domingo, 26 de mayo de 2019

CUMPLIR UN TRÁMITE O AMBICIONAR UN TÍTULO

 
Motivación y Autoconfianza: combinación ganadora

Mentalmente, la temporada del Barcelona terminó tras esa estrepitosa derrota inesperada frente al Liverpool en la Champions. La herida fue tan profunda que no se ha podido curar en las semanas siguientes a la debacle. Según parece, además del palo recibido, la autoconfianza y la autoestima como equipo quedaron muy dañadas, y eso ha dificultado estimular la motivación por desafíos “menores”: la liga estaba prácticamente decidida y bastaba un mínimo esfuerzo, pero la copa exigía jugar una final frente a un rival que la ambicionaba y tenía el potencial para disputarla.
En la tertulia Al Límite de radio Marca del día de la final, se comentaron unas declaraciones recientes de Piqué sobre lo ocurrido en Liverpool, y Messi, en rueda de prensa del día anterior, pidió disculpas a la afición por no haber cumplido con la expectativa de la Champions. Sin duda, es de esa derrota, que además recordaba el trágico precedente del año anterior en Roma, de lo que más se ha hablado desde que ocurrió, y, seguramente, lo que más ha estado en la cabeza de los protagonistas. Por su trascendencia, parece lógico que así sea durante un tiempo razonable, pero dos días antes de una final lo que reflejaba es que la enorme llaga no había cicatrizado, dificultando que floreciera el suficiente interés por ganar un título, la copa, que había sido habitual en los últimos años.
Si les hubiéramos preguntado a todos los jugadores si querían ganar la copa, es evidente que habrían respondido afirmativamente, y sin duda sería una respuesta sincera, pero ¿hasta qué punto? ¿Tanto como para contrarrestar las secuelas anímicas de esa dolorosa derrota en la competición que se consideraba el objetivo principal de la temporada? Nadie puede dudar de la motivación del equipo por ganar la copa, pero ¿era suficiente? ¿Bastaba con las pilas a medio cargar, o era necesario un nuevo sobreesfuerzo para recargar toda la energía?
Al contrario, parece que, para el Valencia, el impacto psicológico de haber sido eliminado sin paliativos por el Arsenal en la semifinal de la segunda competición europea ha sido mucho más leve y, así, no ha interferido en la motivación ambiciosa por los objetivos siguientes: lograr el cuarto puesto en la liga y ganar la copa. 
Por tanto, en la final de la Copa del Rey se enfrentaron dos equipos con estados psicológicos muy diferentes. Uno, muy tocado en su autoconfianza y sin la ambición suficiente, como afrontando un trámite antes de cerrar la temporada y desconectar. Otro, con mucha ambición por ganar y la autoconfianza fuerte tras alcanzar el objetivo del cuarto puesto. En términos generales, el Barcelona es superior al Valencia, pero en sus partidos previos no había habido tanta distancia y, sobre todo, esa diferencia psicológica podía equilibrar la balanza e incluso decantarla, como así sucedió, a favor del equipo que, en teoría, no partía como favorito.
Es evidente, que las circunstancias del Barcelona y el Valencia no son las mismas. Para el primero, aun habiendo ganado la liga, quedar eliminado de la Champions, y más de la manera que sucedió, es un enorme fracaso, y ganar la copa, un título que, si bien no menosprecia, considera de carácter menor y en ningún caso compensa la pérdida europea. Para el segundo, la eliminación de la UEFA league se puede asumir con facilidad si se alcanza el objetivo principal de, gracias al cuarto puesto, conseguir plaza en la siguiente Champions. Y ganar la copa, el gran éxito de un equipo que, aun siendo de los mejores, no suele ganar títulos. Por tanto, lo que para el Barcelona es un gran fracaso, para el Valencia es una decepción asumible, y lo que para este es un éxito (cuarto puesto en la liga) para aquel sería otro fracaso monumental. Y ganar la copa, si bien para ambos sería un éxito, lo es mucho más para el Valencia. Tras esta final, el entrenador del Valencia ha calificado la temporada de su equipo con una (¿exagerada?) “matrícula de honor” por quedar eliminado en semifinales de UEFA league, cuarto en liga y campeón de copa. Si el bagaje del Barcelona hubiera sido este, la calificación habría sido de suspenso rotundo, provocando una crisis con consecuencias mayores. Una gran diferencia ¿verdad?  
Lo expuesto explica, en principio, el estado psicológico en el que ambos equipos han afrontado este partido. Pero, además, hay otro factor. ¿Cómo ha manejado cada equipo ese estado psicológico? Para el Valencia era más fácil, porque tenía objetivos ambiciosos por los que luchar, y además, venía de haber superado momentos difíciles a lo largo de la temporada que seguramente habrán fortalecido su autoconfianza colectiva. Para el Barcelona era más difícil, pero ¿se ha hecho algo para, al menos, aliviar esa situación adversa y afrontar el partido en condiciones más favorables? Está claro que el día anterior a una final no es el momento para que el mejor jugador del equipo pida disculpas a la afición por algo sucedido unas semanas antes, sino de centrarse sólo en ese partido para tener más opciones de ganarlo. No es el momento de mirar atrás y lamentarse o disculparse por lo que no se puede cambiar, sino de intentar sacarse la espina con un nuevo título, aunque se considere de menor importancia. Pero...
De nuevo aquí, se echa en falta al psicólogo del deporte que piense en medidas que, aun siendo difícil, puedan ayudar a cambiar el chip mental. Es una de las principales funciones de un psicólogo en el deporte de élite: saber cuando es el momento de analizar en profundidad y cuando, sin embargo, ese análisis se debe aplazar en beneficio de centrarse en los objetivos inmediatos; saber cómo estimular la motivación y potenciar la autoconfianza cuando se recibe un palo y hay que reaccionar en poco tiempo; saber cómo asesorar a los entrenadores y los jugadores para poder llegar al siguiente desafío en las mejores condiciones psicológicas.
Obviamente, lo psicológico no es el único factor que influye en el desarrollo y desenlace de un partido, y por supuesto, habrá otras razones de peso que puedan explicar lo sucedido en esta final de copa, pero es muy posible que la diferencia en el aparente estado mental de ambos equipos haya contribuido significativamente a lo que hemos visto.
Chema Buceta
26-5-2019
@chemabuceta

miércoles, 8 de mayo de 2019

¿MALA ACTITUD, O BLOQUEO MENTAL?

                                            Un año después, ha vuelto a pasar



La inesperada derrota abultadísima del Barcelona frente al Liverpool (4-0) le ha dejado fuera de la Champions a pesar de la amplia ventaja que traía del partido de ida (3-0), y eso ha desatado multitud de comentarios críticos y explicaciones contundentes de quienes opinan con facilidad de todo y enseguida encuentran la clave y los culpables. Entre las diversas críticas, algunos han apelado a la “falta de actitud” de los jugadores. ¿Falta de actitud en una semifinal de la Champions, un equipo que aspira a ganarla y ha demostrado ese deseo durante toda la temporada? No parece muy probable. Entonces, ¿cómo se explican esos errores de (supuestas) "falta de concentración" y "ausencia de echarle... energía"?

