Me gustarían unos Reyes sin regalos de tenis, sin conversaciones de tenis, sin que me hablen de Nadal o me den ánimos para el siguiente torneo o el año que empieza. Estoy hasta los c… bueno, estoy harto de eso y creo que necesito oxigenarme para recuperar la ilusión, y también no sentirme culpable si pierdo. 

Pierdo pocos partidos, pero el miedo a perder me mata, y hay días en que casi no duermo pensando que puedo perder. Por culpa de una lesión no he podido jugar en dos torneos y me he sentido bien. Eso es muy malo. Si el tenis es mi vida debería estar deseando jugar torneos y tener hambre por ganarlos. Eso dicen mi entrenador y mis padres y seguramente tienen razón, pero esa hambre la he perdido y prefiero estar lesionado. Es algo inconfesable, pero sé que sabéis mantener los secretos, sobre todo porque sois personajes de ficción y eso os lo pone más fácil. 

Estoy atrapado. Lo mejor que hago es jugar al tenis, pero ya no disfruto. Es una pesadilla. Y cada vez que hago una doble falta, por ejemplo, se me cae el mundo. ¿Es posible que vuelva a disfrutar de nuevo? Me importa una m… ser como Nadal. Lo que quiero es dejar de sufrir y volver a pasarlo bien con este deporte. Sé que nunca leeréis esta carta porque no existís y no seré tan tonto de mandarla a vuestra dirección de email : reyesmagos@gmail.com, pero como en el pasado creí en vosotros, igual que creí en el tenis, por los viejos tiempos!

El día de Reyes le despertó su madre. Tenían la costumbre de entrar juntos en el salón para ver los regalos que Sus Majestades les habían traído, y sus padres, abuela y abuelo y dos hermanos, ya le estaban esperando. Sobre el pijama se puso un viejo jersey, y con su mejor cara se unió al resto de la familia. Dentro del salón, cada uno tenía sus regalos junto a un zapato. Le llamó la atención que el suyo era uno de vestir y no una zapatilla de deportes. Después, al abrir los cinco paquetes que llevaban su nombre, se sorprendió cuando comprobó que en ninguno había regalos relacionados con el tenis: un jersey, unos auriculares, un libro de aventuras, unos CDs de música y unas entradas para ir al cine con dos amigos que él eligiera. Y lo que más le impactó es que nadie, absolutamente nadie, le habló de tenis en todo el día; ni al día siguiente, ni al otro. Con sus padres habló de otros temas, algo que no recordaba. Y se sintió muy bien.

Finalizadas las vacaciones, sus padres le acompañaron a la capital. Durante el viaje tampoco hablaron de tenis, pero al llegar allí vio que su entrenador les estaba esperando. Supo entonces que sus padres le habían pedido tener una reunión a la que también asistiría él, y sin más se sentaron a hablar. El entrenador comenzó hablando de la pasada lesión y explicando los planes que tenía para los siguientes meses. Más o menos, “como siempre”. Pero entonces tomó la palabra el padre y, dirigiéndose al chico, dijo:

--- Hasta ahora te hemos apoyado con mucho gusto, y nos has demostrado que te has ganado ese apoyo a pulso, no por tus buenos resultados, sino por esforzarte, por tener esa disciplina y afán de superación…

--- Sí, y por ser muy buen chico --- interrumpió la madre ---porque nos gusta que ganes, pero eso no es lo más importante (al oír esto de la madre, el muchacho miró al padre y este asintió).

--- Ahora eres mayor y tienes que sentirte libre para decidir lo que quieres --- continuó ahora el padre --- por eso hemos pensado que, si te parece, te des un margen para decidir si quieres seguir o si no, o si quieres seguir de otra manera, con otro planteamiento. 

