martes, 26 de enero de 2016

ENTRENO MÁS DURO Y JUEGO PEOR

                                                    El "síndrome del delantero centro"


Jackson Martínez, delantero centro internacional colombiano, fue fichado por el Atlético de Madrid con la expectativa de que marcaría muchos goles, pues ese era el bagaje que le precedía. Sin embargo, a día de hoy lleva solo tres dianas, y eso ha encendido las alarmas. La prensa lo destaca: “la pantera no ruge”, la televisión lo señala: “ocho partidos sin marcar; a ver si hoy…”, y la afición se impacienta y duda que sea el fichaje adecuado, aunque es cierto que en el último partido, con la lealtad generosa que caracteriza a los seguidores atléticos, recibió aplausos de apoyo que seguramente agradecería. Jugó 10 minutos y apenas tocó el balón. Así es difícil marcar, obvio. En otros partidos juega más tiempo, incluso sale como titular, y tiene más oportunidades (tampoco muchas, la verdad), pero tampoco marca. Según dicen, físicamente está que se sale, y su entrenador y sus compañeros le apoyan a muerte. Él mismo ha declarado: “entreno más duro que nunca y (no obstante) juego peor que nunca”. Conclusión: no es un paquete, entrena duro, físicamente está como una moto, dispone de minutos de juego (aunque no siempre muchos) y tiene el cariño de quienes le rodean… Pero el gol no llega (???).

Al igual que otros deportistas y entrenadores, Jackson Martínez y quizá su entorno parecen asumir que la solución al bajo rendimiento en los partidos es entrenar más duro, por lo que no sorprende que les cueste comprender que aplicando esta poderosa medicina el resultado no llegue. Le ocurre también a Rafa Nadal y a otros muchos. El error está en que la medicina, siendo muy buena, no es la que corresponde al problema. Pero insisten… “me va mal; tengo que entrenar más duro”; “si no metes goles, entrena más duro”.

El caso es típico de los delanteros: el “síndrome del delantero centro”. Se asume que su principal contribución es el gol, y aunque hagan otras muchas cosas bien (por ejemplo: Jackson ha dado pases de gol muy buenos), si el gol no llega la ansiedad aumenta. Entonces, el jugador (en muchos casos estimulado por quienes le rodean, la prensa y la afición) se autoimpone el objetivo prioritario de marcar y sale al campo cada vez más obsesionado con eso, lo que paradójicamente empeora su rendimiento, ya que la ansiedad le paraliza o le hace impulsivo, provoca que tome decisiones erróneas y aumenta su tensión muscular en el momento de definir, provocando errores que sin estar tan tenso no cometería. El goleador depende de estar en el lugar adecuado, decidir correctamente y definir con precisión, y la ansiedad elevada perjudica estas tres facetas.

Por tanto, cuando la ansiedad es muy elevada y se apodera del jugador, la probabilidad de marcar es menor; y el futbolista entra en un círculo negativo: como no marca, sale frustrado y se debilita su autoconfianza; y en el siguiente partido su obsesión por el gol aumenta: siente la presión de tener que marcar y sale al campo poseído por esa idea; más aún si los que le rodean, con su mejor intención, no hacen más que decirle: “hoy seguro que marcas, ya verás, etc.”. Esa obsesión, junto a la falta de confianza que se va cociendo, favorece que la ansiedad aumente todavía más, y cada partido sin marcar, peor aún. El jugador intenta resolverlo entrenando más duro, pero la medicina no funciona.