Con frecuencia se identifica una aparente pasividad y falta de concentración (colocarse a destiempo, reaccionar tarde, no llegar a los balones divididos antes que los contarios, perder el balón por no darse cuenta del peligro, etc.) con la falta de motivación o de actitud. Es un error grave. Es cierto que estas carencias conllevan un nivel de activación más bajo del que sería óptimo para rendir al máximo, y que esta activación baja se manifiesta con cierta pasividad y despistes, pero estos también pueden ser la consecuencia de un exceso de ansiedad. 

Al contrario que la falta de motivación o actitud, la ansiedad provoca un aumento del nivel de activación, pudiendo situarlo por encima (no por debajo) del nivel óptimo que favorece el mejor rendimiento. Cuando esto ocurre, se poduce un estrechamiento de la atención (el jugador está como dentro de un túnel) que dificulta detectar los riesgos, reaccionar a tiempo y tomar decisiones acertadas. Aunque pueda parecerlo, no es por falta de concentración, sino por una capacidad atencional menor como consecuencia del exceso de activación. 

Además, el exceso de activación provoca un agarrotamiento muscular que perjudica la precisión;  y, asimismo, propicia bien un exceso de movilización de energía que se refleja en acciones impulsivas inapropiadas (faltas que no vienen al caso, querer solucionarlo todo de cualquier manera, exceso de individualismo…), bien una cierta parálisis que puede confundirse con pasividad, pero que en realidad no lo es. Es difícil acertar al cien por cien estando fuera del equipo, pero considerando la trascendencia del partido, lo que vimos allí parece relacionarse más con el exceso de ansiedad que con la falta de actitud. Más con el agobio, el bloqueo mental, el agarrotamiento y la parálisis que provocan el miedo a perder que con la falta de suficiente interés y concentración.

Se ha recordado también un fracaso similar del año anterior, cuando tras ganar a la Roma en casa (4-1), el Barcelona perdió en la vuelta (3-0) y también quedó eliminado. Casi todos los protagonistas fueron los mismos y, con pequeños matices diferentes, la situación fue muy parecida y el desenlace, idéntico. Este antecedente debería haber servido al Barcelona para que esta vez, aprendida la lección, no le sucediera lo mismo, y probablemente, es algo que habrán tenido presente en la preparación del partido, pero... ¿Cómo? ¿Con qué efecto?

En estos casos, cuando el recuerdo se limita a destacar el batacazo sufrido, si en el partido presente las cosas se complican, como sucedió en Liverpool, lo más probable es que se active el miedo a que suceda lo mismo (es decir, que aumenten la ansiedad y los síntomas de parálisis). Sin embargo, el fracaso anterior puede resultar positivo si de verdad se analiza con rigor lo sucedido y se sacan conclusiones constructivas que, en lugar del miedo, activen su “antídoto”: la autoconfianza. La cuestión es si, en su momento (la temporada pasada tras el fracaso de Roma), se llevó a cabo dicho análisis dedicándole el tiempo y la profundidad que merecía una situación tan relevante (¿Qué hemos hecho bien y deberíamos volver a hacer si se presenta esta situación en el futuro? ¿Qué hemos hecho mal y deberíamos cambiar?). 

No me refiero a un análisis de los directivos para evaluar posibles fichajes, también necesario, sino al que deben realizar los técnicos y los jugadores, sobre lo sucedido en el terreno de juego. Es bastante probable, ya que suele suceder, que una vez aliviado el grave disgusto, en lugar de hacer ese análisis, técnicos y jugadores cambiaran con rapidez el “chip” para centrarse en los siguientes partidos, desaprovechando ese fracaso para poner las bases de un futuro éxito cuando las condiciones, como sucedió ahora, fuesen similares. Tal vez, aquello se tomó como una desgracia que no volvería a suceder, y se pasó página demasiado pronto. Suele ocurrir: un mal día, un mal partido, fútbol es fútbol… Ahí acaba todo.

Evidentemente, el análisis constructivo de lo sucedido la temporada anterior habría facilitado mucho la preparación mental para el partido de este año. ¿Cómo se ha preparado este partido? Es bastante probable que se haya recordado lo que sucedió en Roma para alertar a los jugadores y que no se confiaran. Eso está bien. También lo está, por ejemplo, que Valverde (el entrenador) diera descanso a la gran mayoría de los jugadores titulares en el partido de liga anterior al de Liverpool, dando así una señal inequívoca de que no había que confiarse y era necesaria la mejor artillería. Si el partido hubiera ido razonablemente bien, tal y como se esperaba, quizá habría bastado, pero al no ser así porque el rival también juega, lo más probable es que ese estado de alerta, en principio positivo, se convirtiera en miedo con las consecuencias señaladas.

La preparación psicológica de un partido como este requiere no sólo alertar, sino, además, anticipar los problemas que pueden plantear el adversario y el devenir del partido, así como concretar acciones para evitar o contrarrestar tales problemas. ¿Qué puede pasar si nos meten un gol muy pronto? ¿Cómo nos puede afectar? ¿Qué tenemos que hacer si eso ocurre? ¿Qué puede pasar si nos marcan un segundo gol y nos meten el miedo en el cuerpo? ¿Qué hicimos (o no hicimos) en Roma que ahora, si eso ocurriera, deberíamos cambiar? ¿Qué estrategia utilizaremos si eso sucede? Sin duda es más cómodo no pensar en los posibles problemas y refugiarse en querer creer que todo irá bien si uno no se confía, pero es más conveniente pasar por la incomodidad de anticipar lo malo que podría ocurrir y su posible remedio, que agobiarse, agarrotarse, bloquearse y cometer errores graves cuando las dificultades no previstas se presentan.

De nuevo aquí, se echa en falta la presencia de un psicólogo deportivo que colabore estrechamente con el entrenador (que yo sepa, el Barcelona no lo tiene; y si estoy equivocado, pido disculpas). Uno de los cometidos del psicólogo es detectar y estudiar las circunstancias de cada situación que, reduciendo o aumentando su nivel de activación, pueden afectar al funcionamiento mental de los jugadores; y, en base a esto, su función es asesorar al entrenador para que ponga en marcha las medidas apropiadas (mensajes, videos, decisiones…) que puedan influir favorablemente en el estado psicológico del equipo. La presencia del psicólogo no garantiza el resultado final, como tampoco lo garantizan el entrenador, los restantes miembros del staff o los propios jugadores (entre otras cosas, porque el adversario también juega), pero aumenta la probabilidad de controlar factores que, a veces con mucho peso, pueden influir en ese resultado final.

