lunes, 24 de diciembre de 2012

CUENTO DE NAVIDAD





Amaneció antes de lo habitual en fecha tan señalada. Solía hacerlo muy pronto, pero esta vez se adelantó a lo que acostumbraba. A la activación que le provocaba esa emoción tan especial de los grandes días, se sumaba la preocupación por no poder rendir con la eficacia que en él era habitual: esa que le había dado tanta fama en todos los rincones del mundo. Elvis Presley, los Beatles, John Wayne, Marilyn Monroe, Pelé, Michael Jordan, Messi… y muchos más a lo largo de la historia, habían sido o seguían siendo muy grandes, pero ninguno como él. Sus registros eran incomparables a los de cualquier otro astro del alto rendimiento en cualquier campo; a tanta distancia, que ni siquiera constaban en el libro Guinness de los records, so pena de desanimar a cualquier posible contrincante. Es cierto que jugaba con cierta ventaja, pero eso no le restaba el indiscutible mérito de sus inigualables logros. Eso sí, tenía claro que su único rival era el mismo; y su exigente reto, superarse cada año. Un objetivo muy ambicioso con un listón que cada vez se situaba más alto. Hasta ahora siempre había respondido, y los repetidos éxitos que atribuía a su buen hacer y el de su competente equipo, habían fortalecido su autoconfianza, por lo que aparentemente no había razón alguna para dudar.

Sin embargo, esta vez algo le preocupaba. Sus muchachos, como él los llamaba, estaban demasiado pendientes de satisfacer su vanidad individual, y eso, bien lo sabía él, podía perjudicar el rendimiento colectivo en detrimento de un nuevo éxito. Era mucho lo que estaba en juego; muchos los que tenían una fe ciega en ellos: los que lo esperaban todo sin ninguna excusa y sufrirían una decepción irreparable si ellos erraban. No quería dudar de su equipo, de su motivación y capacidad extraordinarias demostradas año tras año con creces, pero sabía que eso no era suficiente, que sin un buen trabajo colectivo ese enorme potencial se empequeñecería y el rendimiento sería deficiente.

Ya en pie, mientras se arreglaba la barba, meditó sobre lo que sucedía. Dancer y Dasher, directores de los flancos izquierdo y derecho respectivamente, llevaban un tiempo sin apenas hablarse. Los dos se quejaban de que el otro tiraba para su lado sin preocuparse de coordinar el esfuerzo de ambos, y ninguno aceptaba su culpa. En lo único que coincidían era en atacar a Rudolf, el que guiaba a todos, su lugarteniente, un líder que no acertaba a poner orden. Quería imponer su autoridad porque sí, y esa era ya una estrategia demasiado desgastada. Dancer, Dasher y los demás estaban hartos de que les impusieran todo; los tiempos habían cambiado, y querían opinar, sentirse escuchados y participar más en el diseño de la estrategia y la toma de decisiones. Además, Rudolf había adquirido demasiado protagonismo en los medios de comunicación. Las últimas portadas del North Pole Times y los informativos del TV Glacier News sólo hablaban de él, como si los éxitos del equipo fueran sólo suyos, y eso molestaba a los otros. Esta crisis de liderazgo, razonaba él, estaba afectando al resto del equipo. Prancer y Vixen rivalizaban por su extraordinaria resistencia corriendo y su exultante belleza, hasta el extremo de priorizar sus logros individuales y su apariencia sobre la preparación que necesitaban en este momento. Prancer llegó tarde a un entrenamiento por asistir a una sesión de fotos para el Hello Christmas, la revista más vendida en estas fechas, y Vixen ni siquiera apareció por estar posando para el Reindeer Play Boy. ¡Por Dios! Algo inconcebible en un momento tan crítico. Por su parte, Comet y Cupido asistieron a un programa de telebasura en el que acabaron discutiendo por defender cada uno lo suyo. Y Blitzen y Donner, conocidos como el relámpago y el trueno, hacía ya unos días que se habían declarado la guerra. Blitzen decía que sin él, el trueno no tendría sentido; y Donner que en su ausencia, el relámpago tampoco. ¡Un desastre, vamos!  

Terminando de vestirse pensó que, probablemente, el caos que había repasado se debía en parte a un éxito tan continuado. Sus muchachos se habían olvidado de que éste no había llegado por sus incuestionables virtudes personales, sino gracias al esfuerzo colectivo y la responsabilidad individual a su servicio; y quizá querían pensar que sin estos ingredientes se podría conseguir lo mismo. Grave error, claro. Él, tan viejo y sabio, era consciente de ello. Evidentemente, algo estaba fallando con esos talentosos muchachos. ¿Debería cambiarlos? Podía planteárselo, pero no ahora. Demasiado tarde. El día era hoy, y los necesitaba. No era momento de cambiar, sino de sacar lo mejor de ellos. ¿Y él? Parecía claro que algo habría hecho mal, porque en definitiva era el líder supremo. ¿O se quedaba más tranquilo echándole las culpas a los otros, quejándose de su falta de compromiso, de su vanidad, de sus estúpidas rivalidades? Debía reflexionar sobre eso. Quizá el éxito y el paso de los años le habían hecho acomodarse. ¡Uf! Necesitaba reciclarse, pensar en algo que le sacara de ese estancamiento. Se lo propuso para la siguiente temporada. Un nuevo reto. Pero ahora debía hacer algo más urgente. El día era hoy, ¡y no podían fallar!