El entrenador estaba callado, pero de pronto habló:

--- ¿Qué te parece si sigues aquí hasta el verano y después te decides?. Hasta entonces podemos trabajar en algunos objetivos de mejora y plantear los torneos para consolidar esas mejoras sin obsesionarnos con el ranking. ¿Qué te parece? Te voy a exigir, eh! Pero vamos a olvidarnos de los resultados y a concentrarnos en mejorar y en divertirnos jugando.

--- Además, hemos pensado que podrías ir a un instituto por las mañanas y tener allí amigos que no sean deportistas --- añadió la madre --- ¿Qué te parece? (el entrenador asintió).

Nuestro amigo no sabía qué decir. Pensó que estaba soñando, que todo era una fantasía, pero era verdad; y lo mejor estaba por llegar, porque los buenos propósitos no se quedaron en palabras, como sucede a menudo, sino que efectivamente, el panorama cambió. Siguió sintiendo una cierta presión, pero menor que antes, y eso le ayudó a manejarla. Además, se incorporó al club un psicólogo del deporte con el que podía hablar, quien además le enseñó estrategias para controlar la ansiedad y sentirse mejor. Y volvió a disfrutar. No como lo hacía de niño, pues sentía una mayor responsabilidad, pero esa pasión que estaba dormida, reapareció. "Curiosamente", aunque sólo entrenaba una vez al día, su rendimiento y sus resultados mejoraron.  Llegado el verano, decidió seguir apostando por el tenis, pero organizándose mejor, con tiempo para estudiar y estar con otros amigos. Eso le había liberado mucho y lo consideró prioritario.

Aunque la mayoría no lo sabe, se dice que en su palacio de Oriente, los tres Reyes Magos se ríen de quienes piensan que ellos no existen, que son los padres quienes los suplantan. Es cierto que, debido al elevadísimo número de peticiones que reciben, no tienen más remedio que delegar para ser muy eficientes, y quién mejor que los padres para asumir esa responsabilidad; pero algunos asuntos los llevan ellos personalmente, sobre todo los más difíciles, cuando se trata de obrar algún ¿milagro? Este joven tenista pudo comprobarlo, y desde entonces ha vuelto a creer que los Reyes Magos existen, que su magia puede ayudar a transformar en realidad lo que en principio parecen sueños imposibles. No obstante, analizando lo que había sucedido, se preguntó si no sería posible que los padres y los entrenadores asumieran su responsabilidad y, sin necesidad de la ayuda de los Magos, consiguieran "milagros" como el que había ocurrido que beneficiarían a tantos deportistas. ¿Es tan difícil?

Chema Buceta
6-1-2017

@chemabuceta

domingo, 25 de diciembre de 2016

CHRISTMAS TALE





(La versión en español se encuentra a continuación de esta; The Spanish version can be found below)


A few years ago, in a USA business school, there was a class studing  the efficiency and excellence of high-performance teams, and the students were asked to provide relevant examples to learn from. One of the students, Charly Believer, proposed Santa Claus. His classmates and the professor took it as a joke and laughed, but Charly was serious, and insisted with a forceful argument that after the initial disbelief, no one could refute: Is there anyone more efficient than he? Anyone who performs such a high-performance task with more efficiency and excellence than he? The eminent professor, Dr. Wastingtime, thought it would be a waste of time, but he decided to give Charly a chance, and then asked him to investigate so exceptional character and present his findings two months later, just before Christmas.

Charly did not expect such a committed assignment, "a hot potato", and he was perplexed. Investigate about Santa Claus? Where? In Internet? He started there, but he only found the typical things: the photos, the names of his reindeers, the most recent tradition ... Nothing that allowed him to delve into the keys to his efficiency and excellence. He decided to go to the oldest libraries, and there he searched even the most dusty documents, but no trace of the charismatic Santa Claus. He was lost; and he lamented a thousand times that he had dared to open his mouth. For in the end, he concluded, Father Christmas was no more than a fictional character, an invention, and it was clear that Dr. Wastingtime had only accepted his daring to give him an humility lesson.