En el Liverpool parece que predominó la motivación excepcional del que, tras el primer partido, tenía mucho que ganar y poco que perder y, alentado por la pasión de su público, se lo jugó todo a una carta valiente. En estos casos, el peligro suele ser que esa motivación elevada provoca una activación muy alta, y esta favorece un estado de aceleración e impulsividad que finalmente conduce a cometer muchos errores. Sin embargo, en esta ocasión, el equipo supo arriesgar sin suicidarse, predominando siempre una motivación alta pero controlada, seguramente gracias a una preparación que alimentó esa motivación no sólo desde el deseo, sino también anticipando problemas y potenciando la autoconfianza. Por el contrario, lo que parece que predominó en el Barcelona fue el temor a perder, a repetir el fracaso del año anterior. El contraste fue brutal; y el marcador final, consecuente. ¡Otra vez lo mismo! ¿Se puede aprender?


Chema Buceta
8-5-2019

@chemabuceta

  
  

miércoles, 3 de abril de 2019

PSICÓLOGOS EN EL DEPORTE: ¿LUJO, O NECESIDAD?

                                         ¿De verdad importa la salud de los deportistas?


En la gala de la Federación Española de Remo que tuvo lugar hace unos días, la deportista de 26 años, Anna Boada, medalla de bronce en el campeonato del mundo celebrado el pasado mes de septiembre, sexta en los Juegos Olímpicos de Rio de Janeiro y, por tanto, aspirante a medalla olímpica en la próxima cita de Tokio 2020, anunció su retirada como consecuencia de una depresión que no ha podido superar.

En ese acto, Anna, licenciada en Medicina, tuvo la valentía de leer un escrito que no tiene desperdicio. Habló de la enorme presión a la que están expuestos los deportistas, la incomprensión de la enfermedad mental, la falta de fuerzas para seguir luchando y la ausencia de apoyo adecuado; y exhortó a que los deportistas reciban ayuda para gestionar las emociones, tengan apoyo durante las crisis y también como prevención. En otras declaraciones que he podido leer, la exitosa remera ha dicho que desde mayo de 2018 sufría ataques de ansiedad, pero que encontró la forma de seguir tirando hasta los mundiales gracias a la ayuda psicológica que recibió por parte de sus entrenadores. Sin embargo, tras el éxito en el mundial, ya no pudo más y dejó de asistir a las concentraciones. Se esperaba que tras un periodo de alejamiento se reincorporaría a los entrenamientos, pero esta vez no pudo ser.

La depresión es una enfermedad muy seria que no hay que confundir con estar deprimido como estado de ánimo. Podemos deprimirnos (desanimarnos) por algo que nos sale mal, recibir una noticia adversa o tener un día aciago, pero ese es un estado de ánimo pasajero que, normalmente, con el tiempo se supera. En el deporte, los malos resultados, las lesiones o que las cosas no vayan como nos gustaría, sobre todo cuando percibimos que no está en nuestra mano cambiarlas, pueden provocar estados de ánimo depresivos, pero la enfermedad de la depresión es otra cosa.

La enfermedad de la depresión incluye un estado depresivo, de tristeza, casi todo el tiempo, pero además suelen estar presentes una pérdida de interés, disfrute o placer respecto a las actividades habituales o posibles proyectos, fatiga constante, pérdida de energía, abatimiento, sentimientos de indefensión y culpabilidad, dificultad para pensar y concentrarse, baja autoestima, cambios significativos de peso sin una explicación dietética, agitación o retraso psicomotor, insomnio,  y, en los casos más graves, pérdida de interés por la vida e ideas suicidas. El suicidio suele ser el desenlace de algunas depresiones graves. Asimismo, la depresión puede ir acompañada, o no, de estados de ansiedad más o menos frecuentes e intensos. Para diagnosticar una depresión como enfermedad no es necesario que coincidan todos estos síntomas, pero sí varios de ellos, y además es relevante que no se deban a las drogas o a otras enfermedades y, sobre todo, que provoquen un deterioro significativo del funcionamiento habitual.

Las causas de la depresión pueden ser varias. La que mejor explica las depresiones sin una base biológica o genética, como son las que suelen sufrir los deportistas, es la falta de control sobre las cosas que nos importan mucho, la enorme frustración que nos provoca percibir que no podemos hacer nada, sentirnos impotentes ante las demandas de los demás y las propias, concluir que somos incapaces de pilotar nuestra vida en la dirección que nos gustaría. La presencia de estos elementos no deriva necesariamente en una depresión, pero las papeletas son muchas. Un factor de riesgo es el intenso estrés psicosocial que conlleva la exigencia casi permanente de competir y rendir a un nivel muy elevado y responder a expectativas muy altas de los demás y de uno mismo; muy presente en el deporte de élite y otros ámbitos de alto rendimiento.

La mayoría de los deportistas no sufre una depresión como enfermedad, pero se trata de una población muy vulnerable, y, de hecho, siendo una minoría quienes la padecen, son más de los que públicamente se conocen. Se observa en bastantes casos de deportistas jóvenes de éxito temprano cuando llega el momento en que los resultados son peores que antaño y se ven incapaces de responder a las expectativas que ellos y sus allegados tenían. Se sienten fracasados, minimizados y culpables, y siendo más que muy probable que en su trayectoria hayan relacionado el éxito deportivo al valor que se dan como personas, ese sentimiento es horrible. Algunos sufren una ansiedad intensa hasta que deciden retirarse, se dan un tiempo de recuperación y encuentran refugio en una actividad más cómoda; pero no son pocos los que, retirándose o no, sufren una depresión que los aparta no sólo del alto rendimiento, sino, también, de una vida mínimamente normal y feliz, lo que les exige someterse al tratamiento adecuado.

En el caso de deportistas de élite adultos, si bien la depresión puede estar asociada al fracaso deportivo y la indefensión, culpabilidad y baja autoestima que este puede conllevar, no es una patología infrecuente en los que tiene mucho éxito. He conocido a campeones y medallistas olímpicos y otros deportistas exitosos que tras sus grandes hazañas han desarrollado esta enfermedad. Por desgracia, más de uno ha llegado a suicidarse o ha intentado hacerlo. Puede parecer paradójico, pero tiene su explicación.  

A veces, es la consecuencia del vacío que se produce tras alcanzar un gran éxito, lo que se ha denominado como “depresión del éxito”. Su vida ha tenido un gran propósito al que han dedicado grandes dosis de atención, tiempo, esfuerzo, sacrificio, etc. y ahora, se han quedado sin ese gigantesco desafío. Se sienten vacíos, sin objetivos interesantes, y perciben que su vida carece de sentido.  Le puede suceder a deportistas en activo que perciben haber logrado todo a lo que podían aspirar, y a deportistas de éxito cuando se retiran; para estos últimos, el vacío que la ausencia del deporte ha dejado en sus vidas puede derivar en una depresión que, hemos conocido casos, puede acabar en una tragedia.