Marcar un gol no es una acción, sino la consecuencia de una o varias acciones del futbolista, sus compañeros y los adversarios. Por tanto, el jugador no puede controlar directamente el hecho de marcar, sino que debe centrarse en realizar las acciones apropiadas para poder lograrlo (situarse bien, desmarcarse, controlar el balón, chutar bien…). Mediante esas acciones, el gol será más probable; pero aún así, todavía dependerá, en cierta medida, del acierto de sus compañeros y el desacierto de los contrarios. Es decir, el delantero que quiere marcar goles no debe obsesionarse con marcar, sino centrarse en lo que depende de él: las acciones propias que hacen más probable el gol, sabiendo, no obstante, que no todo depende de él, y que, por tanto, aún haciendo la cosas bien, el gol puede no llegar; aunque así, tarde o temprano llegará. Además, para aliviar la presión es conveniente que el jugador salga al campo con otros objetivos diferentes a marcar (presionar, pasar…). Es importante entender que desviar la atención del gol favorece que este llegue más que obsesionarse con él.

En el caso de Jackson Martínez, como en el de tantos otros delanteros que han sufrido o sufren este “síndrome”, se suele confiar en que pasará la mala racha… y en fin, es cierto que no hay mal que cien años dure, pero… También se apela al cariño y el apoyo de la familia y los compañeros. Algo similar se dice respecto al problema emocional que al parecer afecta a Nadal: “tiene el apoyo de su entorno cercano…”, asumiéndose que con eso, el paso del tiempo y un poco de suerte, bastará. Y por supuesto no puede faltar la confianza de los entrenadores, sin duda algo esencial, pero en bastantes casos también insuficiente, sobre todo si la estrategia consiste en asegurar que  “hoy llega el gol”; “ya verás como mañana ganamos con un gol tuyo”; etc. (no digo que se haga así con Martínez, pero a menudo sucede). Este tipo de predicciones, en lugar de ayudar, potencian una expectativa que contribuye a la obsesión por marcar y, si el gol no llega, favorecen la frustración, la pérdida de confianza y hasta la culpabilidad (“por lo que me dice el Míster, debería marcar; pero no soy capaz de hacerlo; la culpa es mía”).

La confianza del entrenador puede ser eficaz si tiene paciencia, le da tiempo al jugador a la vez que le orienta sobre lo que debe hacer (las acciones, no las consecuencias) y le demuestra que, aunque no marque, sigue contando con él y no solo para meter goles, por lo que es importante que le señale otros objetivos. Ahora bien, como es lógico, en el deporte profesional esa confianza no puede ser ilimitada, y si un jugador no rinde llega un momento en que el entrenador tiene que poner a otro que pueda hacerlo mejor (el futbolista lo sabe, y eso puede aumentar su ansiedad por el gol todavía más).

No deja de ser curioso por muchos ejemplos que lo confirmen, que se gasten 35 millones de euros en un jugador y que cuando este no funciona se confíe en remedios de medio pelo, medidas insuficientes o, simplemente, en que pasará la mala racha: “en cuanto marque un par de goles, se soluciona el problema” (¿Hasta cuando hay que esperar que lleguen los ansiados goles?). Es lamentable, producto de la ignorancia y quizá del miedo a lo desconocido o de una mala experiencia anterior, que (por mucho menos dinero) no se cuente con el especialista del problema en cuestión: el psicólogo del deporte. Este puede trabajar con el jugador y orientar al entrenador para elaborar una estrategia conjunta que reduzca la ansiedad y favorezca que el futbolista juegue sin la presión de tener, sí o sí, que marcar un gol.  Y así, será mucho más probable la deseada diana. ¿Vale la pena esa pequeña inversión para rentabilizar un fichaje tan caro? No se trata de entrenar más duro, sino de hacerlo mejor; y en este y casos similares, lo apropiado no es insistir en el trabajo físico, técnico o táctico, ni en el buen rollo, pues estos ya funcionan bien o su peso es menor, sino de entrenamiento mental y asesoramiento psicológico al entrenador para que la ansiedad del delantero sea menor y pueda rendir como él sabe.    

Chema Buceta
26-1-2016

@chemabuceta

martes, 5 de enero de 2016

QUERIDOS REYES MAGOS: TRAEDME SUERTE PARA MIS NERVIOS

                                                            ¿Cuestión de suerte?
 