In early December, about to throw in the towel, Charly went for a walk, and in the lobby of a large mall saw one of those Santa imitators talking to some children who, after waiting  in a long line, loaded with that so special excitement that was reflected in their faces, dared to ask for their gifts. Seeing them, he remembered that wonderful emotion he had also had as a child, and thought it was very beautiful to believe, and that for Santa Claus there would be nothing more gratifying than meeting the expectations of all those children who believed in him.

Suddenly, without knowing how, he saw himself close to that fake Father Christmas and he noticed that he was looking in his direction and calling someone. He looked back, convinced that it was not about him, but there was no one else there, and the gesture of the man in red and false beard left no doubt: he called him. Charly approached; and to his surprise, the man took out of his clothes some papers and gave them to him.

--- Take Charly, this is for you.

He said no more. He turned to the next child, who was already waiting for him on his knees, and continued his task.

Charly was stunned and reacted slowly. Or at least this is what he perceived. And although curiosity caught him, he did not dare to check those mysterious papers until he arrived home. Once there ... Oh! An old scroll, handwritten, told a fascinating story that captivated him. As it said, at Christmas in 1412, in a small village in present-day Finland, Santa's gifts did not reach those who requested them, and of course this was a great disappointment, especially for children. The scandalous failure provoked harsh criticism of Santa Claus, and not only in that samall place, but throughout the kingdom. Among other reproaches, he was accused of neglecting his commitments to the locals to pay more attention to the orders that increasingly came from abroad, and it was even questioned whether they should continue to trust him or find another supplier that would serve them better.

--- But that is not possible --- some said --- He is the Father of Christmas. How are we going to replace it?

--- Nobody is irreplaceable --- pointed the most critical --- If he does not do his job well, we will have to replace him.

--- Well, actually, it has only been a little carelessness in an almost insignificant village --- argued one who wanted to defend him.

--- A little neglect in a village almost insignificant? No one is insignificant --- said one of the most critical --- Santa Claus has to perform at a very top level and serve all of us. This is what we demand on him.  It starts with a little oversight, but if we do not give it importance, next year the failure will be bigger, and so everytime worse.

Santa Claus was embarrassed. The fault was very serious and there was no excuse. But it was done; and now, in addition to apologizing and correcting it as much as possible (he asked for the help of the Three Wise Men from the East; nobody knew them there, but that year, at the beginning of January, they gave him a hand), the important thing was to analyze what had happened in order to learn from that and prevent it to happen again. Even more, it would be wise to take advantage of this big mistake as an opportunity to improve procedures and being able to perform better than before. This is what he had always done. He remembered, as an example, that approximately in the year 1100, a child who had asked for a sword, received a real one and the poor boy cut off a hand. Thankfully, thanks to his exceptional contacts with the One above, he managed the boy not to lose it, but what a blunder! He learned then that all orders had to be reviewed better and that it was important to take into account the specific needs of each customer. It was not a question of giving anything more or less similar to what was asked for, but it was necessary to offer customized services so that each one was truly satisfied. And so it was done from then on.

Now, applying that same philosophy of learning from mistakes, he summoned his team to analyze what had happened to that little village in which they had failed.

--- It is their fault --- one of his lieutenants said --- They sent the letters late, out of time, and all the orders were ready.

--- It is clear that if they send the letters late, that forces us to do an extra effort and our task is more difficult --- reacted Santa Claus --- Do you think that justifies that we don´t do our job well?

--- Well, the truth is that we have performed quite well. The vast majority have received their gifts, have not they? --- pointed out another --- The percentage of well done work has been more than 99%. It's to be satisfied, isn´t it?
´
--- Aha; Then you think we should be satisfied with 99% success --- stressed Santa Claus --- What if it was 95%? What would you say?

--- Well, it's still a very high percentage, right? - said the same that had contributed the data. Others who were present nodded.

--- Aha; Then we still have room to go wrong, don´t we? --- pointed out Father Christmas --- This year we have disappointed children who trusted us, and they are very sad. We have lost credibility. But with such a favorable statistic, next year we will still have room to disappoint many other children, and yet we will celebrate it as a great success. Is it so?