Otras veces, lo más habitual cuando se sigue en activo, la depresión aparece cuando los deportistas exitosos sienten la obligación ineludible de tener éxito en las competiciones futuras porque así se lo exigen las expectativas de su entorno y las que ellos mismos se plantean. Esta altísima exigencia requiere nuevos sobreesfuerzos físicos y psicológicos que habrá que añadir al posible agotamiento por los prolongados sobreesfuerzos previos. Es decir, los deportistas llevan mucho tiempo soportando el elevado estrés de los entrenamientos, las competiciones y un estilo de vida que prioriza el sacrificio y la disciplina, y en muchos casos, están agotados: les quedan pocas fuerzas. Ya no pueden soportar más presión, pero el éxito alcanzado les obliga a sobreesforzarse todavía más.  En esas condiciones, consciente o inconscientemente, no se ven capaces de responder a esa obligación con todo lo que conlleva, y esa es una amenaza muy estresante que provoca una presión enorme y los hunde psicológicamente. La depresión está ahí. Y el ambiente optimista que habitualmente los rodea, en lugar de ayudar, los perjudica. A mayor optimismo y muestras de confianza en su futuro éxito, más se estresan y más probable es que se depriman. A eso se añade la incomprensión de la enfermedad. ¿Cómo puede estar deprimido alguien que tiene tanto éxito, qué es de los mejores del mundo, qué ha llegado dónde otros muchos sueñan, pero jamás estarán? Lo que la mayoría no sabe es que, precisamente, ese éxito puede ser el desencadenante de una depresión que, como en este caso, acabe con una carrera deportiva en su mejor momento.

No conozco los detalles del sufrimiento y las circunstancias de Anna Boada y, por tanto, puedo estar equivocado, pero no me extrañaría que en un deporte que, a diferencia de su “primo hermano”, el piragüismo, lleva mucho tiempo sin obtener triunfos internacionales relevantes, sus grandes éxitos hayan propiciado una expectativa altísima respecto a éxitos sucesivos, avivando una presión devastadora que ha derivado en depresión y acabado con ella como deportista de élite. Tras los Juegos, aguantó hasta el mundial, y el resultado deportivo fue muy bueno, pero a costa de un sobreesfuerzo psicológico que la ha desgastado aún más. Además, seguramente, ese excelente resultado habrá acentuado la “obligación” de conseguir la medalla en los Juegos de Tokio, tal y como se desprende de los comentarios de estos días considerándola favorita, y eso también habrá contribuido mucho al estrés que no ha podido soportar.

Los deportistas de élite están expuestos a una presión muy alta, y precisamente por eso, tal y como señala Anna, es fundamental que dispongan de la ayuda psicológica adecuada. Ella lamenta no haber tenido a su alcance este recurso, y si bien señala que recibió ayuda psicológica de sus entrenadores, es evidente que esta no ha sido suficiente. Lógico. Los entrenadores pueden aplicar la Psicología para enriquecer su trabajo y optimizar, así, el rendimiento de sus deportistas, pero por muchos conocimientos que tengan y mucha buena voluntad que pongan, no están preparados para manejar una enfermedad mental, ni es su función. Ocurre con la Medicina. El buen hacer de los entrenadores puede prevenir lesiones, pero en ningún caso pueden operar a un deportista de su menisco roto. El entrenador tiene su papel, también en lo psicológico, y el psicólogo el suyo, y ambos son complementarios. El triste caso de esta deportista, al igual que otros muchos, es una muestra más de que el psicólogo debe tener su lugar. ¿Lujo, o necesidad?

En su larga trayectoria hasta la élite mundial, ¿cuánto tiempo, esfuerzo y sacrificio habrán invertido Anna Boada, su compañera Aina Cid, sus entrenadores y todos los que hayan colaborado en un proyecto tan ambicioso? Y ¿cuánto dinero habrá costado todo ese esfuerzo? Es incalculable la generosidad en dedicación y esfuerzo de todos los implicados, y el montante económico, sin duda, ha sido muy alto.  Sin embargo, parece que no había lugar para un psicólogo que podría haber evitado que toda esa inversión se haya ido al garete. ¿Es un lujo que no se han podido permitir, o demuestra la ignorancia o irresponsabilidad de unos directivos que no han puesto los medios para atender esta necesidad?

Hoy en día, el psicólogo es una figura ampliamente aceptada en el deporte, y como demuestran numerosos ejemplos, muchos de ellos de deportistas muy exitosos, su contribución aporta mucho y así se valora. Por tanto, someter a deportistas de élite a la altísima exigencia que les corresponde sin el apoyo de un psicólogo que vele por su salud mental ya no es cuestión de ignorancia, sino de una gran irresponsabilidad. Ahora, tras lo sucedido a Anna, y quizá en parte porque ha trascendido a la opinión pública, ha habido directivos de las instituciones deportivas (federación, Comité Olímpico, ¿Consejo Superior de deportes?) que le han brindado todo su apoyo. ¿Por qué no lo han hecho antes? ¿Por qué no han valorado previamente la importancia de su salud mental? ¿Por qué no han respetado su dedicación y esfuerzo, su entrega como persona y como deportista, dotándola del apoyo psicológico que tanta falta le ha hecho? ¿Un lujo?

El psicólogo del deporte no es un terapeuta y, por tanto, no está preparado para tratar una depresión, pero sí lo está para prevenirla y, si fuera el caso, derivar al deportista a un psicólogo especialista antes de que el problema sea grave (al igual que el médico deportivo deriva a un colega especialista en función de las necesidades del deportista enfermo o lesionado). La función del psicólogo del deporte, además de contribuir a optimizar el rendimiento deportivo, es velar por la salud de los deportistas. Con este propósito, puede detectar situaciones de riesgo y asesorar sobre la mejor forma de aliviarlas o compensarlas, puede ayudar a los deportistas, como apunta Anna, a gestionar sus emociones extremas, y puede intervenir en los momentos más críticos. Su contribución debe servir para que los deportistas estén sanos mentalmente y, así, puedan afrontar mejor los desafíos deportivos. ¿Un lujo?

En definitiva, el psicólogo es un especialista que se ocupa de la salud y el rendimiento de los deportistas. Por tanto, considerando el elevado riesgo para la salud mental que, por su alto nivel de exigencia, conlleva el deporte de élite, la presencia de un psicólogo es fundamental. También en el deporte de base, pues ahí también existe un riesgo y la colaboración del psicólogo puede ser muy provechosa, pero en la élite es algo incuestionable. 

En su impactante discurso, Anna transmitió su deseo de que en el futuro (esperemos que inmediato) otros deportistas puedan disponer de esa ayuda especializada que ella no ha tenido. ¿Servirá lo sucedido para tomar medidas antes de que ocurran otros casos? ¿Es un lujo velar por la salud de los deportistas, o una obligación que las instituciones deportivas deben asumir? ¿El psicólogo es un lujo, o una necesidad? 


Postdata: Le deseo lo mejor a Anna Boada. Se ha quitado de encima la pesada losa que llevaba a cuestas, pero ahora se enfrenta a una recuperación que llevará su tiempo. La retirada, por un lado, puede producirle alivio; pero por otro, puede acentuar la sensación de fracaso y debilitar su autoestima. El tratamiento psicológico apropiado debe ayudarla a superar esta enfermedad. Probablemente, no volverá a competir al alto nivel que estaba acostumbrada (seguramente, no lo pretenda), pero la vida le planteará otros retos para los que deberá estar preparada; el más importante: estar bien consigo misma. 