Queridos Reyes Magos:
En 2016 espero competir en los Juegos Olímpicos de Río. Aún no estoy clasificado, pero estoy seguro de lograrlo porque he trabajado duro y me lo merezco. Estar en unos Juegos representando a mi país es mi máxima aspiración, lo que siempre he soñado. Estuve a punto de ir a Londres en 2012, pero creo que no tuve la experiencia suficiente para clasificarme. Me preparé bien: seguí un plan meticuloso, entrené duro, cuidé mucho la alimentación… y según mi entrenador estaba listo, y yo también lo pensaba, pero cuando llegaba el momento de hacer la marca… nada! Casi no podía dormir y salía muy nervioso. Algo mental. La falta de experiencia. Otras veces estoy nervioso, pero eso me ayuda a concentrarme y en cuanto empiezo me encuentro bien. Salvo en el campeonato de Europa cuando tenía una de las mejores marcas y no logré entrar en la final. Ese fue simplemente un mal día de cabeza. No se puede estar siempre bien. Pasé la página y seguí entrenando duro. Es la mejor manera. Si no salen las cosas, se entrena más duro. Siempre lo he hecho así y me ha ido bien. Y este último año he entrenado muy duro, con muchos sacrificios, así que estoy seguro de que no me pasará como la otra vez y me clasificaré para Río. Por eso, solo os pido suerte: que no me lesione y llegue en mi mejor momento, y que pueda dormir bien y no ponerme tan nervioso. De todas formas, dejo una de mis zapatillas favoritas por si además queréis dejarme algún detalle (me vendría bien  una novia que me entendiera, jajaja) e incluso algún consejo.  ¡Ah! tomaos el mazapán que os dejo. Por supuesto, yo ni lo he probado!

La noche del 5 de enero, archivó la carta en el disco duro del ordenador y se fue a la cama. Por la mañana había entrenado duro, pero a diferencia de otras muchas noches, no le dolieron las piernas y apenas tardó en conciliar el sueño. Durmió bien y despertó fresco. Había dejado en el salón una de sus zapatillas y sabía que “el amigo invisible” que compartía con sus compañeros de piso no fallaría. Así fue. Junto a la nike de último modelo había un paquete que contenía unos CDs de su música favorita. ¡Un regalo estupendo! Y el suyo también tuvo mucho éxito, así que una mañana de Reyes perfecta. Y después, ¡a entrenar!  Ya en la pista, al calzarse la zapatilla que había dejado en el salón, notó que había algo dentro: un papel doblado (???). Lo abrió y… leyó…

Querido amigo:
La suerte está en todo aquello que no puedes controlar, y ahí podemos hacer poco, salvo desearte que la estrella que nos guía esté de tu lado. Pero puedes reducir el efecto de la suerte si te concentras en lo que depende de ti. Dices que entrenas duro, y en fin, nosotros no entendemos, pero seguramente estará bien. Pero ¿qué haces para controlar esos nervios? ¿Simplemente, esperas que no aparezcan o no te perjudiquen? ¿qué la suerte te acompañe? Después de todo lo que entrenas y lo bien que te cuidas, ¿por qué dejas que la suerte decida sobre tus nervios? ¿No sería mejor que fueras tú quien los dominara? Seguro que tu entrenador es muy bueno en lo suyo y tú tienes más experiencia que hace cuatro años, pero ¿no sabes que hay especialistas de lo de la cabeza (como tú dices), psicólogos del deporte que pueden ayudarte decisivamente? Claro, tendrás que buscar a buenos profesionales: no vale cualquiera; como tampoco vale cualquier entrenador, ¿o no? En tu carta dices que sabes lo que te falló para no ir a Londres, así que… tú mismo!
Qué tengas un buen año!
Melchor, Gaspar y Baltasar

(Feliz año olímpico a todos, seáis deportistas o no. Qué cualquiera que sean vuestros objetivos, ganéis terreno a la suerte y, como los grandes campeones, dependáis todo lo posible de vuestras decisiones acertadas, la ayuda apropiada y el trabajo constante y adecuado).