--- Well…

--- And the following year we could even have more room for failure, because 90% of success is not so bad, right? --- continued Santa --- What is 10% of disappointed children who will stop believing in us, if we satisfy the 90%?

--- But… if they don´t meet the deadlines ... --- insisted the one who spoke first.

--- Agree. If they don´t meet the deadlines we have it more difficult --- recognized Santa Claus --- What can we do then? Do we resign ourselves? Do we blame them and thus justify ourselves? Or do we look for a solution?

Nobody answered. But Santa Claus perceived that his argument had touched them deeply, and then continued:

--- What do you think if instead of complaining, we think what we can do to prevent this problem and, if it arises, solve it?

Charly spent the whole night reading these valuable documents and pondering. He realized that excellence is incompatible with conformism; that although things are done well, there is room for improvement;  and, above all, that if you stop growing, every time you will make it a little worse. He also learned that no matter how broad are the horizons incorporating new customers, you should never neglect those who already are, since their fidelity is not a blank check, but must be fed continuously with the best services. He also concluded that efficiency has to do with focusing on what depends on oneself rather than on complaining, and also with getting better organized to perform more and to prevent and solve problems that delay or impede the achievement of goals. He also understood that you can not despise any customers, that they are all important, and that credibility and trust are basic elements, so bad service can have serious consequences.

Watching how Santa led his team, it was very clear for Charly that a good director can not impose, but argue with ability to convince; and in addition, he thought, he must be open-minded to ask, receive, and implant ideas from his subordinates, as well as being able to involve them in decision-making, because only in this way will they give the best of themselves. And of course, he understood that mistakes are great opportunities to improve and advance further.

December 20 was D-day, and as expected, no one missed the class. Dr. Wastingtime gave the floor to Charly with an ironic tone that the other students seconded with light laughter. It was the preamble of the big laughter that everyone expected from the foreseeable ridicule. But in the thirty minutes of his presentation, without any technological support, Charly surprised them with their unanswerable explanations. Everyone came out convinced that Santa Claus was an excellent example of efficiency and excellence, and they took good note of the powerful lessons that could be deduced from the modus operandi of such a great personage.

Then, after the effusive congratulations to Charly, as it was the last day of class before Christmas, everyone went to eat at a restaurant where, what a coincidence! the waiters were dressed like Santa Claus. Fortunately they had reserved a table, because the dining room was crowded and the waiting list was endless. Already seated, they immediately noticed the incredible spectacle of the waiters; and not for the costumes, but for their admirable efficiency working as a team and the excellence of their performance. That was pure high performance! When one of them approached the table, Professor Wastingtime addressed him:

--- We are observing how you work and it is fantastic to see how you take care of every detail with each of the clients. Congratulations!

--- Well, in such a limited space of time, we have to give a good service to everyone. That is our job --- replied the waiter --- What would happen if with the excuse that there are many customers who want to be served almost at the same time, we only serve 95% of them well? What would you say if you were in the remaining 5%?

Charly looked at the waiter and caught the wink of complicity that he did to him. Then, the man left and they never saw him again. Throughout the meal, Dr. Wastingtime wanted to continue this conversation and repeatedly asked for him, but none of those who approached was that waiter and no one could identify him. Inexplicably, he had evaporated, and there nobody knew him: as if he had never been. No one understood what had happened. Except Charly, of course.

Merry Christmas! Ho Ho Ho!