Chema Buceta
3-4-2019

@chemabuceta


miércoles, 6 de marzo de 2019

VENDER LA PIEL DEL OSO...

                                           ¿Eliminatoria decidida en el partido de ida?



 En menos de una semana, el Real Madrid ha sido eliminado de la Copa del Rey, (prácticamente) se ha despedido de la liga y ha caído en la Champions, sufriendo la humillación de tres derrotas consecutivas en su propio estadio, con un gol a favor y ocho en contra. No voy a analizar los motivos futbolísticos de estos malos resultados, pues para eso están los especialistas, aunque es interesante observar cómo los elogios de hace sólo tres semanas, tras empatar en Barcelona y ganar a domicilio al Atleti y al Ajax, se han convertido ahora en disparos a diestro y siniestro. 

Sin duda, las derrotas contra el Barcelona han sido muy dolorosas por su inapelable contundencia y la constatación de los tumbos que el Madrid ha ido dando, ya desde la “planificación” de la temporada, tanto en el campo como en los despachos. Pero quedaba la Champions, y se quería creer que lo sucedido el año pasado se podría repetir (muy mala temporada en España, pero se gana la Champions), salvándose así los muebles. Por eso, ese 1-4 contra el Ajax ha sido especialmente sangrante.

Centrándome sólo en lo psicológico, hay varios factores que, en cierta medida, han podido contribuir a que el Madrid haya quedado eliminado tras haber ganado allí por 1-2. El primero es este resultado tan favorable, pues hacía presagiar que el partido de vuelta sería “fácil”. En esa misma dirección apuntó la autoexclusión de Sergio Ramos con esa tarjeta amarilla provocada. Todo el mundo sabe que esto se suele hacer en el partido anterior a otro de trascendencia menor en el que la participación del sancionado no se considera necesaria, por lo que el mensaje del capitán estaba claro. 

El mayor impacto del liderazgo no está en las arengas a los compañeros o las declaraciones públicas que apelan a la tradición, el orgullo, echarle huevos o cualquier otro tópico de “ganador” que los aficionados quieren oír, sino en las acciones de quienes lideran, ya que son estas las que infuyen decisivamente en las actitudes y comportamientos de los liderados. En este caso, el capitán vende el oso antes de cazarlo, y por eso se permite ausentarse del partido de vuelta como si fuera simplemente un trámite.

Paralelamente, parece muy probable que la autoconfianza colectiva se hubiera debilitado tras los malos resultados frente al Barcelona. Ya en el segundo partido (el de liga), sin entrar en lo futbolístico, el ímpetu del equipo no fue el mismo. La sensación que dio fue de cierta aceptación de la situación, de saberse impotente a pesar de tener que superar un solo gol. En parte es lógico tras el varapalo y la eliminación de la copa en un partido en el que, jugando mejor, fue incapaz de hacer valer la ventaja que traía del partido de ida. La autoconfianza colectiva es un elemento psicológico de gran trascendencia para contrarrestar el estrés (la ansiedad) que conlleva un partido importante y favorecer el máximo rendimiento. En su ausencia, se cometen más errores, se cree menos en que el desafío es posible, predominan más la impulsividad y el esfuerzo individual por encima de lo colectivo y hasta es más probable que se produzcan lesiones (¿casualidad las dos lesiones en la primera parte frente al Ajax?).

Otro factor a tener en cuenta es la ausencia de jugadores carismáticos en los papeles principales del equipo. No entro en si futbolísticamente es lo apropiado, pero para la cohesión de equipo no suele ser una buena medida. Evidentemente, esto no quiere decir que haya que poner a las vacas sagradas, hagan lo que hagan, en detrimento de compañeros que están mejor, pero es importante que los jugadores que más pueden sumar o restar se sientan muy involucrados, de forma que tiren del equipo y no al contrario; y si en un mes con tantos partidos trascendentes hay varios pesos pesados que apenas cuentan, mal asunto.   

En estas circunstancias, los partidos “trampa” (es decir, aparentemente más “fáciles”), como este contra el Ajax, son más peligroso aún, ya que, de manera más o menos consciente, se perciben como un pequeño respiro y, al mismo tiempo, una buena oportunidad para, casi con seguridad, sin necesidad de hacer un buen partido, borrar derrotas dolorosas y continuar vivos. El problema llega cuando las cosas no salen como preveía un guion que auguraba un partido de guante blanco. Evidentemente, había que jugar, pero no se esperaba que un equipo que ni siquiera lidera una liga menor, al que se había ganado en su casa y que necesitaba por lo menos dos goles, pudiera darle la vuelta a la eliminatoria. De hecho, el capitán se había autoexcluido pensando ya en el siguiente rival. 

Los dos goles del Ajax en los primeros 20 minutos, estropearon ese partido que se intuía cómodo. Entonces, la amenaza de un nuevo fracaso, la fragilidad de una autoconfianza colectiva débil y la falta de jugadores con peso que tirasen con eficacia del carro favorecieron que la ansiedad tomase las riendas, reflejándose en la precipitación, el desorden, la ausencia de criterio, la falta de puntería y, probablemente también, en cierta medida, las lesiones de dos jugadores que abandonaron el campo en la primera parte.  

Jorge Valdano denunció algunos de estos síntomas desde su posición de comentarista. Tras los goles del Ajax, subrayó repetidamente que el Madrid tenía que poner pausa en su juego, en vez de querer resolver el partido impetuosamente. Con acierto señaló que el equipo perseguía el gol en lugar de centrarse en jugar bien para, a partir de ahí, sumar en el marcador. Puede parecer paradójico, pero tiene mucho sentido. Sobre todo en momentos de mayor estrés y dificultad, para conseguir un determinado objetivo (en este caso, marcar goles), el camino no es obsesionarse con el objetivo en sí, sino centrar la atención en lo que hay que hacer para que ese objetivo sea más probable. Como es lógico, cuando queda poco tiempo, la estrategia será diferente a la que más conviene en la primera parte, pero en cualquier caso, se trata de controlar la situación mediante un esfuerzo colectivo inteligente, en lugar de actuar impulsivamente o yendo por libre.  

Se está destacando que, en este partido, se echó en falta a Sergio Ramos, tanto en lo futbolístico como en su capacidad de liderazgo. Seguramente, fue así. Pero el partido se juega desde mucho antes de los 90 minutos, y lo que parece que sí caló en las semanas y los días previos fue su inconfundible mensaje: No hace falta que yo juegue; podemos vender, ya, la piel del oso.


Chema Buceta
6-3-2019

@chemabuceta

lunes, 18 de febrero de 2019

¿COMPENSACIÓN INCONSCIENTE?









¿Quién ayuda a los árbitros?