Chema Buceta
5-1-2016

@chemabuceta

www.psicologiadelcoaching.es

miércoles, 30 de diciembre de 2015

LOS PADRES TAMBIÉN JUEGAN

                                                              ¡Feliz Año Nuevo!


Termina el año con una inquietud en auge: la actuación de los padres de los deportistas jóvenes. Cada vez se entiende mejor que, se quiera o no, los padres también juegan; y por tanto, deben prepararse para que su actuación favorezca y  no perjudique el paso de sus hijos por el deporte. Este es una gran escuela para la vida, pero no basta con que los chicos participen; además, es fundamental que los adultos: entrenadores, directores, padres, psicólogos, árbitros y demás actores, hagamos bien el papel que nos corresponde; y los padres tienen el suyo.

En mi libro “Mi hijo es el mejor, y además es mi hijo” se destacan y comentan los aspectos más trascendentes del comportamiento de los padres de deportistas jóvenes. Uno de ellos es el apoyo que proporcionan a sus hijos, un elemento fundamental tanto en lo logístico como en lo emocional. Los chicos necesitan que sus padres estén lo suficientemente involucrados como para dedicarles tiempo, cubrir sus gastos (dentro de lo posible), hacer gestiones, tomar decisiones, etc.; y a su vez necesitan sentir que están a su lado, los acompañan en los retos que afrontan, los apoyan con independencia del éxito deportivo, comprenden cómo se sienten y están ahí para compartir los buenos momentos y, sobre todo, cuando las cosas van mal. 

Sin embargo, en el empeño por proporcionarles dicho apoyo, los padres deben cuidar dos aspectos: no sobreproteger a los chicos y, en la medida posible, evitar presionarlos. El apoyo no puede suponer dárselo todo hecho, eliminar dificultades a las que deberían enfrentarse, mitigar los malos momentos buscando culpables externos, solucionárselo todo o poner más medios de los razonables según el nivel y el momento, ya que eso puede propiciar una sobreprotección que tarde o temprano se volverá en contra. El esfuerzo, la perseverancia, la búsqueda de soluciones y la superación de dificultades son elementos importantes para que los chicos se sientan competentes y salgan adelante. Los padres deben establecer el límite entre el apoyo y la sobreprotección, algo que a veces no será fácil.

Del mismo modo, aunque existe una presión ligada al apoyo que es casi inevitable (el deportista se puede sentir "obligado" a responder al apoyo que recibe de sus padres), lo importante es no añadir más presión mediante un apoyo exagerado. “Mis padres se sacrifican mucho por mí y no quiero defraudarlos. Por eso, me siento obligada a ganar”. Ojo con el exceso de apoyo y, sobre todo, con comentarios que le echen leña al fuego: “Con todo lo que estamos haciendo por ti, y tú eres incapaz de jugar bien”. “Lo tienes todo para triunfar. ¡A ver qué haces!”.

La presión añadida no depende únicamente de un apoyo desproporcionado. También, de las expectativas de los padres según las perciben los chicos; y esa percepción depende de lo que observan que los padres hacen o dicen: sus decisiones, comentarios, juicios de valor, reproches, elogios, gestos… Cuando están bien informados, la mayoría de los padres suelen actuar con bastante acierto, aunque son especialmente críticas las situaciones que provocan emociones intensas, y de ahí la trascendencia de identificarlas y controlarlas con estrategias concretas que sugiere el libro. También es clave que los padres controlen su propia motivación: tanto el exceso como una motivación que se base en que el hijo gane, tenga éxito deportivo y llegue a la élite, más que en objetivos relacionados con sus experiencias diarias y su desarrollo deportivo, saludable y humano: disfrutar, aprender, tener salud, fortalecer el cuerpo y la mente, desarrollar valores, relacionarse con los demás… Si los comportamientos de los padres reflejan que les importa mucho que el hijo gane o triunfe como deportista, este se sentirá presionado, y lo que es peor, podrá llegar a asociar el éxito deportivo a su valor como persona, algo especialmente grave para su autoconcepto y autoestima. Por el contrario, una gran contribución será que los padres valoren la disciplina, el esfuerzo, la constancia, el disfrute y la actitud positiva de los chicos cualesquiera que sean los resultados.