Chema Buceta
25-12-2016

@chemabuceta

CUENTO DE NAVIDAD

                                              


Hace algunos años, en una escuela de negocios de los Estados Unidos en la que se estudiaban la eficiencia y excelencia de los equipos de alto rendimiento, se les pidió a los alumnos que aportaran ejemplos de los que se pudiera aprender, y uno de ellos, Charly Believer, propuso a Papá Noel.  Sus compañeros y el profesor se lo tomaron a broma y rieron a carcajadas, pero Charly iba en serio, e insistió con un argumento contundente que tras la incredulidad inicial, nadie pudo refutar: ¿Hay alguien más eficiente que él? ¿Alguien que realice una tarea de tan alto rendimiento con más eficiencia y excelencia que él?  El eminente profesor, Dr. Wastingtime, pensó que sería una pérdida de tiempo, pero decidió darle a Charly una oportunidad encargándole que investigara sobre ese excepcional personaje y presentara sus conclusiones dos meses más tarde, justo antes de las vacaciones de Navidad.

Charly no esperaba tan comprometido encargo, una patata caliente, y se quedó perplejo. ¿Investigar sobre Papá Noel? ¿Dónde? ¿En Internet? Empezó por ahí, pero sólo encontró lo típico: las fotos de siempre, los nombres de sus renos, la tradición más reciente… Nada que permitiera profundizar en las claves de su eficiencia y excelencia. Decidió ir a las bibliotecas más antiguas, y allí rebuscó hasta en los documentos más polvorientos, pero ni rastro del carismático Santa Claus. Estaba perdido; y se lamentó una y mil veces de haberse atrevido a abrir la boca, pues en definitiva, concluyó, Papá Noel no pasaba de ser un personaje de ficción, una invención, y estaba claro que el Dr. Wastingtime sólo había aceptado su osadía para darle una lección por pasarse de listo.

A primeros de diciembre, a punto de tirar la toalla, Charly salió a pasear, y en el vestíbulo de un gran centro comercial vio a uno de esos imitadores de Santa Claus  hablando con unos niños que tras una respetable cola, cargados de esa ilusión tan especial que se reflejaba en sus caras, se atrevían a pedirle sus regalos. Viéndolos, recordó esa sensación maravillosa que él también había tenido cuando era niño, y pensó que es muy hermoso creer, y que para Papá Noel no habría nada más gratificante que responder a las expectativas de todos esos niños que creían en él.   De pronto, sin saber cómo, se vio cerca de ese Father Christmas de pega y percibió que este miraba en su dirección y llamaba a alguien. Miró hacia atrás, convencido de que no iba con él, pero allí no había nadie más, y el gesto del hombre de rojo y barba postiza no dejaba duda: le llamaba a él. Se acercó; y ante su sorpresa, el hombre sacó de su vestimenta unos papeles y se los entregó.

--- Toma Charly, esto es para ti.

No dijo más. Se volvió hacia el siguiente niño, que ya le esperaba en sus rodillas, y continuó su tarea.

Charly se quedó de piedra y tardó en reaccionar. O al menos esa sensación le dio. Y aunque la curiosidad le atrapaba, no se atrevió a revisar esos misteriosos papeles  hasta que llegó a su casa. Una vez allí… ¡Oh! Un pergamino antiguo, escrito a mano, contaba una historia fascinante que le cautivó. Según decía, en la Navidad de 1412, en una pequeña aldea de la actual Finlandia, los regalos de Santa Claus no llegaron a quienes los solicitaron, y como es lógico, eso supuso una gran decepción, sobre todo para los niños. El estrepitoso fracaso provocó críticas muy duras a Papá Noel, y no sólo en ese pueblo, sino en todo el reino. Entre otros reproches, le acusaron de descuidar sus compromisos con los locales por estar más pendiente de los encargos que, cada vez más, le llegaban del extranjero, y hasta cuestionaron si debían seguir confiando en él o buscar otro proveedor que los atendiera mejor.

--- Pero eso no es posible --- decían algunos --- Él es el Padre de la Navidad. ¿Cómo le vamos a sustituir?

--- Nadie es insustituible --- apuntaban los más críticos --- Si no hace bien su trabajo, habrá que cambiarlo.

--- Bueno, en realidad sólo ha sido un pequeño descuido en un pueblo casi insignificante --- le defendían los primeros.