Leo con mucha pena las declaraciones de algunos jugadores del Real Madrid denunciando que les han robado la final de la Copa del Rey de baloncesto; y con más pena todavía que el club amague con retirarse de la ACB por sentirse perjudicado y no haber recibido disculpas. Es muy triste que un club que presume de tanta solera y es buque insignia del baloncesto español caiga en la trampa de la rabieta por haber perdido un partido que, a falta de 10 minutos, dominaba por 14 puntos. Está claro que la decisión final de los árbitros le perjudicó gravemente, pero puestos a buscar responsables, parece obvio que han tenido más peso los errores propios en ese último cuarto que ese único error arbitral tras consultar en el instant replay las imágenes de la jugada.

Además, no se puede obviar que el error más grave de los árbitros tuvo lugar en una acción anterior, cuando no señalaron una clarísima falta de un jugador del Madrid que habría puesto el punto y final a favor del Barcelona. La pataleta de ahora, recordando además una decisión adversa del año anterior, pretende denunciar la intención de los árbitros de perjudicar al Madrid en beneficio del Barcelona (“un robo”), pero si fuera así, lo más fácil habría sido señalar esa inapelable falta previa que hasta el más fanático madridista vio. De haberlo hecho, nadie lo habría criticado. Por el contario, esa decisión favoreció al Madrid, dándole una opción de ganar que, de otra forma, no habría tenido. Tampoco se puede decir, como probablemente se habría insistido de haber perdido el Barcelona (en este caso, con más razón), que los árbitros quisieran beneficiar al Madrid, pues de haberlo hecho habrían ignorado la última acción y el Madrid habría ganado.

Los hechos demuestran, por tanto, que no ha habido una intención deliberada de perjudicar o beneficiar a uno u otro equipo. El arbitraje, hasta esas dos últimas jugadas, fue bastante bueno: a la altura de un partido de esa trascendencia entre dos equipos de altísimo nivel que hasta llegó a la prórroga. Pero el deporte de alta competición es así: en una jugada puedes arruinar una actuación brillante; les sucede a los jugadores, a los entrenadores y también a los árbitros. Estos últimos, como los anteriores, son personas; y como tales, cometen errores. La diferencia es que los errores de los jugadores y los entrenadores son en perjuicio propio, mientras que los de los árbitros perjudican a otros, pero no por eso dejan de ser errores que acompañan al ser humano.

Otra cosa es que, siendo inevitable que se produzcan errores, se tomen medidas para prevenirlos y minimizarlos. Y para eso, en primer lugar, es conveniente encontrar una explicación. Veamos algunas preguntas relevantes respecto a la primera jugada (la falta no señalada a favor del Barcelona): (1) ¿Estaban los árbitros físicamente bien preparados para, en una jugada tan rápida de campo a campo, al final del partido, poder juzgar sin verse afectados por el cansancio? (2) ¿Estaban los árbitros técnicamente preparados desde su conocimiento del baloncesto, para anticipar que en la situación de ese saque de fondo, la probabilidad de ese pase largo era muy alta y, por tanto, era conveniente situarse más cerca de la otra canasta o estar listos para reaccionar muy rápido? (3) ¿Estaban mentalmente bien preparados para controlar el exceso de activación que podría estar presente en un momento tan crítico de un partido tan trascendente? El exceso de activación provoca un estrechamiento de la atención y dificulta la toma de decisiones. Si no se controla adecuadamente, puede interferir en el rendimiento. (4) ¿Por qué no señaló la falta, tan evidente, ninguno de los tres árbitros? ¿Por respetar el espacio del compañero que supuestamente debería haberlo visto? ¿Por “el uno por el otro y la casa sin barrer” en un momento muy delicado? ¿Simplemente, ninguno lo vio desde la posición en que estaba? 

Se trata de árbitros internacionales de primer nivel, y me consta que se preparan físicamente, conocen bien el baloncesto y, mentalmente, aunque carecen de un entrenamiento específico consistente, suelen funcionar bien, pero aquí está otra de las claves del deporte de alto rendimiento: los deportistas, los entrenadores y los árbitros de élite suelen funcionar bien la mayor parte del tiempo, pero a veces, las circunstancias de la situación les superan, y eso interfiere negativamente en su rendimiento. Le pasa a los más grandes, y ayer pudo sucederle a estos árbitros. ¿Es suficiente la preparación y el apoyo que tienen? Es evidente que no basta con prepararse por su cuenta, por muy bien que lo hagan, sino que, como cualquier deportista de élite, necesitan el apoyo y el seguimiento de profesionales de alto nivel en todas las áreas: ¿lo tienen en la ACB?

Cometido el primer error, lo que es lamentable es que las normas no permitan revisar esa jugada en el instant replay. ¿Para que está, entonces, si no se puede revisar una jugada tan decisiva? Habrá que confiar en que lo sucedido sirva para modificar este aspecto. En su ausencia, me gustaría saber qué ha pasado en ese último tiempo muerto a falta de cuatro segundos. Es muy probable que los árbitros tuvieran dudas respecto a la falta que no habían señalado y que había cambiado el partido por completo. La máxima arbitral de que el partido lo decidan los jugadores y no los árbitros estaba en entredicho. ¿Se sentían culpables? ¿Dudaban? ¿De qué hablaban? ¿Se preparaban para una jugada decisiva que, seguramente, sería muy difícil de arbitrar? ¿Qué harían los equipos? ¿Previeron los árbitros que lo más probable era que un jugador del Barcelona penetrase buscando la previsible falta? ¿Qué pasaba con el exceso de activación (nerviosismo) que seguramente estaría presente? ¿Qué pensamientos pasaban por sus cabezas? ¿Cómo se apoyaron entre ellos? En ese tiempo muerto los dos equipos prepararon estrategias que habrían ensayado infinidad de veces. ¿Qué estrategia prepararon los árbitros? ¿Tendrían preparado algo?

En la jugada definitiva dio la impresión de que se pitaba algo confiando en que el instant replay daría una solución. ¿En qué condiciones psicológicas revisaron los árbitros esas imágenes? ¿Estaban nerviosos? ¿Pudieron analizar con la tranquilidad necesaria una jugada tan difícil y de tanta trascendencia en un partido tan importante? Es lógico que surjieran las dudas. Y en la duda, ¿la compensación? Hoy me lo han preguntado varias veces. No creo que haya existido de forma consciente, pero inconscientemente es posible. Sobre todo en situaciones críticas, nuestra predisposición psicológica, que suele ser inconsciente o no del todo consciente, puede influir decisivamente en nuestra forma de ver las cosas y, a partir de ahí, en nuestras decisiones. La predisposición psicológica (inconsciente) de esos árbitros cuando salieron de ese tiempo muerto y, sobre todo, cuando acudieron a la mesa a visionar la jugada, es muy probable que apuntara en la dirección de encontrar razones para dar por buena una canasta que compensase el gravísimo y decisivo error de la jugada previa. Eso no quiere decir que lo hayan hecho aposta, deliberadamente; sino que podría existir ese sesgo mental que a todos nos puede influir en nuestra forma de ver y valorar las cosas. Se supone que a un árbitro, y menos aún de este nivel, no le debe influir un error en su juicio de jugadas posteriores, y habitualmente es así, pero en un momento tan estresante, sin hacerlo a propósito, es muy posible que haya sucedido eso. Un error humano; en este caso, al no poder controlar esa probable predisposición psicológica que ha podido provocar una “compensación inconsciente”. ¿Se podría haber evitado? Quizá no; pero habría sido mucho más probable con la preparación y el apoyo que corresponden a deportistas (los árbitros) a los que se exige tanto.