Que los padres no estén obsesionados con el rendimiento deportivo contribuye a que su comportamiento sea más apropiado, pero eso no quiere decir que permitan a sus hijos hacer lo que les venga en gana. Para que el deporte tenga un valor educativo debe existir un compromiso: menor o mayor según proceda, pero un compromiso; y los padres deben propiciar que el hijo cumpla con el compromiso que haya adquirido. Previamente, conviene que valoren si se trata de un compromiso razonable para su edad y condiciones, y sobre todo, si el chico está suficientemente motivado y será capaz de cumplirlo. Después, deben dejar que sea el muchacho quien tome la decisión asumiendo la responsabilidad que conlleva: es decir, aceptando cumplir con el compromiso en un determinado plazo de tiempo (por ejemplo: ir a entrenar dos tardes a la semana y jugar un partido los sábados siendo puntual y siguiendo las instrucciones del entrenador). Una vez tomada la decisión, los padres deben exigir al chico que cumpla lo acordado y apoyarlo para que pueda hacerlo.

Según sea el deporte y las circunstancias de cada club/escuela y cada chico, los padres tendrán que asumir un mayor o menor protagonismo. En ocasiones (como suele suceder en la mayoría de los deportes colectivos), recogerlos de los entrenamientos, llevarlos a los partidos y darles el apoyo emocional que necesiten. En otros casos (como suele ser frecuente en algunos deportes individuales), además, tendrán que asumir funciones como apuntarlos a los torneos o acompañarlos en las competiciones en ausencia del entrenador. Es importante que los padres comprendan bien cuáles son sus cometidos y se impliquen en la medida apropiada: ni más, ni menos. Y por supuesto, que respeten el rol de los profesionales que trabajan con su hijo, especialmente el entrenador, procurando mantener una comunicación constructiva que contribuya a que la actividad resulte beneficiosa para el chico.

También es conveniente que los padres asuman la responsabilidad de observar el funcionamiento de las personas que trabajan con sus hijos y, cuando llegue el momento, tomen las decisiones oportunas: ¿seguir? ¿cambiar? Para eso, es importante que conozcan los objetivos que el entrenador/club persigue y el estilo de trabajo que utiliza, así como las ventajas e inconvenientes que representan para su hijo; y consecuentemente, tendrán que decidir si se trata del lugar apropiado. Una vez tomada la decisión, deben confiar en los profesionales y comprender que las decisiones que estos adopten no serán siempre las que ellos tomarían o que más benefician al hijo (sobre todo, en deportes de equipo). Puesto que parte del proceso formativo que favorece el deporte es que los jóvenes aprendan a aceptar las decisiones adversas y sobreponerse a las dificultades, estas se deben considerar valiosas oportunidades que conviene aprovechar en lugar de desperdiciarlas sobreprotegiendo al chico. Por supuesto, en casos de abuso, explotación o comportamientos vejatorios, los padres tendrán que actuar para erradicarlos.

“Mi hijo es el mejor, y además es mi hijo” es un libro escrito para padres de deportistas jóvenes, pero no solo para ellos: también para entrenadores, directivos, psicólogos del deporte y otros que trabajan con niños y adolescentes. Así lo confirman quienes hasta la fecha lo han leído. En una primera parte, plantea la situación de los padres y la necesidad de involucrarlos y formarlos para que sumen y no resten, y también explica las características específicas del deporte en estas edades: concepto, objetivos, planificación, entrenamientos, competiciones...  Después, se refiere a las características psicológicas de los deportistas jóvenes: su motivación, autoconfianza, autoestima, mecanismos de autoprotección, competitividad, personalidad… En la tercera parte, se centra en algunas cuestiones clave: los errores, titulares y suplentes, los árbitros, las lesiones, el dopaje, el abuso de los deportistas, los estudios, la presión añadida, la relación entre entrenadores y padres… A continuación se exponen dos investigaciones sobre padres de deportistas jóvenes. Y la parte final incluye consejos prácticos para que los padres puedan conocer y controlar su motivación, sus emociones y su comportamiento (en casa, en los entrenamientos, en las competiciones, etc.), así como sugerencias para los entrenadores, clubes y psicólogos sobre cómo organizar programas para padres.