--- ¿Un pequeño descuido en un pueblo casi insignificante? No hay nadie insignificante --- argumentaban los otros --- A Santa Claus se le exige que rinda al máximo y nos atienda a todos por igual. Se empieza por un pequeño descuido, pero si no se le da importancia, el año próximo serán dos, y así cada vez peor.

Papá Noel estaba abochornado. El error era gravísimo y no había excusa. Pero ya estaba hecho; y ahora, además de disculparse y subsanarlo en la medida posible (pidió la ayuda de los Reyes Magos de Oriente que allí nadie conocía, pero que ese año, a primeros de enero, le echaron una mano), lo importante era analizar qué había pasado para aprender de lo ocurrido y que no volviera a suceder. Más aun, habría que aprovechar este error como una oportunidad para mejorar los procedimientos y rendir mucho mejor que antes. Es lo que siempre había hecho. Recordó, como ejemplo, que aproximadamente en el año 1100, a un niño que le había pedido una espada, le llevó una de verdad y el pobre se cortó una mano. Menos mal que gracias a sus excepcionales contactos con el de más arriba, consiguió que el muchacho no la perdiera, pero menudo patinazo. Aprendió entonces que había que revisar mejor todos los pedidos y que era importante tener muy en cuenta las necesidades concretas de cada cliente. No valía cualquier cosa más o menos parecida a lo que se pedía, sino que había que ofrecer servicios a medida para que cada uno estuviera verdaderamente satisfecho. Y así se hizo a partir de entonces. 

Ahora, aplicando esa misma filosofía de aprender de los errores, convocó a su equipo para analizar qué había sucedido con esa pequeña aldea en la que habían fracasado.

--- La culpa es de ellos --- dijo uno de sus lugartenientes --- Mandaron las cartas unos días tarde, fuera de plazo, y ya estaban todos los pedidos preparados.

--- Está claro que si mandan las cartas tarde, eso nos obliga a hacer un sobreesfuerzo y nuestra tarea es más difícil --- reaccionó Santa Claus --- ¿Pensáis que eso justifica que no hagamos bien nuestro trabajo?

--- Bueno, la verdad es que hemos cumplido bastante bien. La gran mayoría ha recibido sus regalos ¿no es así? --- apuntó otro --- El porcentaje de trabajo bien hecho ha sido de más del 99%. Es para estar satisfechos ¿no?

--- Aja; entonces pensáis que debemos estar satisfechos con el 99% de éxito --- subrayó Papá Noel --- ¿Y si fuera el 95%? ¿Qué diríais?

--- Bueno, sigue siendo un porcentaje muy alto ¿no? --- aseveró el mismo que había aportado el dato. Otros de los que estaban presentes asintieron.

--- Ajá; entonces, todavía tenemos margen para seguir errando, ¿no es así? --- señaló el Padre de la Navidad --- Este año ha habido niños a los que hemos fallado estrepitosamente, que se han llevado una enorme desilusión. Están muy tristes. Confiaban en nosotros y les hemos decepcionado. Hemos perdido credibilidad. Pero con esa estadística tan favorable, el año que viene todavía tendremos margen para fallarles a otros muchos niños, y sin embargo lo celebraremos como un gran éxito. ¿Es así?

--- Bueno…

--- Y al siguiente año podríamos tener aún más margen de error, porque el 90% de éxito tampoco está tan mal ¿verdad? --- continuó el de la barba blanca --- ¿Qué es un 10% de niños desilusionados que dejan de creer en nosotros, si contentamos al 90%?

--- Pero es que si ellos no cumplen los plazos… --- insistió el primero que habló.

--- De acuerdo. Si no cumplen los plazos lo tenemos más difícil --- reconoció Papá Noel --- ¿Qué podemos hacer entonces? ¿Nos resignamos? ¿Les echamos la culpa y así nos justificamos? ¿O buscamos una solución?