Dicho todo esto, reitero que es impresentable que se diga que al Madrid le han robado el partido. No se puede obviar que perdió una ventaja considerable y que, poco antes de la jugada final, un error muy grave de los árbitros le dio la posibilidad de ganar cuando tenía el partido perdido.

Los tres árbitros de esta final son muy buenos árbitros; pero son humanos; y lo que hay que hacer es proporcionarles los medios para que puedan hacer su trabajo con el menor número de errores.


Chema Buceta
18-2-2019

@chemabuceta
www.palestraweb.com
www.psicologiadelcoaching.es






lunes, 24 de diciembre de 2018

CUENTO DE NAVIDAD



  "Nos falta Santa Claus"


Esta historia sucedió hace siete u ocho años en Holanda, donde a Papá Noel le llaman Santa Claus. Es una historia secreta que me contó su protagonista. Pocos la conocen. Al publicarla, me comprometí a respetar la confidencialidad, y por eso he cambiado los nombres y algún detalle más. Lo demás es todo cierto… o así parece.


Faltaba poco para la Navidad y Willem Van Dijk, director general de una cadena de grandes almacenes, se reunió con sus directivos para organizar los últimos detalles.  Como sucedía siempre en estas fechas, la gente abarrotaría las tiendas y las ventas se multiplicarían, pero se necesitaba un esfuerzo extra para que todo funcionara bien y se cumplieran los dos grandes objetivos: vender mucho y que los clientes estuvieran a gusto, se fueran muy satisfechos y desearan volver a lo largo del año.

Comenzó la reunión repasando cosas que para satisfacción de todos estaban resueltas, pero cuando le llegó el turno, el director de recursos humanos activó la alarma:

--- “Nos falta Santa Claus”

--- “¿Cómo?” --- interrogó Willem, sin querer creérselo.

--- “Así es” --- confirmó el director --- “No hemos encontrado a nadie que tenga el perfil adecuado”.

--- “Pues hay que solucionarlo como sea” --- sentenció Van Dijk --- “Es muy importante tener a Santa Claus para atender a los niños. Es Navidad, y Santa es el principal protagonista. Si es necesario, ofrece más dinero”.

--- “Ya lo hemos hecho, pero no es cuestión de dinero. Los que se ofrecen no quieren trabajar tantas horas, o carecen del carisma y la empatía que exige un buen Santa Claus”.

--- “¿Entonces?”

--- “No sabemos qué hacer” --- contestó el director de recursos humanos encogiéndose de hombros --- “Tampoco podemos poner a nuestros propios empleados; los necesitamos en sus departamentos; y, además, los chicos podrían reconocerlos”.

Alguien sugirió poner un anuncio, pero la idea era descabellada, ya que los niños podrían leerlo y se les caería el mundo encima. Otras ideas también fracasaron, y la reunión terminó sin una solución.

Willem Van Dijk estaba muy preocupado. El problema era grave y había que solucionarlo pronto. Esa noche, ya en la cama, le dio vueltas y más vueltas sin que se le ocurriera nada, y tardó mucho en quedarse dormido. Algo debió suceder entonces, porque pasadas unas pocas horas, todavía de noche, despertó de repente con una idea que le pareció brillante: ¡contratar al verdadero Santa Claus! “¿Quién mejor que él para hacer esa función?” --- razonó --- ¿Por qué buscar a un sustituto, pudiendo tener al Santa Claus auténtico?”. Atrapado en su euforia, se convenció de que ese sería un auténtico bombazo, una jugada perfecta, algo verdaderamente innovador que nunca había hecho nadie.

Existía un problema, claro: ¿cómo localizarlo? Recordó que Santa Claus vive en el Polo Norte, y enseguida llamó a un antiguo socio que vivía en Finlandia para pedirle ayuda. Este, sin salir de su asombro, porque además eran las cuatro de la madrugada, le dijo que haría unas gestiones, pero en realidad pensó que Willem le tomaba el pelo o, como insistió tanto, que estaba borracho o se había vuelto loco. Pasadas unas horas, como Willem no hacía más que llamarle para preguntarle como iban las gestiones, decidió decirle que ninguno de sus contactos en el Polo Norte sabía cómo encontrar a Papá Noel, y así se lo quitó de encima.

Como podéis imaginar, Willem no se dio por vencido. Cuando tenía una idea que le convencía, la perseguía hasta hacerla realidad, y ese era el caso. Visualizaba al verdadero Santa Claus sentado a la puerta de su tienda principal, y no pararía hasta lograrlo; o al menos, hasta haberlo dado todo intentándolo. Llegó muy pronto a la oficina y, sin perder un minuto, encargó a todos sus directivos que lo dejaran todo y buscaran por donde fuera la dirección del verdadero Santa Claus.

--- “¿Cómo…?”

--- “Sí, sí; lo que habéis oído; la dirección de Santa, del verdadero. Me da igual que sea una dirección postal o el email; mejor el email, sí; o el número de teléfono…”.

Como el amigo de Finlandia, los directivos estaban perplejos. Sabían de las ocurrencias extravagantes que de vez en cuando tenía Willem, pero esta locura sobrepasaba los límites habituales. Ahora bien, si el jefe insistía, se hacía --- o se aparentaba hacer --- lo que hiciera falta para tenerlo contento y no caer en desgracia. Buscaron durante todo el día, pero nadie encontró nada, y algunos pensaron que había una cámara oculta y se trataba de un juego de algún gurú del coaching para probar su lealtad y potenciar la tolerancia a la frustración y la perseverancia.

Sobre las seis de la tarde, Willem abandonó su despacho muy desmoralizado, convencido de que su genial idea no podría realizarse. Mientras bajaba en el ascensor se dijo a sí mismo que era un idiota, un iluso por querer creer que Santa Claus existe, un romántico de la Navidad pasado de moda. No le importaba lo que los demás pensaran de su loca idea, pero se sentía muy abatido por lo que implicaba haber fracasado, ya que, más allá de no haber encontrado una dirección, confirmaba que, como cualquier adulto sabía, Santa Claus era sólo un personaje de ficción. También él lo sabía, pero esa mañana había vuelto a creer en él, a sentir esa emoción tan especial que, como le sucedió cuando era niño, y les ocurre a casi todos los niños, no quería que le abandonara nunca.

Salió del ascensor completamente hundido, ensimismado en su desilusión, sin percatarse de los espectaculares adornos navideños. Aun así, al pasar por el mostrador de la entrada, escuchó como Anneke, la recepcionista, le reclamaba:

--- “¡Meneer Van Dijk! ¡Meener Van Dijk!”.