¿Un buen regalo para estas fiestas? Si así lo pensáis, podéis pedirlo en cualquier librería o encargarlo directamente en la editorial Dykinson  para que os lo envíen.


¡Feliz año y muchas gracias a todos los que tenéis la amabilidad de seguir el blog!

¡Qué 2016 os traiga salud y buenas experiencias. Qué sea un año para seguir aprendiendo y creciendo. Qué se cumplan vuestros deseos!

Un fuerte abrazo

Chema Buceta
30-12-2015

Twitter: @chemabuceta

jueves, 24 de diciembre de 2015

CUENTO DE NAVIDAD

                                      Para que un equipo funcione no basta con lo superficial

Llegó octubre, y con él la cuenta atrás: tres meses escasos para ese día tan especial que merecía el esfuerzo de todo el año. Momento que aprovechaba para reunir a su gente y comprobar cómo marchaba el trabajo, todavía a tiempo de organizar los últimos detalles y enderezar lo que hiciera falta. En los últimos cien años, la actividad había aumentado formidablemente, y aquella logística sencilla en el garaje de sus trineos, que antaño le había bastado, se había transformado en una gran multinacional con filiales y socios en numerosos países de los cinco continentes. Aunque le había costado, había aprendido a delegar, a no controlarlo todo, a confiar en quienes le rodeaban, pues entendió a tiempo que de otra manera habría sido imposible esa fantástica cita anual que millones de beneficiarios ansiaban, pero eso sí, tenía claro que no podía perder ese sello de identidad que le hacía único, y eso le exigía estar pendiente.

En esta reunión, entre otros puntos de la agenda, había que distribuir los países en los que el 25 de diciembre se entregarían los encargos. Algunos estaban decididos, pero otros tenían que ser asignados, y él alentó que los candidatos hablaran y se pusieran de acuerdo. Tras más de una hora de discusión, seguían sin estarlo.

--- A mí me viene mal Paraguay, porque tengo una prima en Nueva Zelanda que quiere que vaya a visitarla…

--- Ya, pero es que yo ya estuve en Paraguay el año pasado, y nunca he visitado Nueva Zelanda… Y además soy más antiguo que tú…

--- A Nueva Zelanda quiero ir yo este año. Como todo empieza más pronto, puedo acabar antes y salir con mis perros a pasear por el Polo…

--- Lo siento, pero a ti te toca España y Portugal que ya te has librado diez años seguidos, y allí siempre hay mucho trabajo…

--- Yo a España no voy, y a México tampoco… Iría a Paraguay, pero este año me viene mal…

Quedó horrorizado. Predominaba la comodidad individual sobre la generosidad que ineludiblemente debe fluir para que los equipos de alto rendimiento funcionen y cumplan sus objetivos. ¿Dónde estaba ese espíritu de equipo que consideraba imprescindible? Durante cientos de años, duendes, renos, humanos y otros colaboradores ocasionales, habían formado un extraordinario equipo capaz de conseguir resultados asombrosos que ni siquiera sus principales competidores, los Reyes Magos de Oriente, muy meritorios pero presentes en muchos menos lugares, habían podido emular. Trabajar en equipo era básico, y para eso, pensaba él, la primera piedra era la generosidad.