Nadie respondió; pero Santa Claus percibió que su argumento había calado y continuó:

--- ¿Qué os parece si en lugar de quejarnos, pensamos qué podemos hacer nosotros para prevenir este problema y, si surgiera, solucionarlo?

Charly pasó toda la noche leyendo esos valiosos documentos y reflexionando. Se dio cuenta de que la excelencia es incompatible con conformarse; que aunque se hagan las cosas bien, se puede mejorar; y, sobre todo, que si te acomodas, cada vez lo harás un poco peor. Aprendió también, que por mucho que se amplíen horizontes incorporando nuevos clientes, nunca se debe descuidar a los que ya lo son, ya que su fidelidad no es un cheque en blanco, sino que hay que alimentarla continuamente con los mejores servicios. Concluyó asimismo, que la eficiencia tiene que ver con centrarse en lo que depende de uno mismo en lugar de quejarse, así como en organizarse mejor para rendir más y prevenir y solucionar los problemas que retrasan o impiden la consecución de los objetivos. Comprendió además, que no se puede despreciar a ningún cliente, que todos son importantes, y que la credibilidad y la confianza son elementos básicos, por lo que un mal servicio puede tener consecuencias graves.

Observando cómo dirigía Papá Noel, Charly tuvo muy claro que un buen director no puede imponer, sino argumentar con habilidad para convencer; además, pensó, debe tener la mente abierta para pedir, recibir e implantar ideas de sus subordinados e involucrar a estos en la toma decisiones, pues solo así conseguirá que den lo mejor de sí mismos. Y por supuesto, entendió que los errores son grandes oportunidades para avanzar más.

El 20 de diciembre era el día D, y como era de esperar, no faltó nadie a clase. El Dr. Wastingtime cedió la palabra a Charly con un tono jocoso que los demás alumnos secundaron con risas. Fue el preámbulo de las carcajadas que todos esperaban ante el previsible ridículo. Pero en los treinta minutos de su exposición, sin ningún apoyo tecnológico, Charly les sorprendió con sus inapelables explicaciones. Todos salieron convencidos de que Papá Noel era un excelente ejemplo de eficiencia y excelencia, y tomaron buena nota de las enseñanzas que podían deducirse del modus operandi de tan excelso personaje. Después, tras las efusivas felicitaciones a Charly, como era el último día de clase antes de la Navidad, todos fueron a comer a un restaurante en el que ¡vaya casualidad! los camareros estaban vestidos como Papá Noel. Y menos mal que habían reservado mesa, porque el comedor estaba abarrotado y la lista de espera era interminable. Ya sentados, enseguida repararon en el increíble espectáculo de los camareros; y no por los trajes, sino por su admirable eficiencia trabajando en equipo y la excelencia de su desempeño. ¡Eso sí que era puro alto rendimiento! Cuando uno de ellos se acercó a la mesa, el profesor Wastingtime se dirigió a él:

--- Estamos observando cómo trabajáis y da gusto ver cómo cuidáis todos los detalles con cada uno de los clientes. ¡Enhorabuena!

--- Bueno, en un espacio de tiempo tan limitado, tenemos que dar un buen servicio a todos. Ese es nuestro trabajo --- respondió el camarero --- ¿Qué sucedería si con la excusa de que son muchos clientes que quieren ser servidos casi a la vez, sólo atendiéramos bien al 95%? ¿Qué dirían ustedes si fueran del 5% restante?

Charly miró al camarero y captó el guiño de complicidad que este le hacía. Después, el hombre se fue y no volvieron a verlo más. A lo largo de la comida, El Dr. Wastingtime quiso continuar esa conversación y repetidamente preguntó por él, pero ninguno de los que se acercaron era ese camarero y nadie supo identificarlo. Inexplicablemente, se había evaporado y allí no le conocían: como si nunca hubiera estado. Nadie comprendió qué había pasado; excepto Charly, claro.

¡Feliz Navidad! Hohoho!

Chema Buceta
25-12-2016

@chemabuceta