Reunió a su equipo; y en vez de hablar él, como todos los años, para una última arenga que los motivara, les comentó lo siguiente:

--- Creo que estáis lo suficientemente preparados para actuar cada uno por vuestra cuenta, y por eso he pensado que esta vez nos dividiremos. Cada uno tendrá su zona y será responsable de ella. No habrá interferencias. Cada uno a lo suyo.

Dicho esto, guardó silencio. Nadie dijo nada. Sin salir de su asombro, pues no lo esperaban, sólo se miraron de reojo como esperando que alguno reaccionara. Pero nadie lo hizo. El silencio más absoluto protagonizó unos segundos que se hicieron eternos. Él continuó:

--- Os daré un tiempo para que preparéis vuestra estrategia. Hoy es el día, y como bien sabéis, se espera mucho de nosotros. No hay tiempo que perder. Así que a prepararlo todo.

Sin que la sorpresa los abandonara, se pusieron a la tarea. Inicialmente, la energía que les proporcionaba su vanidad les hizo pensar que sólo era cuestión de proponérselo, planificarlo y tener la voluntad de hacerlo, pero poco a poco se fueron dando cuenta de su impotencia. Solos no podían con tan pesada carga, y elegir compañeros nuevos, además de ser prácticamente imposible con tan poco tiempo, no les garantizaba la exitosa compenetración con sus socios de siempre. Dancer, en el flanco izquierdo, necesitaba a Dasher en el derecho y viceversa.  A Prancer de nada le servía su inigualable resistencia sin la de Vixen corriendo a su lado, pues ambas se complementaban. ¿Y qué era la felicidad que transmitía Comet sin el amor de Cupido, o al revés? Los dos comprendieron rápido que como el delantero con el gol en ese juego moderno que llamaban fútbol, ninguno podría culminar con su precioso regalo sin el decisivo esfuerzo de los compañeros que hacían el trabajo oscuro. ¿Y qué decir del trueno sin el relámpago, o al contrario? Tanto Donner como Blitzer se habrían perdido sin las señales de su alter ego. Por su parte, Rudolf se dio cuenta de que sin sus muchachos no era nadie, que eran ellos quienes hacían posible ese éxito del que tanto se vanagloriaba. Los nueve comprendieron que necesitaban a los demás. Cuando volvieron a reunirse con él, éste aprovechó el clima de buena predisposición que ahora predominaba:

--- ¿Qué os parece si entre todos decidimos cuál es nuestro objetivo común, y hablamos sobre la mejor forma de lograrlo? --- volvió a sorprenderlos.

Así lo hicieron, y el ejercicio sirvió para que el grupo se sintiera más unido que nunca. La cooperación y el buen talante se pusieron en marcha. Muchas de las ideas que salieron eran antiguas estrategias que en el pasado les habían funcionado. La diferencia estaba en que, esta vez, eran ellos quienes las habían propuesto, y él quien las había aceptado. Además, surgieron algunas sugerencias interesantes que enriquecieron el método. Y por supuesto, él aportó su sabiduría para señalar algunas directrices que, por su forma de hacerlo, todos aceptaron de buen grado. La autoconfianza colectiva y el espíritu de equipo eclipsaron cualquier otro sentimiento. ¡Ahí estaba su fuerza!

Terminada la reunión, él, Papá Noel, sintió que le abandonaba la preocupación que le había robado el sueño, y dejó que la emoción de la Navidad, sin dejar de controlarla, le invadiera hasta los mismísimos huesos. Todo estaba listo para la gran noche. Subió a su trineo, dejó unos minutos de silencio para que cada uno de sus nueve renos visualizara su actuación, y notando la adrenalina favorable que se respiraba, dio la orden de partida: Hohohoho!!!!

¡FELICES FIESTAS A TODOS!


Chema Buceta
24-12-2012

twitter: @chemabuceta




11 comentarios:

  1. Espectacular Chema. Muchas gracias por el post. Un abrazo desde Cartagena, de un reciente antiguo alumno.

    ResponderEliminar
    Respuestas
    1. Muchas gracias por tu amable comentario. Un abrazo.

      Eliminar
  2. Respuestas
    1. Muchas gracias, Noli. Es un honor que lo hayas leído. Un abrazo.

      Eliminar
  3. Sutil y claro. Muy bonito para leer un 25 de diciembre. Su unen un cuento, estas fechas y el amor por el deporte.

    ResponderEliminar
  4. ¡¡¡Que bonita historia y sobre todo que bien aplicada a un equipo de trabajo tan importante en éstas fechas!!!Un abrazo y feliz navidad a todo el equipo de la Unes.
    Quique Andrés

    ResponderEliminar
  5. Simplemente... "magistral". Felicidades por el post y muchas gracias por compartir estas perlas. :)

    ResponderEliminar
  6. Es un placer, Angélica. Muchas gracias por tu amable comentario. ¡Feliz año!

    ResponderEliminar