--- “Dígame, Anneke” --- respondió él, más por respeto que por interés, con la cortesía que le caracterizaba con todos sus empleados.

--- “¿Qué hacemos con estas cartas?” --- preguntó la mujer mientras le enseñaba un puñado de cinco sobres --- “Las han traído unos niños diciendo que son para Santa Claus”.

--- “¿Tu crees en la Navidad, Anneke? ¿Crees en Santa?” --- preguntó Willem mientras cogía las cartas.

La chica se quedó callada, sin saber qué decir. Van Dijk continuó:

--- “Cuesta creer, ¿verdad? Pero estos niños sí creen, y no podemos fallarles. Sin embargo, llevamos todo el día buscando la dirección de Santa Claus y no ha habido manera de encontrarla”.

A Anneke le sorprendió esta confesión, pero sintió una emoción intensa que hacía tiempo había olvidado.

--- “Bueno, en esas cartas hay escrita una dirección” --- dijo muy convencida de que podría ser una pista.

Willem revisó los sobres; y era cierto, había una dirección; y en todos los sobres, ¡la misma! Al instante, se llenó de adrenalina y, preso de su agitación, bombardeó a la chica con sucesivas preguntas que no le daba tiempo a contestar.

--- “¿Quién ha traído esto? ¿Ha sido el mismo niño, o han sido varios? ¿Venían juntos? ¿Quiénes eran? ¿Cuándo ha sido? ¿No serán los hijos de alguno de los directivos? ¿Cómo es posible que no hayamos sido capaces de encontrar esa dirección y unos niños la tengan? ¿Dime, Anneke?”.

--- “Puede que sea el secreto de la Navidad” --- resumió Anneke.

Emocionado, se llevó las cartas y, ya en su casa, sin ni siquiera quitarse el abrigo, escribió a Papá Noel. Le explicó la situación y, sin más rodeos, le propuso que fuera él quien atendiera a los niños en el edificio principal; y, si además pudiera ser, que sus ayudantes lo hicieran en las sucursales. Después, dándose mucha prisa, fue personalmente a la oficina central de correos y envió la carta a la dirección que había copiado de los sobres de los niños, que también echó. Satisfecho, regresó a su casa y, quizá por la tensión que había acumulado durante todo el día, enseguida se metió en la cama y, con una gran sonrisa que ya no le abandonaba, muy pronto se durmió.

A la mañana siguiente, llegó pronto a su despacho y encontró sobre la mesa un sobre de color rojo adornado con un árbol de Navidad. Al verlo, se sobresaltó, y aunque pensó que todavía era muy pronto para que Santa Claus le hubiera respondido, estaba tan emocionado y tan impaciente que, sin esperar más, abrió el sobre y… ¡Oh!

Querido Willem:

Hohohoho!!!

Gracias por creer en mí. Sé que siempre lo has hecho, qué crees en el espíritu de la Navidad y lo practicas durante todo el año con tu generosidad y el amor por los demás, tratando a todos los que te rodean con respeto y poniendo de tu parte para que se sientan personas valoradas y dignas. La magia de la Navidad es esa, y hay que aprovecharla para recargar las pilas de energía positiva y ser mejores personas. Respecto a tu proposición, te estoy muy agradecido y sería un honor atender a los niños directamente, pero como puedes imaginar, en estos días el trabajo se me multiplica y no tengo más remedio que delegar. En tu caso, te propongo que seas tú mismo quien me sustituya, y que en las sucursales pongas a tus mejores directivos. Será una gran experiencia, pero también una enorme responsabilidad. Aprovecha para escuchar a los niños y aprender de esa ilusión que te transmitirán. Ponte en su lugar, deja que te sientan cerca, y usa tu influencia para que valoren lo que tienen. Te encargo esta misión porque me preocupa ver cómo se cultiva el egoísmo de los niños dándoles todos los caprichos, sin enseñarles a compartir y pensar en los demás. Piensa en cómo lo harás, pero, sobre todo, entrégate sin reservas, haz de esta tarea algo verdaderamente especial, porque no hay nada más grande que hacer felices a quienes te acompañan.

Un fuerte abrazo, hohohoho!!!

Santa Claus


Se quedó de piedra. Preguntó quién había traído la carta y nadie lo supo. Tampoco sabía nadie que él había escrito a Santa Claus, así que… En fin, decidió no darle más vueltas y pasar a la acción. Llamó a sus cinco directivos principales y les explicó el plan. Creyeron que era una broma, pero enseguida vieron que iba muy en serio. Era evidente --- así pensaron --- que estaba loco de remate, pero cualquiera se lo decía.  Ese mismo día se retiraron a una casa rural para prepararlo todo. Allí, durante tres días, ensayaron sin descanso mediante role-playings que dirigió un afamado especialista, y a la semana siguiente, con el traje rojo, gorro incluido, y la larga barba blanca, ya estaban sentados a la puerta de sus grandes almacenes atendiendo a cientos de niños ilusionados que esperaban en interminables colas. Muchos más que cualquier otro año. Los trabajadores de los almacenes no sabían que eran ellos, pero se percataron de que algo --- para bien --- había cambiado, y los niños estaban encantados. Para los “Santa Claus”, el trabajo era agotador, con largas jornadas sin interrupción y apenas unos minutos para lo más básico; pero fue una experiencia muy gratificante que impactó a todos. Cuando llegó el día de Nochebuena y los almacenes cerraron, todos coincidieron en que hacer de Santa Claus había sido algo verdaderamente extraordinario.

Meses más tarde, en una encuesta de clima laboral entre los empleados, sorprendió la calificación tan alta que los encuestados dieron a los cinco directores que, sin saberlo ellos, habían sustituido a Santa Claus. Muchos fueron los que destacaron su capacidad de escuchar, de comunicarse con educación y respeto, de preocuparse por las situaciones personales de los trabajadores, de crear un clima agradable en el que estos se sentían valorados y de fomentar el trabajo en equipo frente al individualismo que predominaba antes. ¿Milagro?

Willem escribió a Santa Claus para darle las gracias. Santa estaba de vacaciones y tardó en responderle, pero finalmente, llegó la carta:

Querido Willem:

Me alegro mucho de que todo haya salido bien, pero en realidad yo no he hecho nada. Habéis sido tú y tus directivos los que habéis tenido la humildad de sentaros a la puerta de los almacenes para aprovechar el espíritu de la Navidad. Espero que ese espíritu mágico siga estando presente durante todo el año. Por cierto, creo que necesito reciclarme un poco. ¿Podrías reservarme unos días, la próxima Navidad, para atender a los niños en una de tus tiendas?

Hohohoho!!! 

En una ciudad de Holanda se dice que hay unos grandes almacenes en los que el Papá Noel que está en la puerta es el verdadero Santa Claus. Y aunque suele coincidir con viajes a paraderos desconocidos de Willem Van Dijk y algunos de sus directivos, nadie lo ha relacionado.

Prettige Kerstdagen  (Feliz Navidad)

Chema Buceta
24-12-2018, víspera de Navidad.