--- En las entrevistas que hacemos a quienes quieren entrar en nuestra empresa, todos los candidatos dicen que saben trabajar en equipo y que lo consideran fundamental --- solía explicar en las conferencias que impartía en las mejores universidades de duendes--- pero lo importante es valorar su generosidad: hasta qué punto son capaces de poner en un segundo plano su comodidad para adaptarse con el mejor talante a las necesidades del grupo: si están dispuestos a ceder, a contribuir a que las cosas funcionen en lugar de entorpecerlas pensando en uno mismo... Y ahí es dónde muchos fallan: se quejan, ponen pegas, anteponen lo suyo al interés general...

--- Disculpe, Papá Noel – recordaba que había levantado la mano uno de los asistentes a una conferencia en Western North Pole Iceberg University --- ¿Quiere decir que no hay que pensar en uno mismo, en los intereses individuales?

--- No es eso, querido amigo --- contestó él --- Claro que hay que pensar en uno mismo, y de hecho se debe buscar el beneficio individual, ya sea material, emocional o espiritual, allí donde se esté; pero siempre bien entrelazado con el beneficio colectivo. “Si ayudo al equipo, si contribuyo a sus logros, también me beneficio a mí”. Y para eso es importante comprender lo que el equipo necesita y tener una actitud positiva y generosa para adaptarse a las necesidades del grupo sin esperar nada a cambio, dejando en segundo plano la propia comodidad. Esa generosidad es clave!

Recordando esta anécdota se sintió todavía peor. Él predicaba todo eso y, precisamente en su propio equipo, ¡sucedía lo contrario! Tremendo. “Delegar está bien”, pensó, “pero quizá me he pasado”. “No”, rectificó. “Seguramente no he acentuado y fomentado lo suficiente la unidad del equipo, la interacción positiva de todos y la trascendencia del objetivo común; quizá he descuidado la comunicación con los míos: escucharlos más, transmitirles más, atender sus necesidades individuales; y también es probable que nos hayamos acomodado: como siempre sale bien…”.  

Detuvo la reunión para un cacao-break y lo aprovechó para meditar sobre la estrategia a seguir. La cuestión, ahora, no era lamentarse, quejarse de los demás o de uno mismo, sino centrarse en lo que podía hacer para reconducir la situación. Y cuando pasara todo, tendría que reflexionar y tomar medidas para que no volviera a suceder: empezando por él mismo, por su liderazgo. No era importante quien iba a Paraguay, Nueva Zelanda o España, pues todos estaban perfectamente cualificados y entrenados para hacerlo bien, pero sí era un grave obstáculo esa falta de generosidad, de saber estar en un equipo, de espíritu colectivo, ya que eso podía derivar en limitarse simplemente a cumplir, algo totalmente incompatible con la excelencia que su exigente atención al cliente y sus excepcionales servicios requerían.


Como suele indicar el guión del día de Navidad, amaneció nublado. Un leve rayo de luz entró por la única rendija que se lo permitía y se posó en sus ojos hasta despertarlo. Sorprendentemente, había descansado bien tras una cena copiosa, algunas copas y pocas horas. Y hasta se sintió contento sin ningún motivo. Más tarde, en la comida en casa de su madre, a diferencia de otros años, sus hermanos y cuñados le notaron especialmente simpático. Y llegó la hora de abrir los regalos que yacían junto al árbol.  Un pijama (¡uno más!); una corbata (¡otra más!); un jersey (!!!); y ¡Oh! un sobre cerrado. Expectante, lo abrió; y desplegó un papel con un mensaje que le sobrecogió: “¿Paraguay, Nueva Zelanda o España? ¿Tú que vas a hacer?”.  Recordó algo que había soñado y reflexionó sobre lo secundario que a menudo eclipsa lo fundamental, la falta de generosidad que con frecuencia interfiere en el buen funcionamiento de los equipos y cómo él, a partir de este momento, podría mejorar.

Hohohoho!

¡Feliz Navidad!


Chema Buceta
24-12-2015

Twitter: @chemabuceta